“...Se vivía una de esas crisis donde todos son culpables y no hay nadie a quien culpar. La inmunidad a la estupidez se había perdido y la verdad parecía esconderse en la ficción. La realidad se padecía como un episodio de enajenación tras otro, cualquiera que pasaba con la sonrisa de un vendedor de lotería ofrecía un numerito y uno compraba ilusiones sin saber.
Sin embargo, se busque por donde se busque, la tribuna sabe que la cura de todos los males llega de un gol, pues un gol puede ser un incidente instantáneo o, finalmente, un toque de cortesía del destino, pero lo que seguramente un gol será siempre, es esa especie de exorcismo que ocurre cuando el día empieza a despreocuparse de sus culpas y sus deudas. Así un eclipse de roles se conjuga y puede parecer que todo sea y dé lo mismo, aunque mañana resulte una amor herido del que ya no quede nada...”.
“El Gol Menos Pensado”, Gustavo Borsato.
Mirando ciegos pensábamos en una jugada, imaginábamos cada escena, desde el comienzo hasta el final, pensábamos que habríamos de estar todos un poco locos, principalmente, perdidos. Vernos en la pantalla era como vernos en un espejo, significaba observar la imagen tan pegada al deseo que en lugar de ver lo que iba a suceder, sentíamos el juego fulminante de la frustración corriéndonos por las venas como un flujo natural, una especie de fuego que nos rodaba por la cabeza como brazas tormentosas a las que el calor del desierto entrelazaba con arte.
Pero con el gol de Lionel Messi ante México llegó ese exorcismo mágico. Un acto de generosidad de los dioses, un vuelo suelto y una advertencia al destino, como esos desengaños que salen de cualquier parte, pues los sueños son como los buenos jugadores, trufas que no se pueden cultivar y brotan de los sitios más inesperados, mayoritariamente de los peores. Así sucede el milagro simple de ese gol que lo desata todo, como una aventura creativa de primer orden, inaugural, de género inédito, algo así como la primera humedad del contacto que se hace la noticia de un beso, de un capricho o un despojo, como sea, el balón se pone a rodar entre los primeros carbones encendidos de un amor que empieza a vibrar, ahora sí, como todos queríamos, estaba empezando emocionalmente ese mundial que esperábamos.
La arquitectura azteca se rompía como un jarrón de cerámica y la agilidad se hizo tierra e hierba en los rastros del talento de Enzo Fernández, se encendió entonces la esperanza que lleva el testimonio de la abertura fantástica en los zapatos de una jugada que se infló de ilusión con esas proteínas que revelan los genes y nos lleva a posar sobre el espacio todo lo que está esperando por suceder.
Cuando Fernández encaró crujió el horizonte lejos aún de su muerte, todo giró de repente con el sentido bélico de la salvaje espesura de su talla. Hinchado de pecho y ufano hizo una pirueta enredando la luna y el presunto terciopelo enlutado de la noche con esa consecuencia delicada que tiene la belleza un segundo antes de hacerse gol. Llenos de sed entonces y con la lengua agrietada, sacudiendo arena entre los dientes, podíamos sentir el final en las estridencias de aquel comienzo y la verdadera llegada de nuestra selección al mundial.
Puede que aun desde los prejuicios analíticos de la cátedra futbolera persista atada la suelta de pájaros, aunque la sensación de este 2-0 ante México nos ha dejado pensar en nuestras chances sin cadenas, mientras se aleja la nubosidad extraña del primer juego raspado de ardor ante Arabia Saudita.
Nada nace con alas sin pasión, la que este domingo abrió los ojos con ese despliegue gentil de un suspiro luego de aquella madrugada fría del debut que helaba la espalda. Hoy el fútbol desayunó con nosotros junto al alba y esa dulce ambición de los primeros síntomas, al mismo tiempo que se acomoda el aliento escéptico de un lejano rezongo gris que aún no creía en el sol, pero ahora sigue los pasos de la mañana escondido tras las sombras de un café, mirando una y mil veces las repeticiones de un “messiánico” primer gol y el ballet corporal del segundo con todos los músculos vivos del sueño argentino en Qatar.


