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Tiroteo en una escuela de San Cristóbal: qué son los incels, la subcultura digital que fomenta el odio a las mujeres

La tragedia de San Cristóbal vuelve a poner en foco comunidades online atravesadas por misoginia, frustración y aislamiento y su impacto en la adolescencia.

El comisario Guillermo Díaz, jefe del Departamento de Investigación Antiterrorista de la Policía Federal, habló de “indicadores vinculados a subculturas digitales violentas, como el movimiento incel” tras el ataque de una adolescente en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal, donde resultó asesinado Ian Cabrera.

¿Qué quiere decir incel? Célibe involuntario (en inglés, involuntary celibate). “Hablamos de quienes consideran que no tienen posibilidad alguna de acceder sexualmente a las mujeres y que se victimizan por ello”, definen Luciano Fabbri y Nicolás Pontaquarto, integrantes del Instituto de Masculinidades y Cambio Social.

“En buena medida, suelen explicar esa imposibilidad de vincularse sexualmente con mujeres a causa de las transformaciones sociales y culturales empujadas por los feminismos, que hicieron que las mujeres aspiren a algo mejor de lo que efectivamente merecen”, sigue la definición.

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La serie

La serie "Adolescencia" hizo conocer masivamente al movimiento incel, que tuvo influencia en la tragedia de San Cristóbal.

El nombre de este movimiento, que saltó a la consideración mundial con la serie Adolescencia, nació de una joven canadiense, Alana, en 1997, que creó un foro de internet para hablar de la soledad sexual. Pero su intención era que no hubiera estigmas, sino más bien empatía.

Según contó Mireya Cidón, responsable de Edición en Amnistía Internacional España, “con el paso del tiempo, sin embargo, esos espacios fueron ocupados mayoritariamente por hombres heterosexuales que comenzaron a alimentar discursos de odio hacia las mujeres, a quienes culpaban de su frustración sexual y social”.

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Es decir, son varones que no tienen relaciones sentimentales y creen que es culpa de las mujeres. Así lo expresó el comisario Díaz: “El movimiento incel está caracterizado por discursos de odio y violencia, especialmente dirigidos hacia las mujeres y hacia quienes logran establecer vínculos afectivos”.

La manósfera

Este movimiento es uno de los que crecen en la manósfera (por man, varón), o su traducción al español, machósfera: el espacio virtual de estos grupos. “Estos términos se refieren principalmente a comunidades digitales donde circulan, se reproducen y refuerzan narrativas misóginas que refuerzan los roles más tradicionales de género respecto a lo masculino y a lo femenino”, detallan Fabbri y Pontaquarto.

“Fundamentalmente, ubican a las mujeres en un rol de responsabilidad sobre los padecimientos y malestares de los jóvenes varones, y no solo jóvenes contemporáneos”, siguen los investigadores.

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El lunes 30 de marzo, un adolescente de 15 años mató a otro de 13 en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal.

El lunes 30 de marzo, un adolescente de 15 años mató a otro de 13 en la escuela Mariano Moreno de San Cristóbal.

Dentro de la manósfera, “hay diferentes derivas identitarias”, afirman. “La más conocida, y quizás la más radicalizada en términos de misoginia, son los incels, los célibes involuntarios”.

Los incels creen que esos requisitos femeninos “reducen el margen de que la mayoría de los hombres de carne y hueso tenga posibilidad de vincularse sexualmente con ellas”.

Consideran que el 80% de las mujeres solo sale con un 20% de los hombres, a los que califican con todos los atributos de la masculinidad hegemónica: cuerpo vigoroso, fitness y entrenado, de ciertos rasgos, con un auto de alta gama y viajes por el mundo.

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Los incels se ubican “en los eslabones más bajos, digamos, en la jerarquía entre hombres, y quienes aspiran de algún modo a mejorar su posición o a buscar mecanismos de compensación de esa frustración y ese malestar, muchas veces a través de la violencia”, explican Fabbri y Pontaquarto.

Del discurso a la violencia

Esa violencia puede escalar. “A veces se expresa solo en las narrativas que circulan en el mundo digital y otras, menos frecuentes pero muy graves, implican estos pasajes al acto con ejercicios de violencia, como son los tiroteos en las escuelas o casos de femicidios, de deepfakes y demás”.

No es casual, sino que forma parte del movimiento. “No soy el típico chico encantador que a todas les gusta. Soy un chico lleno de odio, odio contra todas las mujeres por rechazarme”, fue el manifiesto de Elliot Rodger, antes de matar a seis personas en Isla Vista, California, en 2014.

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Luciano Fabbri, integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social.

Luciano Fabbri, integrante del Instituto de Masculinidades y Cambio Social.

“El mensaje de Elliot Rodger no es un mensaje aislado. Es parte del manifiesto de uno de los referentes más oscuros del movimiento incel, una comunidad en internet que combina frustración, misoginia y odio… y que ha dejado un rastro de violencia en la vida real”, explica Cidón, de Amnistía Internacional España.

Estos muchachos “odian fuertemente a las mujeres por rechazar sus acercamientos afectivo-sexuales, a los que ellos creen tener derecho por naturaleza, y a los hombres atractivos y sexualmente activos, que restringen sus posibilidades con las mujeres y los condenan a la soledad”, describe Gabriel Isla-Joulian, de la Universidad Rey Juan Carlos, en el artículo Célibes involuntarios ¿terroristas?, publicado en julio de 2020 en la Revista de Derecho Penal y Criminología.

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El investigador subraya que “algunos de sus integrantes desean utilizar la violencia contra todos ellos; siendo que seis incels ya han asesinado en masa a un total de 27 personas y herido a 43 en Estados Unidos y Canadá entre 2014 y 2019”. Han pasado siete años desde esa estadística, pero el fenómeno tiene su trágico correlato en San Cristóbal, una localidad de 15 mil habitantes en el noroeste de la provincia de Santa Fe.

Ya no es un fenómeno de nicho

“Los casos como el de San Cristóbal dan cuenta de la presencia de estas comunidades en la vida cotidiana de los adolescentes. Ya no son un fenómeno de nicho, sino que son accesibles y están disponibles en foros de Discord abiertos y públicos”, dicen Fabbri y Pontaquarto.

“Los varones jóvenes que participan no es que estén especialmente vulnerables, sino que han perdido espacios de reforzamiento identitario en la vida presencial y sienten que no hay lugares para ellos”, analizan.

Ian Cabrera, San Cristóbal
El crimen de Ian Cabrera, de 13 años, debería interpelar a los varones jóvenes respecto a la construcción de sus lazos sociales en tiempos en que las redes sociales ocupan cada vez más espacio en sus vidas cotidianas.

El crimen de Ian Cabrera, de 13 años, debería interpelar a los varones jóvenes respecto a la construcción de sus lazos sociales en tiempos en que las redes sociales ocupan cada vez más espacio en sus vidas cotidianas.

Varios factores confluyen en ese sentimiento de aislamiento. No tienen lugar “ni siquiera en esos espacios en donde los varones nos hacíamos varones. Esto se explica en parte por la interpelación de los feminismos y en parte por la creciente precarización de la vida de los varones jóvenes, que se traduce en la ausencia de condiciones materiales o simbólicas para cumplir con los mandatos de la masculinidad patriarcal”.

Clubes, actividades deportivas, espacios de ocio dejan de ser las formas de socialización más habituales de estos jóvenes. Sin dinero disponible, con menos acceso al encuentro con otros de su edad, lo que prevalece son los sentimientos negativos. Esa ausencia “los frustra, los enoja y los aísla, convirtiendo muchas veces la comunidad digital en las únicas relaciones sociales en las que ocupan tiempo, energía y también depositan expectativas”.

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Para Fabbri y Pontaquarto, “es necesario tener estrategias de política pública, organizacionales y de trabajo con familias para acompañar a los varones en la construcción de masculinidades que puedan cuidarse, sostener a otrxs y participar de la sociedad desde posiciones menos reactivas con quienes tienen al lado”.

El lugar de la escuela

Con el desmantelamiento de la Ley Micaela en el país, y con el crecimiento de los discursos que legitiman la violencia desde los más altos sectores gubernamentales, crece la necesidad de crear otros espacios de socialización.

Históricamente, la escuela es uno de esos lugares. La docente e investigadora del Conicet Carina Kaplan destaca “el papel destructivo y autodestructivo que tienen las redes sociales en las vidas personales y colectivas de las y los estudiantes”.

Sabe, por sus conversaciones con adolescentes, que consumen sitios digitales vinculados a suicidios y autolesiones. “También confiesan que en las redes se humilla en público sin advertir las consecuencias de daño de ese acto, debido al anonimato y al premio al odio y la crueldad. Así que no debe asombrarnos que mediante las redes se recluten jóvenes para matar en las escuelas”, asume Kaplan.

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Y sostiene algo clave: “Detrás de estos jóvenes existe sufrimiento social. El debate, considero, no es si pantallas sí o no. El debate es más profundo: es sobre la soledad y la desconexión emocional y ética que produce la cultura digital en la subjetividad de niños y jóvenes”.

Una de las pocas formas de contrarrestar estos movimientos es fortalecer a las escuelas. “La escuela hace mucho en su cotidiano para contrarrestar este poder destructivo. La escuela repone algo del orden de lo vital, del valor del semejante, de la necesidad del lazo humano y se expresa a través de gestos de justicia afectiva. Pero no puede sola”.

Cuando ocurre una tragedia como la de San Cristóbal, donde un chico de 15 años mata a otro de 13, lo más fácil es agotar la explicación en la responsabilidad individual o familiar. Sin embargo, para prevenir nuevas tragedias, es mejor mirarse en el espejo roto de una sociedad que no aloja a sus adolescentes.