Rescataron a una pequeña cabra y adaptaron su casa para que pudiera sumarse a la familia.

“Norberto, despertate, hay un animalito que llora hace varias noches. Tenemos que hacer algo, debe estar sufriendo”, le dijo Claudia a su marido. No era la primera vez que seguía su instinto y acudía a un pedido de auxilio. Había criado a dos chulengos (la cría de los guanacos) cuando vivía en la Patagonia. También había sacado adelante a muchos que habían quedado sin sus madres: charitos, perros, gatos y chanchos eran algunas de las especies que habían pasado por su casa. Habían pasado pocos meses desde que el matrimonio logró instalarse en la localidad de Tostado, a 480 km de Rosario, en la provincia de Santa Fé. Después de 29 años en el sur, Claudia y su marido decidieron que ya habían tolerado demasiado frío y se mudaron a tierras más cálidas. Claudia era conocida en el barrio por ser la vecina a la que todos llamaban cuando necesitaban algo.
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Y, además de ayudar, estaba dispuesta a rastrear y dar con ese animalito que lloraba hacía dos días sin parar. Pudo averiguar que se trataba de una cabrita que estaba encerrada en una jaula con una gallina Charata, en un baldío próximo a su casa. “¿Me la das? Hay que alimentarla porque es muy bebé”, le dijo al dueño del lugar. “Cuando logré pasar al patio donde estaba la jaula, la vi muy delgada, llena de piojos y con el cordón umbilical fresco. Llamé al veterinario y me dijo que la sacara inmediatamente de allí y que me ocupara de que ganara peso. Lo más triste fue enterarme que su mamá había sido cuatreada. Nunca supe si ella había nacido antes o si, producto de la tortura, abandonó a la fuerza el vientre materno”. La cabra se recuperó y hoy forma parte de su hogar al que adaptaron para poder convivir todos en armonía. Claudia fantasea con envejecer junto a Brunella. Pero también sabe que en poco tiempo sus pequeños cuernos crecerán y habrá que buscarle una vuelta a la convivencia o pensar en otro espacio para la cabra.

 

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RESCATARON A UNA PEQUEÑA CABRA Y ADAPTARON SU CASA PARA QUE PUDIERA SUMARSE A LA FAMILIA. "Norberto, despertate, hay un animalito que llora hace varias noches. Tenemos que hacer algo, debe estar sufriendo", le dijo Claudia a su marido. No era la primera vez que seguía su instinto y acudía a un pedido de auxilio. Había criado a dos chulengos (la cría de los guanacos) cuando vivía en la Patagonia. También había sacado adelante a muchos que habían quedado sin sus madres: charitos, perros, gatos y chanchos eran algunas de las especies que habían pasado por su casa. Habían pasado pocos meses desde que el matrimonio logró instalarse en la localidad de Tostado, a 480 km de Rosario, en la provincia de Santa Fé. Después de 29 años en el sur, Claudia y su marido decidieron que ya habían tolerado demasiado frío y se mudaron a tierras más cálidas. Claudia era conocida en el barrio por ser la vecina a la que todos llamaban cuando necesitaban algo. Y, además de ayudar, estaba dispuesta a rastrear y dar con ese animalito que lloraba hacía dos días sin parar. Pudo averiguar que se trataba de una cabrita que estaba encerrada en una jaula con una gallina Charata, en un baldío próximo a su casa. "¿Me la das? Hay que alimentarla porque es muy bebé", le dijo al dueño del lugar. "Cuando logré pasar al patio donde estaba la jaula, la vi muy delgada, llena de piojos y con el cordón umbilical fresco. Llamé al veterinario y me dijo que la sacara inmediatamente de allí y que me ocupara de que ganara peso. Lo más triste fue enterarme que su mamá había sido cuatreada. Nunca supe si ella había nacido antes o si, producto de la tortura, abandonó a la fuerza el vientre materno". La cabra se recuperó y hoy forma parte de su hogar al que adaptaron para poder convivir todos en armonía. Claudia fantasea con envejecer junto a Brunella. Pero también sabe que en poco tiempo sus pequeños cuernos crecerán y habrá que buscarle una vuelta a la convivencia o pensar en otro espacio para la cabra.

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