Orgullo: una familia que nació gracias a los derechos conquistados
Cristian Molina y Fabián Di Napoli son los dos papás de Maxi. Una historia que el orgullo, las luchas y el matrimonio igualitario hicieron posible.
Toda la charla se da en la plaza 25 de Mayo de Rosario.
Magia es la palabra que aparece una y otra vez. Maxi se ríe, corre, patea una botella de plástico convertida en pelota. “Tengo dos papás”, le dijo a una señora hace unos días. Una semana les llevó conocerse, pocos días más vivir juntos. Desde hace casi dos años son una familia.
Te podría interesar
Cristian Molina y Fabián Di Napoli formaron pareja hace 22 años, cuando casarse era imposible. Maxi tiene seis años, recién sale de un concierto de violín en el Museo Estévez. Toda la charla se dará en la plaza 25 de Mayo de Rosario, en un anochecer frío, mientras él —un niño— juega sin parar.
Su papá Fabián ataja y patea alternativamente, corre con él, mientras Cristian cuenta cómo llegaron a ser familia. “Que un juez vaya a un casamiento de dos putos para anunciar la adopción de un niño es algo que sólo fue posible por los cambios culturales de los últimos años”, dice Cristian.
La familia antes del hijo
Él mismo no tenía pensado ser padre. Lo hizo posible una conquista, producto de una ardua lucha: el matrimonio igualitario, aprobado el 15 de julio de 2010. “La ley blanqueó que las parejas del mismo sexo pudieran adoptar. Antes tenías que hacer un proceso legal, mucho más largo. A veces llegaba bien, a veces no. Pero el matrimonio habilitó la posibilidad para todos, todas, todes”, dice Cristian, el más locuaz de los dos.
“En ese proceso, no sé cómo, pero empecé a tener el deseo de ser padre también, que no lo tenía antes”, cuenta.
Los derechos adquiridos amplían también las posibilidades, en múltiples sentidos. “Eso puede haber sido producto también de esas transformaciones, de esas luchas y de esas conquistas”, plantea sobre aquello que nació casi como una pregunta entre los dos, y hoy es una realidad llena de energía, regalos que Fabián encuentra en jugueterías y casas de ropa, límites —por ejemplo, para el uso del celular—, actividades todas las tardes, amor en movimiento.
Fabián hace un alto en el picadito para contar que tenía dudas. “Teníamos mucho prejuicio, pensábamos que no nos iban a dar la adopción”, cuenta Fabián, y Cristian completa: “Creíamos que entre nosotros y una pareja heterosexual hegemónica, íbamos a tener todas las de perder”.
No fue así, todo lo contrario. La historia fue viral: el juez de San Lorenzo Marcelo Scola apareció en el casamiento, en octubre de 2024, para anunciarles que un niño los esperaba. Entonces, el magistrado contó que el proyecto familiar que más le cerró entre las tres parejas que evaluó fue la de Cristian y Fabián.
La historia tiene sus capas. Estaban inscriptos en el Ruaga, y también a punto de casarse.
Cristian es poeta y escritor, docente universitario, trabaja en CONICET. Fabián es médico en distintos hospitales.
Matrimonio y algo más
La decisión de formalizar la unión la tomaron en junio. “Estábamos recontra mal y bajón por todo el contexto horrible que estábamos viviendo, porque no alcanza la plata, y entonces dijimos ‘hagamos algo para salir de este estado’". Venían postergando el casamiento, y esa fue la vía de salida.
Ser padres llega casi al mismo tiempo. “Lo mágico forma parte de eso, veníamos con el proceso de adopción hacía dos años. Habíamos entrado en el listado, pero un año atrás y la asistente social, la trabajadora social y la psicóloga de Ruaga nos habían dicho que llevaba un año, más o menos”, sigue el relato de Cristian.
El Registro Único de Aspirantes a Guarda con fines adoptivos (Ruaga) es el organismo que evalúa a las parejas y personas que se inscriben para adoptar.
Pasó el año, no tuvieron noticias, entonces empezaron a organizar el casamiento, en pocos meses. “Alrededor del 20 de septiembre, en realidad, ese día cumple años Maxi y fue más o menos en esa semana, no lo recuerdo con exactitud ahora, nos llaman desde el Ruaga y nos dicen: ‘Bueno, les queremos presentar un caso’”.
No era un caso, era una historia
“Nos presentan la historia de Maxi y nos preguntan si nosotros podíamos vincularnos con esa historia, si podíamos ser padres de esa historia”, cuenta Cristian.
Cada vez que se habla de adopción, hay que recordarlo: el deseo de paternar es clave, pero el derecho en juego es encontrar una familia para un niño que tiene su historia. “En mi cabeza pasaban un montón de cosas. A mí lo que me pasaba en el fondo era que yo sentía que ese niño era mi hijo”, dice Cristian.
Es que supieron que le gustaba que le leyeran cuentos, iba mucho a la biblioteca, jugaba con libros, y también que había pasado por situaciones de abandono. “Sentía que tenía herramientas para eso”, cuenta ahora.
La llamada del juzgado llegó al celular de Cristian cuando estaba pidiendo un crédito para los gastos del casamiento, y al de Fabián, cuando hacía una guardia en el Hospital de Emergencias Clemente Álvarez.
En medio de los preparativos, ya frenéticos porque al día siguiente se casaban, fueron a la entrevista con el juez, que los escuchó, les preguntó qué tan importante era para ellos el proyecto de familia, hablaron del casamiento, hizo algunas preguntas, y quedó en llamarlos.
La ansiedad fue en aumento con las horas, el miedo a no ser la familia elegida apareció. Y también apareció Scola en la fiesta.
Hola, soy Maxi
“Hay un niño que los espera”, era, en ese momento, una promesa. Todavía no conocían a Maxi, pero Cristian tenía el pálpito: era su hijo. Fabián estaba entusiasmado, lo imaginaba de determinada forma. Primero vieron un video, y sí, se parecía a lo que imaginaban. Después llegó el primer encuentro: “Hola, soy Maxi”, les dijo el nene de cuatro años recién cumplidos, que vivía desde hacía varios meses en una institución, y se puso a jugar. Todo fluyó, ese mismo día almorzaron. Las trabajadoras sociales evaluaron. Dos semanas después, Maxi tenía una casa, dos papás y dos perros.
Alojar la historia de Maxi, sabían, podía ser un trabajo. “Nosotros sabíamos que había un otro, una otra, une otre que iba a venir y que traía su historia y lo primero que tuvimos muy claro es que esa historia le pertenecía, tenía que respetarse, sea cual sea y que la teníamos que alojar, que parte del trabajo era ese”, dice Cristian.
Hasta ahora no fue un gran trabajo. Cada tanto, Maxi pide su árbol genealógico, y sus papás se lo muestran. Está el expediente por si algún día quiere conocerlo. Su día a día se compone de la escuela, las clases de natación, fútbol y violín, las películas de los viernes a la noche, el amparo de una familia.
Y sin embargo, no fue magia
Hoy es 28 de junio, Día del Orgullo LGTBQI+, y en todo el mundo hay marchas coloridas, festivas, para reclamar los derechos de una comunidad que todavía es perseguida. Lo que hoy se conmemora es el gesto político de convertir el desprecio y la persecución en orgullo.
En 1969, en el bar gay Stonewall, cansadas de las redadas policiales, decidieron resistir el destino de ir presas por el solo hecho de ser personas trans, homosexuales o lesbianas.
En Argentina, con un presidente como Javier Milei, que se animó a alinear homosexualidad y pedofilia en el Foro de Davos, hay mucho para pelear. De la marcha antifascista, la masiva movilización para repudiar esas palabras de Milei, participaron la mamá, la abuela y toda la familia de Cristian.
“Que un presidente salga a decir que sos pedófilo, que quienes adoptan en nuestra comunidad es porque son pedófilos, no es un discurso que posibilite pensar en una vida mejor para nosotros, para todos los nuestros, y para nuestros hijos”, considera Cristian.
Fueron décadas de militancia. Fue una ley. Fueron trabajadoras sociales. Fue un juez que entendió qué familia necesitaba un niño. Fue una institución que lo cuidó. Fue una sociedad que cambió. Por eso hoy Maxi puede decir con absoluta naturalidad: “Tengo dos papás”.






