Mundial 2026: por qué la Selección Argentina despierta emociones mucho más allá del fútbol

El Mundial es un negocio, pero también es el momento más alto de un juego vibrante, que moviliza y emociona a millones de personas en todo el planeta.

Argentina está en un momento difícil, y el fútbol es uno de los pocos ámbitos en los que se hace fuerte.

Argentina está en un momento difícil, y el fútbol es uno de los pocos ámbitos en los que se hace fuerte.

Lionel Messi llora en millones de pantallas de todo el mundo. Lionel Scaloni cuenta que los jugadores le dicen “la llorona”. A miles de kilómetros, también hay llantos, risas, abrazos.

“Estos jugadores están jugando el Mundial. Pueden y se lo permiten. Se están mostrando todos como opción, estamos viendo un equipo que juega”, analiza Marcelo Márquez, psicólogo y profesor de educación física, especializado en psicología del deporte, y recuerda algo que no es tan obvio en tiempo de superestrellas: “El fútbol es un juego colectivo”.

¿Por qué emociona tanto a quienes están fuera de la cancha? “Creo que nos remite a nuestra infancia y toca las sensibilidades más genuinas, donde todavía no llegan el mercado, ni el consumo, ni la meritocracia. Toca esas fibras hermosas y puras de la infancia, donde vos jugabas a hacer de, y eso es hermoso porque permite hacerlo con otro”, sigue este psicólogo que trabajó en Rosario Central, Vélez y la selección de Perú. Actualmente, lo hace con deportistas de alto rendimiento de la provincia de Santa Fe.

Hay una desmesura en el Mundial que se vive casi como unas vacaciones de lo cotidiano.

Hay una desmesura en el Mundial que se vive casi como unas vacaciones de lo cotidiano.

Jugar sin miedo

“Si hay algo fundamental para que el juego siga creciendo, es que necesito de otro que se muestre como opción de pase, como opción de realizar una jugada, de marcar, de defender, de atacar, de ir y hacer un gol o también la posibilidad de pasar un mal momento”, describe Márquez.

Para este psicólogo, esa identificación con la Scaloneta tiene “mucho que ver con el entrenador, el director técnico. Lo que transmite cuando lo escuchamos, cómo desdramatiza la situación”. Para Márquez, “por eso contagia mucho”.

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Hay una desmesura en el Mundial que se vive casi como unas vacaciones de lo cotidiano. Scrollear reels de Instagram con los goles miles de veces por día, programar el encuentro, organizar la vida alrededor de los horarios de la Argentina. Un tiempo excepcional.

“Vos estás viendo un equipo que sabe lo más importante del fútbol, que es saber atravesar los distintos momentos y las distintas situaciones del partido”, plantea Márquez, con el partido contra Egipto todavía fresco. “Ese partido fue justamente un gran compendio de momentos y situaciones. Saben manejar ese tipo de presión”, considera.

“El fútbol como esencia pura del juego”, es lo que ve Márquez como espectador. “Y es muy contagioso”, afirma.

Los deportistas de alta competencia, aquellos que ganan millones de dólares, muchísimo más de los que puede soñar la mayoría de los argentinos, se muestran vulnerables.

Los deportistas de alta competencia, aquellos que ganan millones de dólares, muchísimo más de los que puede soñar la mayoría de los argentinos, se muestran vulnerables.

“Me encanta lo que veo, porque están enseñando a no ser un ganador. Esta selección está mostrando errores, dificultades, momentos donde las cosas se ponen difíciles. Eso es lo más humano que tiene el juego”, sigue su lectura de la Scaloneta.

Un país pendiente

Desde un registro de hincha, que mira todos los partidos del Mundial, pero también los del torneo local, la escritora María Rita Figueira señala una paradoja: “El argentino medio, que tiene pasaporte italiano o español, se quiere ir al carajo, putea todos los días de su vida con respecto al país, que votó a Milei porque estaba harto de los kuka, pero ahora está harto de Milei, ese argentino que está puteando todo el día contra su país, durante el partido es más argentino que Rimoldi Fraga”, opina.

Para ver a Argentina se reúne todo el mundo: quienes siguen todos los partidos del Mundial, quienes sólo miran a la selección, quienes descubren el fútbol cada cuatro años y quienes viven para ese deporte.

El partido tiene en vilo a todo el país -y parte del mundo-. “Nos ponemos ahí como espectadores queriendo que suceda algo, pero también sabiendo que a lo mejor puede pasar otra cosa, por eso este equipo te enseña a ganar, no a ser un ganador, también puede recibir goles”, aporta Márquez.

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Cuando llegan los goles del rival, aparecen las cábalas, las brujerías, el sufrimiento argentino, la remanida cita de Naranjo en Flor, “primero hay que saber sufrir”, una frase que parece encajar especialmente bien con esta selección. Si se gana, como casi siempre en los últimos años, abrazos y éxtasis. Nada es previsible, nadie sabe lo que pasará.

Entonces, los deportistas de alta competencia, aquellos que ganan millones de dólares, muchísimo más de los que puede soñar la mayoría de los argentinos, se muestran vulnerables. “Me encanta que se hable de salud mental, de emociones, cada vez más, cada vez se naturaliza más poder mostrar las emociones y también creo que es una cuestión generacional”, considera Figueira.

Llorar también vale

Los futbolistas de la selección también son campeones en expresar sus emociones. Ahí, Márquez lo sitúa en un lugar de identificación. “Me muestro humano, en la alegría de la victoria abrazándome en el gol con los compañeros, pero también después en la descarga de esa angustia de ese momento difícil del que pudo sobreponerse, y lo manifiesto con un llanto, una de las expresiones más humanas”, dice Márquez, un psicólogo acostumbrado a escuchar a deportistas. Quizás por eso, usa la primera persona.

Para el psicólogo, es importante deslindar el juego de la meritocracia. “No gana el que se lo merece, si hacés todo bien, también está la otra posibilidad, que la pelota pegue en el palo o de pronto un arquero saque una pelota buenísima”.

A Figueira le parece que Argentina tiene un vínculo tan estrecho con su selección que el equipo “ya no tiene que demostrar nada”.

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Vuelve al partido contra Egipto, del que se hablará durante años. “Noté que todos estábamos histéricos, vociferando, gritando, mordiendo el mouse, el control remoto y los jugadores mostraron una templanza que es lo que los hace respetados en todo el mundo”, recuerda y agrega que es un plantel “muy sabio para jugar al fútbol”.

Y subraya algo inédito en la relación entre una selección y el pueblo argentino. “Tengo 64 años y es la primera vez en mi vida que veo que si Argentina hubiese perdido no pasaba nada. La gente no le iba a reclamar nada al equipo. Yo te aseguro que si Argentina quedaba afuera, uno iba a lamentarlo, la gente iba a lamentarlo, pero no le iba a reclamar nada”, considera.

Los reclamos, las dudas sobre favoritismos, el qué hubiera pasado, forman parte del juego, de todo lo que corre con la pelota. Porque está claro que la FIFA no es una sociedad de beneficencia, que el fútbol es un negocio, que personajes como Gianni Infantino hacen su juego, económico y hasta geopolítico.

Tercerizar la felicidad

Sin embargo, durante cada partido, esas certezas se suspenden.

“Aparece la ingenuidad y lo puro, la magia de esperar esa pelota que sale de nuestra área, tenemos la expectativa y la ilusión de que llega al área contraria y se puede transformar en un gol”, dice Márquez.

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A María Rita le “fascina” el juego. “Se despiertan emociones que no se despiertan en otros deportes”. Habla de “las palpitaciones que te da el fútbol” y también trae a la conversación la eterna repetición, con 80 cámaras por partido, con el loop constante de las redes sociales, que siguen multiplicando lo que pasó en una jugada. “Es como una intoxicación y a la vez es un placer”, afirma.

Pero también se juega otra cosa. Argentina está en un momento difícil, y el fútbol es uno de los pocos ámbitos en los que se hace fuerte. “Que el mundo hable de la Argentina. Ahí sentimos una satisfacción especial: en esto sí somos poderosos”, analiza.

Con un agregado: el fútbol permite la ilusión de ser mejores. “La persona que no tiene una fuente de placer, de importancia de hacer algo bueno en su vida, lo canaliza en el fútbol”, dice Figueira.

Algo parecido plantea Pedro Saborido, guionista de Peter Capusotto y sus videos, autor de numerosos libros: “El fútbol permite tercerizar la felicidad”, dice el autor de Una historia de la felicidad. La posibilidad de ser feliz no depende de uno, sino de los protagonistas del juego. “Uno terceriza la posibilidad de ser feliz en los jugadores”, reflexiona.

El fútbol es un juego. Incluso quienes jamás en su vida tocaron una pelota con los pies se emocionan con lo que el periodista Dante Panzeri describió como la "dinámica de lo impensado". Porque los goles, aunque haya miles de estadísticas y probabilidades, siempre aparecen como la sorpresa que habilita un grito de las entrañas. Y por un momento, todo lo demás deja de importar. Quizás por eso, cuando Messi llora en una cancha, millones de personas lloran frente a una pantalla.

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