POR JÉSICA OLDANI
La palabra albañil no tiene género. Se utiliza para referirse tanto a hombres como a mujeres que trabajan en el mundo de la construcción.
Sin embargo, las obras siempre han sido un sitio exclusivamente masculino, bajo la excusa de que las mujeres no tienen fuerza para realizar determinadas tareas.
De a poco, pero sin pausa, cada vez más mujeres se animan a desafiar ese prejuicio y a demostrar que la albañilería no es solo una cosa de hombres.
8M Lucrecia Espindola CON MARCA
Lucrecia Espíndola tiene 34 años, es madre de cinco hijos y trabaja como albañil desde hace cinco años. Comenzó a incursionar en el mundo de la construcción desafiando sus propios límites. Embarazada de ocho meses, necesitaba un techo para su bebé y no dudó un segundo en levantarlo ella misma.
“Empecé experimentando en la bioconstrucción porque no tenía casa. Mi madre me dio un pedacito de su terreno y unas chicas me ayudaron a construir”, contó en diálogo con AIRE.
La construcción de su casa en barrio San Agustín II no solo le dio un techo a su hija Morena, sino que le sirvió para despertar habilidades que ella misma no sabía que tenía.
“Cuando estaba en la etapa final, la chica que me ayudaba me soltó la mano; desapareció. Yo necesitaba terminar mi casa, estaba desesperada. La llamé y le pedí la fórmula para hacer lo que faltaba. Me explicó cómo tenía que hacer la mezcla por mensaje y así terminé mi casa”, recordó.
Y agregó: “Yo quedé enojada. Pasó el tiempo y ella apareció. La quise echar porque me había dejado sola y me dijo que si ella no hubiera estado segura de la capacidad que yo tenía, jamás me hubiera dejado sola. Eso me llenó el alma”.
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Lucrecia comenzó a incursionar en el mundo de la construcción desafiando sus propios límites. FOTO: Maiquel Torcatt / Aire Digital.
Esa vivencia personal se transformó en el motor que la impulsó a seguir desarrollando sus habilidades para ayudar a otros que también necesitaban una mano como le había ocurrido a ella.
El primer paso fue colaborar con el lugar donde los chicos del barrio iban todas las tardes a tomar la copa de leche y a partir de ahí, Lucrecia no se apartó nunca más del mundo de la construcción.
“Le comenté a unas chicas que el lugar donde daban la copa de leche no tenía paredes y se prendieron. Después hicimos un salón que se usa para hacer talleres, todo hecho de barro y botellas también. Y terminamos construyendo siete casas en el barrio Toba de la localidad de Santo Domingo”, explicó.
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Lucrecia no se apartó nunca más del mundo de la construcción. FOTO: Maiquel Torcatt / Aire Digital.
Estaba en una obra de bioconstrucción en San José del Rincón, cuando le llegó una convocatoria de la ONG Mujeres a la Obra para participar de un proceso de selección y trabajar para una empresa constructora santafesina.
“Pasamos por varias etapas: yeso proyectado, mampostería, pintura, yeso tradicional, colocación, de todo un poco. Después de todo ese proceso, se iba a saber quién iba a quedar y yo fui una de las elegidas”, contó.
La posibilidad de acceder a un trabajo estable, le dio la certeza a Lucrecia de que ella podía lograr todo lo que se propusiera.
“Mi vida cambió un 100 por ciento. La oportunidad de tener un trabajo digno, me da tranquilidad para mis hijos. La alegría de poder tener un sueldo para darles de comer y que estén tranquilos, es mi orgullo”, aseguró.
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La posibilidad de acceder a un trabajo estable, le dio la certeza de que ella podía lograr todo lo que se propusiera. FOTO: Maiquel Torcatt / Aire Digital.
Lucrecia es madre soltera de Milagros (19), Emily (16), Laureano (14), Julieta (10) y Morena (3). Sus cinco hijos no solo son la fuerza interna que la motiva a seguir, sino también sus pilares para poder con todo.
"Mis hijos son lo más grande que tengo. Cuando no estoy, las más grandes se ponen la casa al hombro y sus hermanos ayudan con los quehaceres. Son fundamentales en mi vida", expresó entre lágrimas.
Ingresar a una empresa constructora, significó también que la mayoría de sus compañeros sean hombres. De las casi 20 personas que trabajan en la obra, solo dos son mujeres. Sin embargo, a pesar de haber ingresado con cierto recelo por esa situación, Lucrecia nunca tuvo un problema con ninguno, sino que, por el contrario, la ayudaron a crecer dentro de la obra.
“Uno siempre piensa en el machismo. Entré llena de miedos, pero tuve la suerte de encontrarme con compañeros muy buenos que me dejaron ser. Empecé como ayudante, solo tenía que pasarle cosas a un oficial, pero enseguida empecé a hacer preguntas y a hacer cosas. Así fue aprendiendo y creciendo también. Y mis compañeros me dieron esa posibilidad también”, sostuvo.
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De las casi 20 personas que trabajan en la obra, solo dos son mujeres. FOTO: Maiquel Torcatt / Aire Digital.
Sin embargo, a pesar de que las mujeres van ganando terreno en el mundo de la construcción, todavía representan un porcentaje muy pequeño en comparación a los hombres. En este sentido, Lucrecia advirtió que no solo tiene que ver con animarse, sino también con dar oportunidades.
“Hoy las mujeres podemos conquistar lo que queramos, pero a veces no nos sirve solo tener ganas si no te dan la oportunidad. Hay muchas mujeres que quisieran estar acá y no le dan la posibilidad. Sería muy bueno que se sigan abriendo convocatorias como en la que yo participé”, indicó.
La vida de Lucrecia dio un giro de 180 grados a partir de que se metió en el mundo de la construcción y agradece todos los días por eso. "Yo soy otra mujer. Hace cinco años, me boicoteaba sola, sentía que ya no había nada para mí. Me miraba embarazada, con cinco hijos, no tenía donde vivir, no sabía que iba a hacer" aseguró.
"La oportunidad que me dieron de aprender y hoy tener mi trabajo, me hicieron otra mujer. Siento orgullo de llegar a mi casa y ver que mis hijos tienen su cama para dormir tranquilos. Sinceramente, amo lo que hago. Estoy agradecida con Dios y con todas las mujeres que me ayudaron a ser la persona que soy hoy”, concluyó.