Copa Mundial de Fútbol 2026: la tentación de detectar un complot tras la derrota de Argentina en la final
Tras la final de la Copa Mundial de Fútbol 2026, circularon versiones sobre Malvinas, la FIFA y peleas internas. Un especialista explica por qué prosperan.
La Copa Mundial de Fútbol 2026 y las teorías conspirativas en cuanto a la final.
¿Fue por la bandera de Malvinas? ¿Fue una determinación de la FIFA por cuestiones geopolíticas? ¿Fue una pelea entre jugadores? ¿O fue, simplemente, que la pelota no entró al arco? ¿Por qué se perdió la Final de la Copa Mundial de Fútbol?
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Elaborar un duelo siempre implica atravesar distintas etapas y, en estos días, en Argentina, una parte de la población pasa mucho tiempo escuchando, compartiendo teorías en redes sociales y elucubrando explicaciones porque parece difícil aceptar que el rival simplemente ganó el partido, en 120 minutos, con un solo gol.
Incluso personas habituadas al pensamiento crítico terminan adhiriendo a esas teorías desde la sospecha. “Fue raro”, es la frase clave. ¿Por qué se elaboran teorías conspirativas para explicar lo que sale mal? ¿Por qué tienen tanta popularidad?
La necesidad de encontrar culpables
En su libro de 2024 Teorías de la Conspiración, el licenciado en Antropología Social y doctor en Sociología Pablo Francescutti realizó una profunda investigación sobre el origen y la función de estas teorías. Residente en España desde 1991, su primera respuesta remite a una tendencia universal. “Una cosa que es básica es la búsqueda de chivos expiatorios”, plantea.
“Los antropólogos descubrieron que en sociedades tribales africanas no creían que nada ocurriera por casualidad. Si un árbol se cae y mata a una persona, eso es atribuido a un maleficio que alguien le realizó a esa persona”, ejemplifica.
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Pero no basta la búsqueda de un chivo expiatorio para montar una teoría conspirativa que incluya a Gianni Infantino, Donald Trump, el gobierno británico y la posible suspensión de la selección argentina por diez años.
Francescutti evita cualquier ingenuidad en relación al Mundial 2026 y al fútbol. Considera que la Copa del Mundo fue un triunfo de la “trumpización” de la FIFA.
Un relato con héroes y villanos
“Si hay alguna conclusión para sacar es que este Mundial ha sido la ‘trumpización’ de la FIFA en vez de dedicarnos a teorías conspirativas. Tendríamos que dejar de entretener con esto y decir que al presidente de Estados Unidos le salió bien la jugada. Apostó a copar el Mundial y lo logró”, plantea sobre lo que, a su juicio, deberían ser las prioridades periodísticas.
Conoce el tema de primera mano, porque ha combinado la docencia y la investigación con el periodismo en medios como El País, El Cultural, Onda Madrid, La Razón, SINC y Frontera D, aunque hace años se alejó de los medios.
Justamente, en muchos medios se replican, sugieren y hasta afirman esas teorías conspirativas, casi como un atajo ante la derrota. Que el FBI estaba esperando a Chiqui Tapia para detenerlo, que la policía presionó a la familia de los jugadores, que hubo una fuerte discusión en el vestuario.
Si la respuesta está fuera de la cancha, la frustración se aplaca.
“El que esté libre de culpa que tiene la primera piedra, porque prácticamente todas las sociedades han buscado chivos expiatorios, pero otra cosa son las teorías de la conspiración”, deslinda el investigador.
De las brujas de la Edad Media, chivos expiatorios que pagaban con la hoguera, a cualquier individuo que puede ser acusado de los males inexplicables. “Las teorías conspirativas ponen en juego instituciones o colectivos sociales, como se dice en España. Una camarilla, un grupo de personas, por lo general, poderosas que actúan de manera concertada y oculta para conseguir un objetivo a costa del sufrimiento de un sector de la población”, describe.
El relato verosímil
¿Qué necesita una teoría conspirativa? Un relato. “Requiere unos buenos, requiere unos malos, requiere un objeto deseado por el que se disputan y las teorías conspirativas contemporáneas se caracterizan porque son muy sofisticadas”, señala Francescutti.
Para encontrar sus explicaciones, apelan a lo que el investigador llama la “vulgata”, a la que define como conocimiento superficial de cuestiones complejas como la geopolítica o el psicoanálisis. En estos casos, asegura que no son competencias disciplinarias sino “nociones tomadas con alfileres o pegadas con moco, por decirlo en el argentino” sobre temas como el imperialismo o el colonialismo.
Estas teorías construyen “relatos complejos que tienen apariencia de verosimilitud, que pueden convencer porque se basan en una serie de razonamientos correctos, pero en realidad son falacias”.
A veces, para eso, se relacionan dos acontecimientos simultáneos o cercanos. Por ejemplo, algunos jugadores de la selección levantaron una bandera que reivindicaba la soberanía sobre las Islas Malvinas, precepto constitucional argentino más que “causa política”, y Argentina perdió la final del Mundo.
¿Una cosa se explica por la otra? Es, por lo menos, forzado.
Y, sobre todo, es imposible pensar que tantas personas —al menos 26 jugadores, el cuerpo técnico, el personal de apoyo y la dirigencia de la AFA— puedan estar al tanto de ese complot sin hacer un comentario público, en la época de las redes sociales.
La desconfianza como punto de partida
“Es muy difícil para las sociedades, especialmente las religiosas, explicar por qué le ocurren cosas malas a la gente buena”, aporta Francescutti. Entonces, la culpa es de “determinadas instituciones de acuerdo a nuestros prejuicios ideológicos”.
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Teorías de la conspiración hay de izquierda, de centro y de derecha, “aunque todas comparten el mismo esquema de razonamiento y la misma función. ¿Y cuál es la función? La primera función es aportar explicaciones sencillas de realidades complejas”, razona el investigador de la Universidad Rey Juan Carlos de Madrid.
Claro que internet tiene mucho que ver. “En la sociedad en que vivimos, tan mediatizada, donde a toda velocidad circula cada vez mayor información, estamos bombardeados por informaciones sobre acontecimientos generalmente desastrosos. Y entonces, si no queremos caer en un profundo pesimismo antropológico acerca de la humanidad, al final preferimos una explicación que permita echarle la culpa, pues, qué sé yo, al Joker”, sostiene Francescutti en referencia al villano de Batman.
Los medios siempre están presentes. “Si no fuera porque los medios forman parte de la conspiración, no lograrían engañar a la población. O sea, va todo en el mismo paquete”.
Lo que Francescutti enseña a sus alumnos universitarios es que “los medios de comunicación no están digitados por un Gran Hermano; en realidad funcionan en manada o en jauría: cuando huelen un tema, atacan todos al unísono y sin necesidad de ponerse de acuerdo”, les dice.
Otro mecanismo que funciona para que las teorías conspirativas “prendan” es lo que se llama “el efecto tercera persona”. ¿De qué se trata? De pensar que a los demás los manipulan, pero a quien sostiene la teoría, no.
Y así, sólo los periodistas que detectaron la conspiración vieron la cara de los jugadores al salir del vestuario, y le pueden atribuir un significado inequívoco; sólo los autores de las teorías conspirativas conocen la amenaza concreta de una suspensión de la selección en el mundial 2030, sólo ellos tienen certeza sobre la inexistencia de las lesiones de Lisandro Martínez y Cuti Romero.
En el fondo, el tema es la desconfianza en los relatos oficiales, en las instituciones, incluso en lo que se ve.
El autor de Teorías de la Conspiración sostiene que el punto de inflexión fue la pandemia de COVID-19. Ante la angustia, la incertidumbre y los vaivenes de las respuestas sanitarias, surgió “una desconfianza muy grande en el sistema sanitario y el sistema científico porque se contradijeron, cambiaron de opinión”.
Entonces, con esa crisis de confianza, se esparcieron relatos que atribuían el virus a conspiraciones.
Aprender a perder
El otro factor que propala las teorías que atribuyen -por ejemplo- una derrota deportiva en el espectáculo más masivo del mundo es el inmenso “megáfono” que constituye internet, donde estas teorías circulan a gran velocidad por todas las redes sociales. Y de ahí a las mesas de los bares, los almuerzos compartidos. Cada persona aporta su granito de arena a la explicación “real” de la pérdida de la Copa en la Final del Mundo.
Quizás sea más difícil aceptar que no hubo complot ni orden de arriba. Que la pelota del rival entró en el arco propio y España ganó.
Sí, es difícil ver llorar a Lionel Messi en el que probablemente sea su último partido en un Mundial. A millones de personas les estruja el corazón.
Las derrotas son así: dolorosas. Si algo puede ayudar a afrontar la frustración, es recordar el poema de Elizabeth Bishop, poeta estadounidense fallecida en 1979, titulado El arte de perder, que termina así: “Es evidente que/ el arte de perder no es demasiado difícil de adquirir/ aunque parezca por momentos (¡Escríbelo!) un desastre”.





