Son madres, esposas, hijas, hermanas. Fueron la contención en el continente, aquello que indicaba que había un después. Fueron la presencia de la no guerra, la permanencia. Pero a la vez, también fueron parte de la guerra porque hasta ahora sufren sus consecuencias y combaten las ausencias. Adriana, Lorna, Mirta y Gloria no lucharon en el suelo de Malvinas, tampoco curaron heridos. Pero estuvieron acá después, cuando sus familiares no regresaron de la guerra.
“Esto es lo peor que le puede pasar a un argentino”, dice Mirta Peralta. Los tres sellos se amontonan en la página de su pasaporte. En todos, está inscripto el nombre Falkland Islands. Es la hermana de Jorge Carlos Peralta, uno de los 40 santafesinos fallecido en el ARA General Belgrano (C-4).
Como Mirta, Lorna Marquéz también cuenta que “tiene ese sello gigante y horrible” en su pasaporte. Y está dos veces porque viajó en 2017 y en 2019 al cementerio de Darwin para visitar la tumba en la que identificaron a su tío, el capital Rubén Eduardo Márquez, que combatió en la Segunda Sección de Asalto de la Compañía de Comandos 602 y falleció en una batalla cuerpo a cuerpo. “Yo creo que todos los familiares deberían tener la oportunidad de visitar una vez al año la tumba de nuestros seres queridos”, dice.
Adriana Tibaldo tuvo la posibilidad de viajar hasta el lugar donde se hundió el crucero y con él, su hermano René. “Las olas, el frío, todo era igual a como lo contaban”, asegura. Fue en el rompehielos ARA Almirante Irízar al mismo punto en el que su hermano murió, a la misma hora.
Gloria Vera tardó varios años en recordar abiertamente a su hermano Omar. Su madre falleció a la espera de que su hijo volviera a casa. “Tenemos la esperanza firme de que pueda estar en algún lugar, porque nunca encontraron su cuerpo”, dice la hermana de uno de los hombres informado como fallecido en el Belgrano.
Las cuatro tienen algo en común: debieron batallar, desde muy pequeñas, con las ausencias que la guerra les causó. Con ella vinieron cambios en sus familias, momentos que nunca recuperaron, personas. Tres hermanos y un tío.
Cuarenta años después, las ausencias de los 650 argentinos muertos en el conflicto todavía se sienten presentes. De la guerra participaron casi 23.000 argentinos: 10.328 en el Ejército, 10.618 en la Armada, 2.300 de la Fuerza Aérea, 65 de Gendarmería, 141 de Prefectura y ocho miembros del Estado Mayor Conjunto. De los cerca de 1.100 santafesinos que viajaron a Malvinas, 50 no regresaron, según los datos del Centro de Excombatientes de Santa Fe.
En el conflicto armado, el Ministerio de Defensa solo contabiliza 16 mujeres que se distribuyeron en el Ejército, la Armada, la Fuerza Aérea y el Estado Mayor Conjunto. Pero las demás se quedaron en el continente y dieron pelea.
Se fue la alegría y la solidaridad
Adriana Tibaldo tenía apenas 11 años cuando su hermano René estaba en el Belgrano. Su familia se enteró por los medios de comunicación que su hermano había ido a Malvinas en el crucero y que aquel 2 de mayo se había hundido. “Nos enteramos después de mayo de lo que ocurrió y René estaba desaparecido”, dice mientras sostiene con cuidado una carta amarilla con letras azules bien impregnadas. “Todo nos faltó -alcanza a decir entre lágrimas de angustia-, porque a partir de ese día la dinámica de mi familia no fue lo mismo”.
El cuerpo de René, un chico de 17 años inquieto y curioso, nunca fue encontrado. Adriana cuenta que durante los días siguientes a recibir la noticia, muchos familiares comenzaron a llegar a su casa a visitarlos. “Fue muy difícil elaborar el duelo, sobre todo para mi mamá, que quedó en cama mucho tiempo”, recordó. Los hermanos mayores de Adriana debieron cumplir el rol de padres hasta que su madre se recuperó.
Adriana sostiene que recordar a los caídos en Malvinas es recuperarlos porque “uno muere cuando realmente se lo olvida”. A sus ojos, René era una de las personas más alegres y solidarias que conoció. Con orgullo, lee las partes de la carta que más lo describen. “Mamá, hacela revisar a Leo porque está loca, dice que está contenta de comenzar las clases”, parafrasea entre risas. “Viejo, aquí te mando un giro para que lo pongas en el banco pero si te hace falta gastalo”, continúa leyendo. “Ese era René -dice antes de quebrarse-, una persona alegre y solidaria”, remarca.
Además, cuenta que cada vez que su hermano volvía de Buenos Aires les llevaba algo nuevo, que le encantaba Kiss y que llegaba con casete y se ponía a bailar. “René nos dejó el orgullo porque para nosotros es un héroe”, sostiene Adriana.
Nombrar lo que falta
Lorna Marquéz fue dos veces a Malvinas y, recién en la segunda, pudo ver el nombre en la tumba de su tío. Es sobrina de Rubén Eduardo Márquez, un corondino, capitán pos morten que combatió en Malvinas como teniente primero de la Segunda Sección de Asalto de la Compañía de Comandos 602. Falleció el 30 de mayo en un combate cuerpo a cuerpo en Monte Simmons.
La lucha fue primero de su madre, Elda Gazo. “Fue a Malvinas, a cada acto, a cada conmemoración para mantener viva la memoria de su hijo”, contó Lorna refiriéndose a su abuela. Para ella, el trabajo de la mujer fue “incansable”.
La madre del héroe de Malvinas falleció sin tener la certeza de dónde estaba su hijo. Sin embargo, se tomó una fotografía en junto a su tumba en su último viaje a Malvinas.
La abuela de Lorna fue dos veces a Malvinas con un grupo de familiares de caídos. En la última oportunidad se quedó una semana en las islas. Antes de viajar, le pidió ayuda a una profesora de inglés de Coronda para escribir a puño y letra unas cinco cartas contando quién era y qué estaba buscando. Cuando llegó a Malvinas la repartió entre la gente de la hostería donde se alojaba.
Una noche encontró en su cuarto un papel que decía que Marquez estaba enterrado en la fila 5, en el sector B entre la tumba 9 y la 10. Al otro día, la mujer se arrodilló entre las dos cruces y se tomó una fotografía. “Ahora sabemos que la 9 era la del tío”, cuenta su nieta. Elda murió en 2011 sin saber exactamente dónde estaba su hijo. “Queriendo o sin querer, estuvo arrodillada en la tumba de su hijo”, remarca.
Elda puso una semilla en todos los miembros de la familia que continúan su lucha por el reconocimiento y la presencia de su tío. Lorna cuenta que hasta sus hermanos más chicos, que no habían nacido cuando su tío murió, hablan de él como si lo hubieran conocido.
Lorna sostiene que desde que su tío murió, todo cambió. “Viajaba mucho por su carrera de militar, casi siempre estaba en Buenos Aires, pero cuando llegaba a Coronda con su Citroën amarillo y su perro manto negro llamado Sombra, todo era alegría, la casa era una fiesta, la abuela cocinaba para todos”, recuerda entre lágrimas y frases entrecortadas por la angustia. “De niños no entendíamos nada, pero nos gustaba estar, escuchar, ver a la familia”, rememora y, por supuesto, aclara que la ausencia se notó.
Marquez hizo la carrera de militar. Comenzó en el Liceo de Santa Fe y continuó en Buenos Aires. “Era su vocación, uno lo veía como raro pero el se preparó toda la vida para esto, como lo hace un médico para una operación”, aclara su sobrina. “Fue a la guerra con orgullo, por lo que es un honor decir que el tío cayó en Malvinas por algo que estaba convencido”, asegura.
En 2019, Lorna no solo visitó por segunda vez a su tío y con un nombre que fotografiar, sino que cumplió el deseo de su abuela. Pudo esparcir sus cenizas junto a la tumba de su hijo. “Sin mi abuela no hubiera sido posible la localización del tío y es un orgullo que descansen juntos”, expresa.
Tomar el lugar en otra guerra
Mirta Peralta también fue a Malvinas. Lo primero que muestra es su pasaporte, lo segundo, una foto de su hermano de 18 años y lo tercero, el mapa del lugar exacto donde quedó sumergido el ARA Belgrano. “Al original lo encuadré y este que traje es una fotocopia”, confiesa.
El 2 de mayo de 1982, Mirta perdió al único hermano que le quedaba con vida ya que uno de ellos había muerto de pequeño por una enfermedad. Es como si hubiera tomado el lugar de Oscar y participa de cada reunión relacionada a Malvinas de la que se entera. “Si me invitan a alguna parte y no voy, pienso que se siente solo”, expresa.
En el centro de ex combatientes de Malvinas de Santa Fe conoce a todos y dice que cuando fue a una de las reuniones en Puerto Belgrano encontró a un amigo de su hermano que lo vio minutos antes de morir. “Me dijo que estaban juntos en la parte de arriba y que mi hermano quiso bajar a buscar algo que se habían olvidado, en ese momento fue el impacto”, recuerda.
Cuando comenzó la guerra, Mirta vivía en Mendoza con su pareja y se enteró de la muerte de su hermano por un telegrama que le envió su madre. “Siempre miraba la televisión porque pensé que él iba a aparecer, le gustaban esas cosas”, rememora. “Le gustaban las aventuras”, agrega.
En la familia Vera, nadie sabía que su hermano iba a la guerra. “Él tenía 27 años, fue todo muy feo porque mis papás eran grandes y yo estaba lejos”, reflexiona. “A él le gustaba todo, era inquieto, amiguero, me quería pero me peleaba mucho, antes de irse me había dicho que cuando saliera de baja se iba a quedar en Puerto Belgrano porque le gustaban los militares y los barcos”, relata.
La falta, en el caso de Mirta, se notó mucho. “Porque éramos él y yo nada más”, remarca. Ahora recurre a las fotos para recordarlo y, aunque probablemente no sea del todo consiente, su mejor forma de honrarlo es asistir a todos los actos. “Para los 25 años del hundimiento del crucero nos invitaron a Bahía Blanca y mi mamá me dijo que yo tenía que ir”, contó.
Para ir a Malvinas, la convocaron por teléfono. Recuerda con lujos de detalle cada parte del viaje. Lo lindo y lo feo. Lo bueno es que la homenajearon como si ella fuera la heroína; lo malo fueron otras tantas cosas: el sello en el pasaporte, nada de himno, banderas ni flores celestes y blancas. “Fui con bronca al viaje”, sostiene.
Mirta está orgullosa de honrar a su hermano como héroe pero remarca que al principio, cuando la guerra recién había terminado, no se le dio mucha importancia a los héroes ni a los excombatientes.
Hablar para no olvidar
Gloria Vera asegura que hace unos pocos años se animó a hablar públicamente como familiar de un héroe de Malvinas. “Hubo un tiempo, muchos años, en los que no participamos de los actos. Cada uno lo vive a su manera, es muy personal y hay diferentes maneras de llevar el duelo”, explicó. Los otros hermanos de Mirta todavía no participan tanto como ella de los actos. “Ellos prefieren guardárselo para ellos, más allá de todo”, indicó.
El hermano de Gloria estaba en el crucero Belgrano cuando fue hundido. “A pesar de que pasaron 40 años, nosotros aún tenemos la firma esperanza de volverlo a ver porque no hay cuerpo, hay muchas versiones de personas que dijeron que lo vieron saltar, otros que lo vieron irse en una balsa, otros que murió”, sostiene Gloria. Su madre falleció esperando volver a ver a su hermano y ni ella ni el resto de su familia se atreve a decir con seguridad que falleció. “Tal vez está perdido, perdió la memoria, tiene miedo, uno nunca sabe que puede haber pasado”, dice la mujer.
La última vez que vio a su hermano, ella era muy chica. Recuerda que él no tenía muchas ganas de ir. “Daba la sensación de que no quería irse de nuevo”, asegura Gloria, que rememora también la última carta que les envió, que decía algo parecido. “Tenía la sensación de que algo iba a pasar”, asegura.
Todo. Como las otras tres familiares de caídos, al perder a su hermano sintió que en su familia cambió todo. “Éramos una familia típica, humilde, con padres separados y muchos hermanos protegidos por mi madre”, cuenta. “Mucho no lo recuerdo pero siempre había mucha gente en casa así que eso me hace pensar que era una persona muy querida. Le decían Gato, le encantaba bailar, la cumbia y Colón y no tenía problemas para hacer nada”, dice.
Gloria asegura que era muy chica, pero que vivió el dolor a través de su madre. “Fuimos canalizando muchas cosas”, remarca.
Actualmente, trabaja como maestra de nivel inicial, una profesión que asegura, le permite enseñar lo que pasó y seguir malvinizando. Para Gloria esta es la clave. “Tenemos que seguir malvinizando y yo tengo la suerte de enseñar quién fue mi hermano y quiénes fueron sus compañeros”, sostuvo.
Malvinizar por los que no están y lo que falta
“La ausencia es mucha, pero uno aprende”, dice Adriana y resume el sentimiento de las cuatro mujeres, uno que no es fácil de explicar y mucho más difícil es cargarlo. “En la vida siempre hay que salir adelante a pesar del dolor”, agrega.
Como familiares de caídos en Malvinas, su objetivo no es solo homenajear, es no olvidar. Pero honrar el recuerdo, para ellos significa malvinizar, es decir, no olvidar la causa que sus hermanos, tíos, padres e hijos defendieron hasta morir. Como dice Gloria, “se trata de mantener viva la memoria”.
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