Los hombres detrás del puente: las historias de los obreros que construyen la nueva conexión entre Santa Fe y Santo Tomé

Desde el primer día de la obra, Néstor, Rafael y Rodrigo forman parte de la construcción del nuevo puente sobre el río Salado. Tres historias diferentes, un mismo orgullo: saber que sus manos están levantando una obra que utilizarán miles de santafesinos y santotomesinos.

Rodrigo, Néstor y Rafael. Hombres que atravesaron el barro de los primeros días, el frío, el calor, las jornadas largas y el trabajo sobre el río.

Rodrigo, Néstor y Rafael. Hombres que atravesaron el barro de los primeros días, el frío, el calor, las jornadas largas y el trabajo sobre el río.

Maiquel Torcatt / Aire Digital

Hay obras que se pueden medir en metros, pilotes, vigas o toneladas de hormigón. Y hay otras que también se pueden medir en historias. En las horas de trabajo, en el barro de los primeros días, en las manos endurecidas por el frío, en el calor del verano, en los mates compartidos y en las charlas entre compañeros.

El nuevo puente que unirá Santa Fe y Santo Tomé tiene una dimensión que excede sus números. La estructura tendrá 1.324 metros de extensión, además de una senda peatonal y una ciclovía. La obra ya alcanzó el 70% de ejecución, con buena parte de la infraestructura básica ya terminada.

Pero detrás de esos números hay decenas de trabajadores que todos los días ponen el cuerpo para que el proyecto avance.

Entre ellos están Néstor Carbajal, Rafael Torres y Rodrigo Germán Alvez. Tres trabajadores con diferentes funciones y recorridos personales que encontraron en esta obra algo en común: la posibilidad de ser parte de una construcción que, cuando esté terminada, seguirá allí mucho después de que ellos hayan dejado el lugar.

“Vamos a hacer historia”

Néstor Carbajal está en la obra prácticamente desde sus comienzos. Llegó el 27 de marzo de 2025, cuando el terreno todavía estaba muy lejos de parecerse al escenario que hoy puede verse desde el puente.

Su tarea es la de delegado de obra, pero su relato deja claro que su función no se limita a observar. “Si tenemos que arremangarnos, nos arremangamos. Paleamos, andamos en el barro, tenemos que dar una mano desmochando, picando pilotes, estamos ahí”, cuenta.

Recuerda especialmente aquellos primeros días, cuando todavía no había terraplenes ni asfalto y el acceso era una combinación de barro, vegetación y maquinaria pesada. “Era barro, era jungla, no sabés lo que era”, recuerda. Para Néstor, la dificultad nunca fue una razón para detenerse.

Néstor Carbajal está en la obra prácticamente desde sus comienzos. Llegó el 27 de marzo de 2025.

Néstor Carbajal está en la obra prácticamente desde sus comienzos. Llegó el 27 de marzo de 2025.

“No hay cosa difícil cuando uno le pone entusiasmo y garra a lo que está haciendo”, sostiene. Pero hay algo que aparece una y otra vez en su relato: el orgullo. Néstor sabe que está participando de una obra que quedará durante décadas. Y piensa en quienes vendrán después.

“Estamos haciendo historia. Lo van a ver nuestros nietos, bisnietos y esto va a seguir. Nosotros vamos a pasar de largo, esto va a seguir”, dice.

Por eso también entiende que los cortes y las dificultades que genera actualmente la construcción forman parte de un proceso mayor. Sus propios familiares utilizan el viejo puente y conocen las complicaciones cotidianas de la conexión entre las dos ciudades.

“Si queremos avances en la ciudad, tenemos que entender que también dentro de ese avance hay obras que nos dificultan el tránsito día a día”, explica. Cuando finalmente el nuevo puente esté terminado, Néstor sabe que podrá cruzarlo de una manera diferente. Podrá mirar la estructura y decir: “Yo fui parte de esta obra”.

Volver a casa para construir un puente

Para Rafael Torres, la historia tiene un componente todavía más personal. Es topógrafo y nació y se crió en Santo Tomé. Desde 1996 trabajó en distintas obras y pasó gran parte de su vida laboral lejos de Santa Fe. Su último trabajo había sido en una planta de gas en Mercedes, provincia de Buenos Aires.

Hasta que apareció la posibilidad de volver.

“Es la primera vez que me toca trabajar acá en Santa Fe como local”, cuenta.

 Rafael Torres es topógrafo y nació y se crió en Santo Tomé.

Rafael Torres es topógrafo y nació y se crió en Santo Tomé.

La convocatoria para participar de la construcción del nuevo puente significó mucho más que un cambio de trabajo. Fue también volver a su ciudad, a Santo Tomé. “En principio una carga nostálgica muy importante por el hecho de volver a casa”, explica.

Pero había algo más.

Desde chico había escuchado hablar de la necesidad de un nuevo puente. La conexión entre Santa Fe y Santo Tomé había formado parte durante años de las conversaciones de vecinos, trabajadores y familias de ambas ciudades. Ahora Rafael estaba del otro lado de esa historia. Ya no escuchaba hablar del puente: lo estaba construyendo.

“Hoy somos parte de la ejecución, estamos viendo materializar esa idea. Es un sueño”, resume. En su tarea cotidiana, los números, las mediciones y los volúmenes ocupan buena parte del trabajo. Pero Rafael cuenta que la obra también está hecha de conversaciones. Se habla de cuestiones técnicas, pero también de la vida.

“Hay muchas cuestiones personales, risas, sabemos que hay gente que tiene sus problemitas, tiene sus cosas y bueno, el tema es darle empuje juntos”, relata. Para él, esos momentos también forman parte del trabajo. “Hay que enfriar la cabeza cada tanto, es necesario”, explica.

La obra, entonces, no solo construye un puente sobre el río Salado. También construye vínculos entre quienes pasan largas jornadas juntos. Rafael siente que está dejando una pequeña parte de su historia en ese lugar.

“Tener la posibilidad de ser parte de esto, decir dejar una marquita, dejar un granito de arena y que el día de mañana a lo mejor mi familia diga: ‘Che, acá estuvo mi abuelo, acá estuvo mi papá’. Eso no tiene precio”.

Del aprendizaje al orgullo

Rodrigo Germán Alvez llegó a la obra como ayudante. Cuando lo convocaron, no sabía exactamente qué iba a encontrarse. “Todo era incertidumbre y bueno, todo fue nuevo y aprendizaje”, cuenta. En estos meses aprendió a trabajar en diferentes etapas de la construcción. Hizo pilotes, vigas, losas y otras tareas que le permitieron adquirir conocimientos que probablemente llevará consigo a futuras obras.

Pero también descubrió algo que no aparece en ningún plano. El valor de trabajar en equipo.

“Siempre con los compañeros tratamos de llevar un buen grupo y hacer las cosas bien”, dice. Y ese grupo también funciona como una especie de refugio frente a las exigencias de una obra que no se detiene ante el clima. El verano es duro. El invierno también.

“Venís congelado hasta que entrás en calor”, cuenta Rodrigo sobre las jornadas de frío intenso.

Rodrigo Germán Alvez llegó a la obra como ayudante. “Todo era incertidumbre y bueno, todo fue nuevo y aprendizaje”, cuenta.

Rodrigo Germán Alvez llegó a la obra como ayudante. “Todo era incertidumbre y bueno, todo fue nuevo y aprendizaje”, cuenta.

El río agrega otro desafío. Allí donde trabajan sobre el agua, la atención entre compañeros es permanente. “Estamos pendientes porque en realidad estamos ahí todos juntos. Si uno ve que se está por tropezar o algo, le avisa enseguida y tratamos de cuidarnos lo más posible entre todos”, explica.

Ese cuidado también aparece fuera de las cuestiones estrictamente laborales. Porque en una obra de esta magnitud no solamente se construyen estructuras. También se construyen amistades. Hay mates, comidas, asados, chistes y compañeros que se convierten en amigos.

Rodrigo tiene incluso un nombre para el encargado de mantener el buen humor: “Pato”, el compañero que, según cuenta, los hace reír durante toda la jornada. “Aparte de estar trabajando todo el día en el rayo del sol o en el frío, te estás riendo todo el día”, cuenta.

El río, el frío, el calor y las manos

La construcción del nuevo puente implica trabajar en un ambiente que cambia constantemente. Hay días de calor intenso y jornadas en las que el frío dificulta hasta las tareas más simples. Y está el río Salado, que obliga a extremar los cuidados. Pero en los testimonios de los trabajadores no aparece solamente el sacrificio.

Aparece también el orgullo.

Rodrigo cuenta que muchas veces, mientras trabaja, ve pasar los vehículos por el viejo puente. Algunas personas los saludan, tocan bocina o les gritan palabras de aliento. Es un gesto sencillo, pero para quienes están del otro lado tiene un significado especial.

“Cuando vos mismo estás arriba trabajando arriba de la losa, mirás todo el tráfico que hay, toda la gente que hay, te tocan bocina, te saludan... y ahí te ponés a pensar: mirá lo que estamos haciendo”.

La estructura tendrá 1.324 metros de extensión, además de una senda peatonal y una ciclovía.

La estructura tendrá 1.324 metros de extensión, además de una senda peatonal y una ciclovía.

Una obra que también se construye con memoria

El nuevo puente avanza sobre el Salado, pero también avanza sobre las historias de quienes trabajan en él.

Para Néstor, será la obra que ayudó a construir desde los primeros movimientos de suelo.

Para Rafael, será el lugar donde volvió a su ciudad después de décadas de trabajar lejos.

Para Rodrigo, será uno de los grandes aprendizajes de su vida laboral.

Los tres saben que algún día la obra estará terminada. Que el ruido de las máquinas quedará atrás. Que las vigas estarán en su lugar y que miles de vehículos circularán diariamente por allí. Y también saben que ellos ya estarán lejos. Pero podrán volver.

Podrán pasar por el puente con sus familias, con sus amigos o solos. Y podrán señalar una parte de esa estructura: “Ahí estuve yo”.

Quizás esa sea la dimensión más humana de una obra que se mide en kilómetros y toneladas: detrás de cada pilote, cada viga y cada metro construido hay trabajadores que dejaron allí meses de su vida.

Hombres que atravesaron el barro de los primeros días, el frío, el calor, las jornadas largas y el trabajo sobre el río.

Hombres que aprendieron, se ayudaron, hicieron amigos y siguieron adelante.

Y que ahora pueden mirar cómo crece el puente y reconocer, entre el hormigón y el acero, una parte de ellos mismos.

Porque cuando finalmente se habilite la nueva conexión entre Santa Fe y Santo Tomé, no solamente habrá un puente construido sobre el río Salado. También quedará la historia de quienes lo levantaron con sus propias manos.

Las más leídas