La huella de una bajante histórica del Paraná: cómo cambió el río en diez años y qué implica para la nueva crecida en Santa Fe
La acumulación de sedimentos modificó el cauce del río y provocó el cierre de algunos arroyos, mientras la vegetación colonizó sectores que quedaron expuestos durante la bajante. Un especialista del Instituto Nacional del Agua explicó en diálogo con AIRE cómo estas transformaciones alteran el flujo y desafían los pronósticos de la nueva crecida.
Un extremo y el otro: a la izquierda, la Laguna Setúbal por arriba de los cinco metros en 2023; a la derecha, el paisaje durante la sequía de 2022.
“ El Paraná ya no es el mismo río ”. Con esa frase, Jorge Collins, director del Centro Regional Litoral del Instituto Nacional del Agua (INA), resumió su análisis sobre los cambios que sufrió el río Paraná en los últimos diez años, desde el fenómeno El Niño de 2015-2016.
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El especialista vinculó esa transformación con la impredecibilidad que, según explicó en diálogo con AIRE, caracteriza a la crecida del Paraná que se desarrolla desde hace algunas semanas. Collins atribuyó esa condición a los cambios morfológicos del cauce, asociados a períodos de caudales reducidos. Después de la crecida de 2015-2016, el río atravesó años de bajante y sequía extrema, con episodios como el de 2021 y 2022, que contribuyeron a modificar las características del gigante que delimita el Litoral argentino.
Cómo cambió el cauce del río Paraná durante la bajante
Según explicó Collins, la acumulación de sedimentos modificó distintos sectores del cauce y alteró los recorridos por los que circula el agua. En algunos casos, señaló, hubo arroyos que se cerraron o directamente dejaron de existir.
A esos cambios se sumó la expansión de la vegetación en las islas y en otras superficies que quedaron expuestas durante los períodos de aguas bajas. Las plantas pudieron arraigarse en sectores que antes permanecían cubiertos por el río, lo que modificó las condiciones del cauce.
Esa transformación del paisaje se hizo particularmente visible en el sistema Setúbal-Leyes, en Santa Fe. Como publicó AIRE meses atrás, la bajante permitió que la vegetación acuática colonizara amplias superficies de islas y lagunas interiores del delta del arroyo Leyes. Cuando el río recuperó parte de su nivel, esa vegetación comenzó a desprenderse y a desplazarse aguas abajo, impulsada por la corriente y el viento. Al llegar a la laguna Setúbal, parte de esa masa vegetal quedó retenida en obstáculos, como los pilotes del antiguo puente ferroviario o las columnas del Puente Colgante y del Viaducto Oroño, donde periódicamente se acumulan y forman embalsados.
Uno de los efectos de ese proceso fue el aumento de la rugosidad, un concepto que refiere a la resistencia que encuentra el agua al desplazarse. Para explicarlo, Collins recurrió a una comparación: “No es lo mismo que el agua corra sobre una lámina de vidrio que sobre un lugar con mucha roca. Las rugosidades son distintas y los efectos que genera el flujo son diferentes. En el vidrio, vas a tener algo más liso, más rápido”, explicó.
La analogía permite entender cómo influyen las condiciones de la superficie en el comportamiento del agua. Una mayor rugosidad puede reducir la velocidad del flujo y generar cambios en la turbulencia y en los niveles que alcanza el río.
Por qué los cambios en el Paraná dificultan los pronósticos de una nueva crecida
Las transformaciones acumuladas durante la última década también representan un desafío para los modelos que permiten proyectar la evolución de una crecida. Collins explicó que estas herramientas toman como referencia episodios anteriores, como el de 2015-2016, pero las condiciones actuales del río son diferentes. Por eso, aunque la crecida presente características similares a las de aquel período, su evolución no necesariamente será idéntica.
A esas diferencias se suma que las condiciones hidrológicas pueden cambiar mientras la crecida avanza. Collins explicó que las lluvias que se registren en la cuenca y los nuevos aportes de agua pueden modificar los caudales y, con ellos, las alturas previstas para Santa Fe. Por eso, las estimaciones deben revisarse a medida que se conocen nuevos datos.
“En la naturaleza no hay nada fijo, menos en estos temas”, sostuvo el especialista. Y agregó que, aunque se elabore un pronóstico, como hace el INA de manera periódica, pueden presentarse condiciones durante el recorrido del agua que modifiquen las previsiones iniciales.
La nueva crecida también puede modificar el río Paraná
Collins señaló que la crecida actual no solo encontrará un cauce diferente al de años anteriores, sino que también podría generar nuevas modificaciones. Después de varios años de niveles bajos, el agua volverá a ocupar sectores que permanecieron secos durante la bajante.
“Esta crecida lo que va a hacer es ir llenando todos los espacios de agua que estaban vacíos hasta el presente”, explicó. Según el ingeniero, ese proceso puede modificar las condiciones del río y hacer que una próxima crecida también se comporte de manera diferente.
El especialista también indicó que, ante niveles muy altos, el Paraná podría volver a modificar su morfología, con la generación de nuevos cauces o la profundización de algunos sectores. Sin embargo, aclaró que todavía no es posible anticipar qué cambios concretos podrían producirse.







