Cuando Álvaro, de 9 años, fue diagnosticado con Trastorno del Espectro Autista (TEA) sus papás, Luciana y Rodrigo, se embarcaron en una tarea que muchas veces se les hace cuesta arriba: encontrar una escuela en la que su hijo se sienta contenido y, a la vez, pueda aprender y desarrollar sus capacidades.
Como familia se enfrentaron, como tantos otros padres de niños con discapacidad, a las dificultades que se presentan cuando el derecho de los niños a asistir a escuelas comunes choca de frente con la realidad de las aulas, donde la formación docente es escasa, los cursos son numerosos, sobran las restricciones y falta empatía.
Formación y empatía
“El año pasado, a partir de una decisión política, se estableció que todos los niños debían asistir a las escuelas de nivel, sin importar cuál sea su situación. El planteo no deja mucha opción, se plantea de manera muy cerrada y no se puede discutir. Pero nosotros, por iniciativa propia, creemos que nuestro hijo necesita asistir a una escuela especial. Realmente pensamos qué sentido tiene que vaya una horita por día a un lugar donde solo tratan de contenerlo”, cuestionan los papás.
Álvaro va a tercer grado a en una escuela privada y está integrado en una de educación especial. Asiste solo una hora y media por día, siempre junto a su acompañante terapéutica.
En ese breve lapso de tiempo -estipulado de forma conjunta entre las instituciones y su familia- comparte y disfruta del aula con sus compañeros. Sin embargo, las adaptaciones curriculares son escasas y sus padres no están conformes con la situación.
La hiperactividad y las conductas disruptivas -que se pueden presentar por muchos motivos como un malestar físico, una puesta de límites o una desorganización en la rutina- son parte de su diagnóstico. Frente a estas situaciones las maestras no saben cómo actuar y a veces hasta empeoran la situación, aseguran sus papás.
“En primer lugar, la escuela tiene que trabajar fundamentalmente en la formación de los docentes porque desde la ignorancia no se puede transformar nada. En segundo lugar, muchas veces falta empatía y amor porque estamos hablando de niños, con o sin discapacidad. Cada vez que me cruzo con los docentes de mi hijo les pido amor. Como padres cargamos con un montón de responsabilidades, de compromisos, de angustias, porque este es un camino muy largo", contó.
Y siguió: "Si a esto se suma el problema de que sentís que tu hijo no es querido en la institución dónde va, se vuelve muy pesado. Puedo entender que la maestra me diga que no sabe qué hacer o cómo encarar una situación, lo que no puedo entender es la falta de empatía. Cuando hay voluntad, no hay barreras”, expresa Luciana quien, además de mamá, también es docente".
Un espacio de contención
“Nosotros no queremos desvincular a Álvaro de su grupo de origen porque, aunque no parezca, él reconoce a sus compañeros, que son sus amigos y un pilar fundamental. Ellos no se asombran por sus conductas como lo hace un adulto, lo integraron muy bien, sin ningún reparo. Pero, por otro lado, pensamos que quizás otro tipo de escolaridad con mayor atención o con otra estructura le puede servir más para su progreso cognitivo y pedagógico. También queremos que pueda permanecer más tiempo en un mismo espacio porque sino se dificultan mucho sus avances”, expresa Rodrigo.
Ante la negativa de que el niño pueda recibir una educación exclusivamente especial como deseaban sus papás, ya que no es posible de acuerdo a la normativa vigente, y por su misma insistencia, surgió una tercera opción que es la posibilidad de hacer, desde el próximo año, una trayectoria compartida en la que Álvaro asista algunos días de la semana a la escuela común y otros, a la especial.
Resistencia al cambio
“A las instituciones muchas veces les molestan los chicos con los que tienen que aplicar nuevas estrategias, sobre todo cuando aparece el problema de lo conductual. Hay que abrir la cabeza y empezar a pensar en el cambio, en ser más flexibles. Muchos padres me dicen ‘la escuela de Álvaro es inclusiva’ y en realidad hoy todas son inclusivas, pero la verdadera inclusión es algo más complejo que tener un nene con discapacidad sentado en el aula, tiene que ver con pensar otras dinámicas. Hay mucha resistencia a un cambio real de las cosas”, asegura Luciana.
Los papás también cuestionan la responsabilidad del Estado ante la problemática de la diversidad en las aulas. Consideran que los grupos numerosos y los docentes desbordados no son el mejor marco para la educación de calidad.
“Se tomó la decisión de que todos los niños vayan a la escuela de nivel de manera masiva, pero muchos chicos la pasan mal y sus familias también porque ven que esto no es lo mejor para ellos, porque necesitan otra cosa, porque no hay inclusión verdadera. Queda mucho por recorrer para que todos puedan sentirse a gusto”.
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