Argentina anunció su intención de abandonar la Organización Mundial de la Salud (OMS) junto a Estados Unidos. La noticia, impulsada por una declaración conjunta firmada por el ministro argentino de Salud, Mario Lugones, y el secretario estadounidense Robert F. Kennedy Jr., sacudió el tablero sanitario internacional.
¿Qué significa realmente este alejamiento? ¿Es una jugada soberana o un paso en falso en plena era de pandemias globalizadas? El doctor Luis Cámera, secretario de la Sociedad Argentina de Medicina, dialogó con AIRE y explicó cuáles son los posibles impactos que la decisión puede tener para el sistema sanitario argentino.
“No es bueno. Salir de la OMS nunca es bueno”, afirmó Cámera con claridad en diálogo con el programa Creo. Aunque reconoce que el organismo tiene aspectos discutibles, como cualquier institución internacional, subraya que abandonar su estructura representa un riesgo sanitario, político y profesional.
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Ventajas perdidas
Para Cámera, la pertenencia a la OMS ofrece más que un respaldo simbólico: abre puertas concretas a programas de asistencia, acceso a medicamentos y vacunas a bajo costo, e incluso posibilidades de carrera para especialistas argentinos en salud global. "Estar afuera limita el acceso a ciertas políticas internacionales, como los acuerdos con fabricantes para obtener fármacos esenciales más baratos, algo clave en regiones con enfermedades desatendidas", explicó.
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Además, destaca que la cooperación internacional en salud no se mide solo en datos o papers, sino en redes de confianza. “Quedás como alguien que se fue, que no quiere trabajar en conjunto. Es una mancha política que cuesta revertir”, advirtió.
¿Y si Estados Unidos nos respalda?
El argumento más repetido por el oficialismo es que Argentina no quedará aislada, sino integrada a un nuevo esquema liderado por EE.UU., una potencia médica y científica indiscutible. Cámera no lo niega, pero matiza: “No todo pasa por Estados Unidos. Europa, China e India son actores centrales. De hecho, el código genético del COVID lo secuenciaron los chinos. Y gran parte de los laboratorios principales están en Europa.”
Apostar exclusivamente por Washington —dice el experto— implica ignorar la multipolaridad del sistema sanitario global. Además, recuerda que Estados Unidos financia aproximadamente un tercio del presupuesto de la OMS, mientras que Argentina no contribuye significativamente. “Nos estamos yendo de una mesa en la que apenas ponemos plata, pero donde recibimos mucho”, remarcó.
Errores de la OMS, ¿motivo suficiente?
Durante la pandemia, la OMS fue blanco de críticas por su lentitud en reconocer la transmisión aérea del COVID-19. Cámera no esquiva el tema: “Fue un error grave. Tardaron demasiado en decir que el virus se transmite por el aire. Eso costó vidas”. Pero insiste en que los errores no justifican el aislamiento, sino que deben ser corregidos desde adentro, fortaleciendo el rol de los países con voz crítica.
“¿Cómo se hace nacionalismo en salud si un virus que aparece en Kenia te puede contagiar en Santa Fe mañana?” —preguntó, casi retóricamente, el periodista al cierre de la entrevista. La respuesta de Cámera no dejó lugar a dudas: “No se puede”.
En un mundo hiperconectado, donde los brotes epidémicos no conocen pasaportes, salirse de los marcos de coordinación global es jugar con fuego. Argentina está a punto de dar ese paso. Y como advierte Cámera, tal vez no pase nada la semana siguiente. Pero el costo —silencioso, gradual, profundo— llegará. Y será difícil de revertir.
Según el comunicado oficial, Argentina apoyará la creación de una nueva “Organización de Salud de las Américas”, impulsada por EE.UU., con la premisa de garantizar “soberanía sanitaria”. Sin embargo, el texto no detalla cómo se suplirán los programas y beneficios actuales gestionados por la OMS.
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