El furor por la inyección "mágica" para bajar de peso magnifica la gordofobia
Mientras los medicamentos a base de semaglutida se convierten en el fenómeno global para bajar de peso, se reactiva con fuerza el mandato de la delgadez y la penalización social de los cuerpos gordos.
El furor por la inyección "mágica" para bajar de peso magnifica la gordofobia.
No se trata de salud: es gordofobia. Y aunque resulta lógico que cualquiera quiera ser flaco —porque se vive mucho mejor siéndolo en una sociedad que rechaza los cuerpos gordos—, nadie habla demasiado de los efectos colaterales de esta droga: náuseas, vómitos, dolor estomacal, estreñimiento, diarrea y, atento, la posibilidad de desarrollar cáncer de tiroides.
Las presentaciones comerciales de estos medicamentos, basados en la droga semaglutida, son de venta bajo receta. Sin embargo, la moda mundial hace que personas de distintas edades y condiciones físicas busquen la manera de conseguirlos como sea.
Una inyección contra el body positive
Inicialmente destinada al tratamiento de la diabetes tipo 2, la semaglutida saltó a la fama por su efectividad para lograr descenso de peso. Su nombre comercial más difundido, Ozempic, ya se convirtió en sinónimo de la “solución definitiva”.
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La inyección mágica recrudeció la exigencia de delgadez a cualquier precio.
Así, la estrella farmacéutica desbancó a los discursos body positive, aquellos que invitaban a abrazar la diversidad corporal y abandonar la mirada discriminatoria.
Cuando investigaciones médicas habían cuestionado la eficacia de las dietas tradicionales, aparecieron estos medicamentos que prometen lo imposible: adelgazar sin miedo al rebote. La “inyección mágica” arrasó Hollywood, las redes sociales y cualquier espacio donde haya alguien dispuesto a bajar de peso. Es decir, todos los espacios.
La tentación es evidente: una aplicación semanal, resultados rápidos y efectos adversos que, pareciera, “vale la pena tolerar” en nombre de la delgadez, elevada —una vez más— a sinónimo de salud.
Presión sobre los cuerpos
Esta semana, en su programa Storytime (Bondi Live), Barbie Vélez compartió que durante toda su adolescencia sintió una enorme presión por adelgazar. “Nunca tuve anorexia ni bulimia, no quiero meterme en algo que capaz algunas personas lo sufrieron de verdad, pero yo siento que desde chica, desde la adolescencia, que estaba muy atenta a no engordar”, relató.
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La cuestión es estar delgada, muy delgada. Sobre todo para las mujeres.
Barbie describió lo que viven muchas: un metabolismo que tiende a aumentar de peso y la vigilancia constante. “Siempre estuve muy atenta a eso para evitarlo”, sostuvo.
No era una vivencia aislada o una alucinación propia. “Iba a una producción y me decían ‘ay, qué linda, pero te faltarían tres centímetros menos de caderas’, o ‘están tres kilitos más arriba’. A mis 17 años, si tenía una campaña de fotos, tres semanas antes me restringía un montón con la comida", recordó.
Su historia resume una experiencia: para las adolescentes, estar gorda es un pasaporte a la “muerte social”. ¿Quién puede mostrarse gorda en Instagram sin ser castigada?
Activismos que incomodaron al sistema
La penalización de la gordura como cuestión de voluntad sigue prevaleciendo. Quedaron atrás campañas poderosas como “#HermanaSoltáLaPanza”, lanzada por Mujeres que No Fueron Tapa (MQNFT) entre 2021 y 2022, donde centenares de testimonios expusieron la violencia estética que viven, especialmente las mujeres, desde muy pequeñas.
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Cada década ofrece una solución definitiva distinta: dietas milagro, detox que ‘resetean’, planes que ‘por fin funcionan’, suplementos que ‘cambian la vida’.
“Permitieron a muchas de nosotras validarnos, legitimarnos y saber que no estamos rotas ni falladas, que valemos y tenemos derecho a existir sea cual sea la forma de nuestro cuerpo”, sostiene la introducción del libro donde Lala Pasquinelli recupera ese archivo de liberación de la autodenigración y autocastigo que millones viven en silencio.
El valor de esas experiencias fue enorme, pero la máquina estética —esa que disciplina, ordena y jerarquiza— no se detuvo. Y la aparición de los medicamentos “mágicos” sólo profundizó el problema. Ahora, además, estar delgada es también cuestión de poder acceder a productos carísimos.
Las voces críticas
Una palabra autorizada en la discusión, la nutrióloga mexicana y activista contra la gordofobia Raquel Lobatón, viene publicando análisis donde cuestiona la falta de estudios a largo plazo sobre la semaglutida. Para ella, no está claro qué sucede con estos cuerpos medicados después de años de uso.
En paralelo, la Organización Mundial de la Salud (OMS) declaró estos medicamentos como “esenciales”, tanto para diabetes como para pérdida de peso, siempre bajo control profesional.
Esta decisión, según Lobatón, resulta “preocupante” por la velocidad con la que se adoptan políticas globales sin evidencia robusta en el tiempo.
“Vivimos en una época que siempre está buscando la próxima gran promesa para ‘arreglar’ el cuerpo”, señala. Cada década ofrece una solución definitiva distinta: dietas milagro, detox que ‘resetean’, planes que ‘por fin funcionan’, suplementos que ‘cambian la vida’. Siempre con el mismo mensaje disfrazado: hay algo mal en vos que debe ser corregido.
Para ella, estos medicamentos son “la versión más reciente de esa promesa, envuelta en batas blancas, respaldada por gigantes farmacéuticos y vendida como ciencia inevitable”.
Otras alertas desde el activismo
También Laura Contrera, activista gorda, doctora en Estudios de Género, se pronunció sobre esta decisión de la ONU. “Si bien la OMS respalda el uso de medicamentos para bajar de peso en personas adultas (excepto durante el embarazo), la recomendación es condicional”, aclaró.
Contrera escribió el libro Ni dieta, ni ajuste ni patología y también compiló -junto a Nicolás Cuello- de un libro pionero: Cuerpos sin patrones.
¿Por qué es condicional? “Debido a la escasez de datos de seguridad a largo plazo, la incertidumbre sobre el mantenimiento de la pérdida de peso una vez finalizado el tratamiento, los altos costos y la considerable preocupación por la desigualdad en el acceso entre países”.
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Esto muestra la contracara de la declaración de la OMS. “Según la evidencia científica, las consecuencias deseables para la OMS (el descenso de peso) no superan a las indeseables, que han sido reportadas desde hace tiempo por personas usuarias”.
Por eso, sobre todo cuando se trata de adolescentes -para quienes la OMS no recomienda este fármaco- es importante tener en cuenta esta alerta: “Las personas recuperan el peso perdido al suspender el tratamiento, el efecto rebote es perjudicial para la salud, hay pérdida de masa muscular y muchos efectos secundarios físicos y emocionales”.
Salud o estética: un falso dilema
Lobatón insiste en que su postura no juzga a quienes usan el medicamento, sino al sistema que enseña a creer que un cuerpo sin hambre es un cuerpo virtuoso. Un sistema que convierte la supresión del apetito en valor moral, y que sigue ubicando a la gordura del lado de la enfermedad.
La demonización del peso como “el” factor determinante de la salud rinde sus frutos: cualquier persona con sobrepeso que va a una consulta médica sabe que, tarde o temprano, sea cual sea su dolencia, le hablarán de adelgazar.
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La inyección mágica recrudeció la exigencia de delgadez a cualquier precio.
Ahora, además, se agrega la nueva recomendación: “hay un medicamento con buenos resultados”. Pero si no accede por una cuestión económica, si no puede usarlo por factores de riesgo, o si no lo consigue, llega la frustración.
Nada de esto es nuevo. Más allá de activismos potentes, discursos críticos y evidencia científica, una persona gorda sigue siendo catalogada como enferma por su sola apariencia, y se trata de su responsabilidad. Mientras que una persona delgada recibe automáticamente una mirada benevolente: si tiene problemas de salud, no es culpa suya.
Lala Pasquinelli lo explica en La estafa de la feminidad: Esa idea “instala un sistema disciplinar sobre todas las mujeres: un miedo profundo a la gordura como si fuera el peor de los infiernos. Porque si no somos flacas, fracasamos como mujeres y debemos vivir una vida de indignidad, castigo y vergüenza”.
Sobre ese suelo cultural se sostiene el furor por el Ozempic y otras marcas comerciales. La lógica no cambió: sólo se sumó otra herramienta. Porque, al parecer, ser flaca sigue valiendo todos los riesgos.