Desde el verano a esta parte la ocupación de terrenos, públicos y privados, en Rosario tuvo bastante ocupada la agenda de funcionarios municipales y provinciales. Pero en los últimos días se produjo una situación en un sector de Empalme Graneros, en el noroeste de la ciudad, que no puede tomarse como una ocupación más, porque tiene historia y profundas raíces.
Los terrenos en cuestión están afectados a lo que fuera el proyecto de vivienda de la Fundación Madres de Plaza de Mayo, denominado Sueños Compartidos, que quedara trunco cuando estalló el escándalo Schoklender. La construcción se retomó un par de años después, hasta que llegó el ajuste de la era Macri y de nuevo se paralizó, esta vez de forma definitiva. Y entonces ocurre algo increíble: la solución ya demoró tantos años que entre los ocupantes del terreno está la generación de hijos de aquellos a los que originalmente estaban destinadas las viviendas.
La protagonista de esta historia es la comunidad Qom de Empalme Graneros, una de las dos que se asentaron en la ciudad a la luz de un flujo inmigratorio de ida y vuelta que se aceleró a partir de la década del 60 desde los montes y localidades chaqueñas hacia los grandes centros urbanos.
El lunes pasado se conoció que un grupo de integrantes de la comunidad había “invadido” un terreno en la zona de avenida Travesía y Juan José Paso.
“En las casas viven tres o cuatro familias, entonces quieren tener su propio lugar. Las autoridades siempre nos dicen que esperemos, que esperemos. Hace un tiempo los jóvenes de la comunidad habían tomado un terreno, nos prometieron que nos iban a dar una solución y volvieron a las casas de sus padres. Pero el tiempo pasa y las familias se agrandan y tienen que vivir todos en un mismo lugar”, explicó Liliana Galeano, presidenta de la comunidad, en una charla con Aire Digital.
Historias de la historia
El terreno ocupado es una pequeña fracción de un predio destinado a lo que originalmente fue el Proyecto Sueños Compartidos, que financiaba el gobierno nacional a través de la Fundación Madres de Plaza de Mayo de Hebe de Bonafini y que tenía como gerente o cerebro financiero a Sergio Schoklender.
La obra se inició en 2010 y fue afectada en 2012 por la caída del programa Sueños Compartidos. Tras un parate de un par de años, la Municipalidad y Nación acordaron retomar la construcción. Nación ponía el dinero que antes le daba a la Fundación a una constructora y la ciudad certificaba el avance de las obras. Entre 2016 y 2017 los pagos de Nación se hicieron más y más espaciados, hasta que la empresa, que acumulaba certificados impagos por más de $ 50 millones en ese momento, paralizó la obra.
Lo que falta para terminar del proyecto “es muy poco”. Son apenas 37 viviendas de las 500 proyectadas, algunas cuadras de pavimentos, algo de infraestructura pública, un centro comunitario, un centro de salud y un destacamento policial. El resto, con muchas vueltas, se hizo: 460 viviendas, escuela, comisaría, cloacas, red eléctrica y de agua, polideportivo, playón abierto, calles e infraestructura pública.
Sin embargo, el tiempo transcurrido fue tanto, que volvió a expandirse el asentamiento que hace cuatro o cinco años se había reducido por la mudanza de familias a las viviendas terminadas en la misma área en la que vivían, y los espacios que habían quedado despejados por el desarmado de casillas, fueron ocupados por otros grupos familiares.
La solución quedó vieja
En definitiva las 37 viviendas pendientes ya no alcanzan para resolver lo que a principios de los 2000 se proyectó como solución. Suponiendo que mañana se concluyan las 37 viviendas para las 37 familias censadas, el asentamiento que motivó el proyecto seguirá estando, gracias a que la urbanización demoró tanto que el problema nunca se fue y hasta se agrandó.
Liliana Galdeano, por ejemplo, contó a Aire Digital que hasta unas semanas atrás llegaron familias de “otros lados, que no son de la comunidad y arman sus casillas. Nosotros le decimos que no pueden quedarse ahí, llamamos a la Municipalidad, pero al final se quedan”.
“La gente que hizo la ocupación reclama viviendas. El tema es que ese terreno es para la propia comunidad, para familias de ahí mismo”, explicó Josefina Del Río, subsecretaria de Hábitat de la Municipalidad de Rosario. “Nosotros estamos en instancia de diálogo en conjunto con la provincia, tratando de hacer entender esa situación, porque ese terreno está destinado una parte a la construcción de las viviendas que faltan y la otra parte a un espacio comunitario”, indicó.
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Lo que explica la funcionaria es así. Lo que no puede comunicarle a la comunidad es cuándo Nación tomará una resolución y qué prioridad le dará a esta obra entre las miles que quedaron paralizadas en el país.
Liliana Galdeano destaca la labor de contención de los líderes comunitarios sobre las nuevas generaciones, pero sabe que el amontonamiento apremia y los años pasaron. Desde que el Estado pensó soluciones para las familias que vivían en condiciones inhumanas en el asentamiento toba pasó tanto tiempo que los niños de esas familias crecieron y también tuvieron hijos. Hoy están en el mismo punto que estaban sus padres 18 o 20 años atrás.
A diferencia de otras ocupaciones por “invasión”, asentamientos como el de la comunidad Qom se expanden por goteo, es decir primero una, después dos casas, y así van corriendo el límite exterior. Esto ocurre cuando los niveles de hacinamiento se vuelven insostenibles y la única posibilidad de crecimiento sin desarraigo es sobre espacios comunitarios o públicos de uso propio.
En febrero pasado el recién asumido intendente Pablo Javkin puso la reactivación de Barrio Travesía entre los proyectos que le presentó a la ministra de Hábitat nacional María Eugenia Bielsa. Por supuesto, la arquitecta rosarina conoce el proyecto y no hizo falta explicarle nada.
Además, de la terminación del Barrio Travesía y de abordar de nuevo el asentamiento que se consolidó en el mientras tanto, dependen obras de urbanización para la enorme área que abarca Empalme Graneros. Desde el ensache de la avenida Juan José Paso, que a esa altura es una miserable calle de barrio con un tráfico infernal, hasta una mejor conectividad para miles de familias con el resto de la ciudad.
Empalme, barrio con historia
Empalme no es sólo conocido por tener uno de los dos asentamientos toba de la ciudad. Es un barrio históricamente habitado por familias trabajadoras, atrasado en la incorporación de infraestructura básica y con un populoso centro comercial a cielo abierto.
A partir de los 90 el barrio se diversificó. Crecieron los asentamientos de la zona y la economía de subsistencia del narcomenudeo (la primera cocina de cocaína oficialmente desmantelada en Rosario funcionaba en el corazón de este barrio) cambió los hábitos de vida y relacionamiento social. La comunidad religiosa y educativa del padre Edgardo Montaldo en el vecino barrio Ludueña, y la obra de la recién arribada hermana María Jordán en el corazón de la comunidad Toba, fueron testigos, no mudos, de estos cambios dramáticos.
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Hay otra historia, también dolorosa, pero con mejor final. Hasta los 90, cuando llovía mucho toda la ciudad pensaba en Empalme, porque desbordaba el arroyo Ludueña, que es su límite norte y el barrio se inundaba. A la luz esas décadas de padecimientos, el barrio parió un movimiento social denominado Numain, sigla de Nunca Más Inundaciones. La presión social y la militancia consiguieron que en 1995 la provincia inaugurara la obra retardadora de crecidas del Ludueña.
A partir de ahí pudieron encadenarse obras cuenca abajo (canalización de ese y otros canales afluentes, derivadores y el millonario segundo entubamiento del arroyo) que permitieron mantenerla a salvo de nuevas crecidas, valorizar la propiedades y, por supuesto, incorporar cientos hectáreas suburbanas y rurales a la trama de la ciudad.
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