Los cinco candidatos presidenciales llegaron al segundo debate obligatorio después de un largo recorrido que empezó con las elecciones primarias del 13 de agosto y que tuvo como primer mojón de relevancia el debate del domingo pasado.
En esta segunda ocasión, quedó en claro desde dónde arranca cada uno y –del mismo modo– cuáles son sus estrategias para posicionarse de cara a la primera vuelta del próximo 22 de octubre. Todos van en busca del voto blando: el voto duro ya está definido y los indecisos serán los árbitros de la próxima elección.
Tres de los cinco postulantes salieron de las primarias en un escenario de empate técnico: Javier Milei (La Libertad Avanza), Patricia Bullrich (Juntos por el Cambio) y Sergio Massa (Unión por la Patria). Entre ellos tres se encuentra el próximo presidente.
Los otros dos candidatos sumaron unos pocos puntos en las PASO del 13 de agosto y llegan a las generales en situación de testimonialidad: Juan Schiaretti (Hacemos por Nuestro País) y Myriam Bregman (Frente de Izquierda y los Trabajadores).
En el hipotético balotaje de noviembre solo habrá lugar para dos. Por eso no llamó la atención que los tres postulantes más votados en las primarias se hayan buscado entre sí para tratar de sacarse ventaja. A diferencia del primer debate, este segundo episodio resultó mucho más parejo y es una incógnita quién podrá cosechar más voluntades entre indecisos y votantes de otros espacios.
Si bien en este segundo debate hubo tres ejes concretos –seguridad; trabajo y producción; desarrollo humano–, a lo largo de las réplicas y los intercambios los candidatos se cruzaron fuerte sobre otros tópicos: corrupción, feminismo, impuestos y política internacional, entre otros puntos.
A diferencia del primer debate realizado en Santiago del Estero, en el cual Patricia Bullrich tuvo un desempeño deslucido, este domingo en la Facultad de Derecho de la UBA los cinco candidatos se mostraron sólidos, cada uno dentro de su libreto. A solo dos semanas de las elecciones, queda poco margen para errores no forzados.
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Todos contra Massa: el gobierno ante el plebiscito de las urnas
Recién en el minuto de cierre, el candidato oficialista Sergio Massa pronunció el concepto más importante ya no del debate, sino de la campaña en general: “La Argentina está saliendo de una crisis, la más importante de los últimos 20 años. Lo peor ya pasó”.
Esa frase de Massa condensa el lugar que ocupa como candidato del gobierno y, al mismo tiempo, como opción superadora de lo que fue la gestión del Frente de Todos, una coalición que resultó exitosa para ganar la elección de 2019, pero que hizo agua en el gobierno.
Massa tiene la difícil tarea de representar la continuidad del actual gobierno y a la vez ofrecer la esperanza de un futuro mejor. En ese sentido, el lógico que el actual ministro de Economía prometa en campaña lo que no hizo este gobierno en la gestión, ni antes ni después de su asunción en 2022 en reemplazo de Martín Guzmán.
En el mismo sentido, era lógico que sus cuatro rivales –cada uno desde su propia posición– hayan elegido a Massa como el centro de sus críticas al momento de las réplicas. En el eje “todos contra Massa”, queda en claro que estas elecciones son un plebiscito no solo del actual gobierno, sino también de un modelo que pone a la política y al Estado en el centro de la cosa pública.
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En modo moderado, Milei festejó el empate
El libertario Javier Milei se mostró sereno durante casi todo el debate, salvo en dos o tres ocasiones en las que estuvo al borde de desbarrancar, muy enojado con “las mentiras” de Juntos por el Cambio sobre las retenciones, los impuestos y otros temas económicos.
En ese trance de mostrarse sereno y moderado, Milei buscó dar un mensaje de gobernabilidad, no solo a los votantes –propios, ajenos e indecisos–, sino también a los verdaderos factores de poder, que observan con desconfianza al líder libertario por sus propuestas extremistas. Las crisis recientes del país están demasiado frescas en la memoria de todos y todas.
Si bien Milei hace campaña con el foco puesto en la economía –el tema que mejor maneja–, arrancó el debate con una pifia fea: dijo que todos los indicadores sociales están hoy peor que en 2001, omitiendo –a propósito, o no– reconocer las políticas sociales desplegadas a partir de 2002 y continuadas por todos los gobiernos. Esas mismas políticas que alejaron toda posibilidad de estallido social, aun en los peores momentos de las últimas dos décadas.
Milei viene de ser el candidato más votado en las PASO y lidera las encuestas. En clave futbolera: está puntero y el empate le sirve. Con ese criterio encaró los dos debates y, más allá de alguna pifia puntual, salió bien parado. Buscó no hacer olas y no cometer errores graves. Por el contrario, se aferró al catecismo libertario englobado a todos los espacios políticos (“la casta”) como responsables de los males que sufre el país: “Ellos son el problema”.
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Si los dos debates obligatorios eran una ocasión propicia para que el líder libertario meta la pata, hay que decir que eso no ocurrió y que salió de esta instancia tal como entró: como el vocero de la anti política que quiere tomar las riendas de la política, aunque sus adversarios le marquen yerros y contradicciones.
Para Milei, los debates fueron de suma cero: no ganó ni perdió. Y como va puntero, el empate le sirve para seguir arriba en la tabla de cara a las elecciones del 22 de octubre.
El dilema de Bullrich: quién representa el verdadero cambio
Patricia Bullrich tuvo una performance muy floja en el primer debate presidencial y se mostró un poco mejor en esta segunda instancia. Habrá que ver si eso le alcanza para rumbear una campaña errática y para convencer a los millones de indecisos que van a definir las próximas elecciones.
Esta vez, Bullrich intento poner énfasis en su propia experiencia como ministra de Seguridad de Mauricio Macri. No obstante, pasado el capítulo sobre seguridad, se enredó en un exceso de chicanas y de ataques directos contra sus rivales, principalmente Massa y Milei.
Del mismo modo que en el primer debate, cuando salió de su zona de confort –la seguridad y la mano dura– a Bullrich se la vio muy deslucida en sus exposiciones y abusando de un latiguillo recurrente que pudo haber perdido efectividad ante tantas repeticiones: hablarles directamente a Massa y a Milei, con quienes compite en busca de llegar a un eventual balotaje.
Bullrich lleva meses de campaña tratando de mostrar que ella es el cambio y no Milei. En las primarias quedó a la vista que el electorado tiene repartidas sus opiniones sobre quién de los dos representa el verdadero cambio.
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Visto desde el eje de la estrategia, este segundo debate pone sobre relieve que la candidata de Juntos por el Cambio –el espacio que salió segundo en las PASO, sumados los votos de Bullrich y de Horacio Rodríguez Larreta– no está tan segura de repetir el resultado de agosto. De hecho, sus constantes ataques contra Milei y Massa dejan al descubierto algo que vienen mostrando muchos sondeos de opinión: que llega a las elecciones generales como tercera, corriendo desde atrás al líder libertario y al candidato del oficialismo.
La Argentina, ante tres proyectos de futuro
Ya pasaron los dos debates presidenciales y quedan apenas diez días de campaña. El 22 de octubre, los argentinos y las argentinas definirán si hay presidente electo o si será necesaria una segunda vuelta para dirimir entre los dos candidatos más votados.
Ya no queda margen para ensayos ni aventuras. Los cinco candidatos, aferrados a sus libretos y a sus convicciones, entran en la etapa final de una campaña que fue áspera por momentos y que no terminó de entusiasmar casi a nadie, incluida la militancia de los principales espacios políticos.
En este final de campaña, Massa busca mostrarse como un estadista que trasciende a su propio partido –con el reiterado llamado a un “gobierno de unidad nacional”–, mientras que Milei y Bullrich disputan el liderazgo de amplios sectores a los que se les está agitando la paciencia ante el ejercicio de la política.
Entre la improbable unidad nacional que pregona Massa, la motosierra de Milei que promete no dejar política pública en pie y la melancolía de Bullrich con su propia experiencia de mano dura y represión, se concentra la oferta electoral de este 2023. En dos semanas, sabremos qué rumbo prefieren la mayoría de los argentinos y las argentinas.
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