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Política Elecciones 2023 | Sergio Massa | Axel Kicillof

De la mano de Massa y Kiciloff, la resistencia peronista lo hizo de nuevo

Javier Milei y Patricia Bullrich no entienden que Sergio Massa está reconfigurando al peronismo en sociedad con Axel Kicillof y Cristina Kirchner, pero que el postkirchnerismo ya empezó y no gracias a ellos. El peronismo lo hizo de nuevo. ¿Qué peronismo?

Más allá de la crisis ideológica y operativa que exhibe el peronismo y que dominó casi toda la gestión de Alberto y Cristina, no hay dudas de que Sergio Massa era el cuadro político del peronismo que más se había preparado para ser presidente.

“La obstinación de Cristina por bloquearlo demoró lo inevitable, esto debió suceder hace diez años”, nos apunta un peronista indudable en medio de los festejos.

Pero el hecho es que hace diez años la única jefa era Cristina y validada con creces, Massa disputaba por afuera restando votos que luego costaron la derrota de 2015 y todavía había tiempo para que el kirchnerismo forjase un cuadro de las características de Sergio Massa.

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Demonización mediática, acoso judicial y atentado fallido mediante, Cristina acepta el rol de armadora política y referente de una parte del peronismo, entiende que no conduce a la totalidad pero tiene claro el formato -no el programa- de un nuevo frente diverso, que ella expuso en noviembre de 2018 y hoy Massa define como “gobierno de coalición”.

Luego Massa maduró y aprendió a jugar sin amagues dentro del peronismo y el kirchnerismo fracasó a la hora de forjar cuadros que reúnan las condiciones y los contactos empresariales, diplomáticos y políticos de quien luce el slogan “Tenemos presidente" con una naturalidad y solidez que ninguno de sus rivales pueden ostentar.

En sus discursos de asimilación de la derrota, Javier Milei y Patricia Bullrich volvieron a hablar de “kirchnerismo”, de “gobierno de delincuentes” y de que “el kirchnerismo nos está destruyendo la vida”.

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El acuerdo entre Massa y Cristina para que la vicepresidenta no coprotagonice la campaña dio resultado: “¿Vieron que no hacía falta que aparezca?”, dice en el Instituto Patria.

El acuerdo entre Massa y Cristina para que la vicepresidenta no coprotagonice la campaña dio resultado: “¿Vieron que no hacía falta que aparezca?”, dice en el Instituto Patria.

Finalmente, el libertario hizo un llamamiento a “trabajar juntos para terminar con el kirchnerismo”. Repitieron su principal propuesta de campaña, la misma que los condujo a la derrota: la aniquilación de un espacio político que representa a millones de argentines y que ya no conduce al peronismo, que no fue capaz de conducirlo en los últimos cuatro años y que hace al menos dos que encontró en Sergio Massa el aliado preciso para resolver el absurdo bloqueo cruzado entre el presidente y su vice; para imprimirle una dinámica de gestión capaz de demostrar que el Frente de Todos era parte del problema y no de las soluciones, pero Unión por la Patria no, que era otra cosa.

La oposición no entiende al peronismo, pero macartistas ochentosos al fin, también lucen perdidos en un mundo multipolar que tampoco comprenden.

El peronismo ya cambió y nadie les avisa, el mundo también y se empeñan en declarar en contra de comunismos o socialismos estatizantes que hace más de 30 años que ya no existen.

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Al peronismo, desde que se conocieron los resultados de la segunda vuelta, lo conduce Sergio Massa, que no sólo es ministro y candidato, sino que –por inaceptable que parezca para republicanos, politólogos convencionales y para Alberto Fernández– también funge como presidente.

Gestor y operador 24x7, consensualista confeso desde hace años y socio afable de los principales referentes kirchneristas, Massa está en el camino de lograr algo sin precedentes: quedarse con la conducción del peronismo derramando café, gaseosa o agua mineral pero ni una sola gota de sangre; transformar una derrota cantada en victoria contra toda lógica (es el ministro de una inflación que pulveriza la calidad de vida de millones de argentines) y empezar a hacer realidad lo que desde aquí solemos definir como un imposible fáctico “terminar con la grieta, esa que existe desde 1810, que encontró en el peronismo al fenómeno popular y político más persistente y que costó centenares de miles de muertos.

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En una entrevista datada en enero de 2019, Jorge Alemán (amigo y confidente de Cristina) nos confesaba que “me interesa el kirchnerismo, pero no concebido como un fin en sí mismo, sino como medio o plataforma para ir hacia otro lado”. Dudo que Alemán estuviese pensando en la conducción de Sergio Massa, en un peronismo que creyó en el kirchnerismo como su etapa superior y hoy es una corriente interna numerosa y activa pero no decisiva y que asume un programa más conservador. Pero llegó el momento del recambio, de terminar con un inédito vacío de conducción.

Kicillof ya ganó, pero Massa conduce hasta el 19N

En el búnker de Unión por la Patria se decían dos cosas sonoras, una como chiste y otra como reproche: “Se posterga el fin del peronismo” y “al final Schiaretti y Randazzo hicieron lo de siempre, sacarnos casi 7 puntos para evitar que ganemos en primera vuelta”.

Ambas cosas son ciertas, tanto como que Massa hizo lo mismo en 2015, pero hoy juega por adentro y por fin pudo ser abrazado por el clamor de la militancia peronista, la misma que lo repudió, lo resistió y que le cantó “ponga huevo, huevo Sergio Massa, ponga huevo, huevo sin cesar, que en noviembre cueste lo que cueste, en noviembre tenemos que ganar”, para ahogarlo hasta las lágrimas.

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Axel Kicillof sumó más de 4 millones de votos y tendrá un segundo período como gobernador de Buenos Aires.

Axel Kicillof sumó más de 4 millones de votos y tendrá un segundo período como gobernador de Buenos Aires.

Puede entenderse, Massa trataba de abarcar una fiesta inesperada y multitudinaria con la mirada, le costó arrancar por la emoción y la euforia generalizada, trabajó toda su vida y particularmente los últimos cuatro años para éste momento.

Los más de 4 millones de votos cosechados en la provincia de Buenos Aires (el 44% del padrón electoral) fueron decisivos, pero también la recuperación de 8 puntos en la provincia de Santa Fe (más de 600.000 votos), el tercer distrito electoral del país.

El candidato de Unión por la Patria logró revertir las derrotas sufridas en seis provincias respecto de las PASO y dejó todo en una campaña corta pero en la que se propuso pelear en todos los distritos y no regalar ni un solo voto, sin soberbia ni odios.

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Massa es el único capaz de convocar al residual del peronismo cordobés y a un radicalismo que ya le comunicó a Patricia Bullrich que no piensan militar ni declarar a favor de Milei.

Incluso un gorila indudable como Facundo Suárez Lastra habló en nombre del radicalismo para decir que “no cuenten con nosotros para votar a Milei, lo que supere al populismo deberá ser liberal progresista y socialdemócrata”. Algo así como Massa.

Por eso más allá de la victoria merecida y contundente de Axel Kicillof en la provincia de Buenos Aires, el que conduce el peronismo –al menos hasta el 19 de noviembre– es Sergio Massa.

El peronismo sabe que no puede repetir el disparate de una conducción bifronte o tripartita donde no haya diálogos fructíferos ni programa de gobierno. Fomento de la producción y las exportaciones con valor agregado, una suerte de capitalismo industrial de base agropecuaria, con empleo de calidad, buenos salarios y servicios públicos de calidad, conforman un índice, son un puñado de títulos pero no un programa de gobierno.

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También se sabe que –pese a la sugerencia de Máximo Kirchner y de un par de periodistas que ven similitudes en los dos procesos electorales– hay tiempo para afinar detalles, pues no habrá asunción anticipada, porque la inestabilidad emocional de Milei es mucha y puede arruinar su campaña, pero no va a repetir la jugada de Menem en 2003: no va a bajarse del balotaje para deslegitimar a Massa.

Milei aún puede condensar el antiperonismo del 54% de les argentines, haciendo valer el acuerdo celebrado con Mauricio Macri, el gran responsable de haber liquidado dos liderazgos en pocos meses (Larreta y Bullrich) y del cómodo tercer puesto de Juntos por el Cambio.

Este “nuevo” peronismo debe trascender la mera virtud de ser mero dispositivo electoralmente eficaz y resolver lo que no resolvió en 2019: qué clase de peronismo quiere ser para no implosionar en la gestión. Y tomar nota de lo aprendido en los últimos dos meses: ponerle plata en el bolsillo al pueblo argentino, a los trabajadores públicos y privados, formales, informales y desocupados, sirvió para ganar en primera vuelta y debería seguir siendo la herramienta clave (a despecho de las amonestaciones del FMI) para resolver favorablemente el balotaje.