Cristina Kirchner festeja. La vicepresidenta no sólo copó la agenda política de la semana, sino que, además, logró arrastrar al fango de la grieta a Sergio Massa, la tercera pata del trípode de poder que conforman ella y el presidente Alberto Fernández. El presidente de la Cámara de Diputados, quien hacía gala de su moderación y equilibrio en contraste con la radicalización kirchnerista –de hecho, logró frenar varias de las iniciativas más polémicas de la vicepresidenta-, sucumbió el martes pasado, cuando Máximo Kirchner lideró la avanzada contra Juntos por el Cambio en una sesión escandalosa.
Vale la pena repasar qué sucedió aquel martes bochornoso en la Cámara de Diputados. Los dos sectores en pugna –el Frente de Todos y Juntos por el Cambio- pulsearon durante más de doce horas para dirimir cómo se van a abordar, de ahora en más, los proyectos más importantes que impulsará el Gobierno durante el segundo semestre. Son proyectos por demás trascendentes: la reforma judicial –con media sanción del Senado-; el presupuesto 2021; la reforma tributaria; el impuesto a las grandes fortunas y, el más sensible de todos, el proyecto que establecerá una nueva fórmula de movilidad jubilatoria a partir de diciembre próximo, que se presentará en breve.
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Al oficialismo le conviene continuar con el sistema remoto de sesiones, inaugurado con la pandemia para mantener activo al Congreso pese a las restricciones de la cuarentena. Comprobó que, con este sistema, puede “controlar” los debates, limitando la palabra y la acción de los diputados. Juntos por el Cambio estaba dispuesto a prorrogar el sistema de sesiones remotas, aunque sólo para discutir aquellas iniciativas acordadas; reclamó que, cuando se aborden la reforma judicial y la movilidad jubilatoria, las sesiones sean presenciales. Insistió en que estos debates deben ser cara a cara, no sólo para impedir eventuales picardías del oficialismo (sobre todo a la hora de conseguir el quorum) sino también para obligar a los legisladores kirchneristas a dar la cara, sentados en sus bancas, cuando voten los proyectos más conflictivos y costosos en términos políticos.
“Nosotros tuvimos que soportar que nos arrojaran toneladas de piedras frente al Congreso cuando se discutió la reforma previsional en 2017. Cuando discutamos la nueva fórmula de movilidad jubilatoria, ¿ustedes van a dar la cara? Porque les resultaría más fácil esconderse detrás de una pantalla”, acicatearon los diputados Cristian Ritondo y Silvia Lospennato durante la extensísima reunión de jefes de bloque el martes pasado.
No hubo acuerdo. “Máximo fue el más intransigente y no le dio margen a Sergio para negociar”, confiaron algunos de los participantes de la reunión. La Cámara de Diputados se convirtió en un campo de batalla: el Frente de Todos y sus aliados lograron prorrogar las sesiones remotas sin límites en el temario y Juntos por el Cambio amenazó con judicializar todas las sesiones de ahora en más. La Cámara baja, un ámbito en el que hasta ahora prevaleció el diálogo y el consenso, sucumbió así al pantano de la grieta.
De tal madre, tal hijo, podrá decir Cristina Kirchner. Máximo, el jefe del bloque de diputados oficialistas, siguió sus pasos y ahora las dos cámaras del Congreso pueden izar la bandera kirchnerista.
La avanzada liderada por la vicepresidenta no da tregua. En las redes sociales castigó sin piedad al jefe de gobierno porteño, Horacio Rodríguez Larreta, mientras que en el Senado el oficialismo de la Comisión de Acuerdos avanzó con la revisión de diez traslados de jueces dispuestos durante el gobierno de Cambiemos. Entre ellos, Leopoldo Bruglia y Pablo Bertuzzi, quienes ratificaron el procesamiento y la prisión preventiva de la Cristina Kirchner. Asimismo, blindó el decreto que declaró servicio esencial a Internet, la telefonía y la TV por cable, congelando sus precios hasta fin de año. Un decreto que tiene nombre y apellido: el grupo Clarín, el conglomerado de medios al que Cristina intentó descabezar sin éxito durante su presidencia.
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En la Legislatura bonaerense, en medio del escándalo que generan las masivas tomas de tierra en el conurbano, el kirchnerismo frenó el tratamiento de dos proyectos que elaboró la oposición para quitarles los beneficios sociales a quienes participen de las usurpaciones. Una iniciativa que había sugerido Massa para castigar a los usurpadores. Otro revés para el presidente de la Cámara de Diputados.
La estrategia política de Cristina Kirchner es clara: agudizar la polarización con Juntos por el Cambio y alimentar su base electoral en el conurbano bonaerense, la herencia que pretende delegarle a su hijo Máximo.
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