Un matrimonio de toda la vida que entró en crisis en diciembre de 2019, las tentaciones mundanas de una soltería que llegó tarde, y los peligrosos vínculos que se tejen en las redes sociales de contactos íntimos, parecen haber conjugado para sellar el trágico final de la vida de Máximo José Benítez, un hombre de 60 años, trabajador y buen padre de sus cuatro hijos.
Con una situación económica holgada y dueño de tres locales de distribución de materiales plásticos descartables en Villa Gobernador Gálvez y Rosario, en enero de 2020 Benítez decidió marcharse de la casa familiar para formalizar una separación que era de hecho, porque si bien vivía con su mujer bajo el mismo techo dormían en camas separadas. Desde que el matrimonio se resquebrajó, el hombre empezó a salir de noche y volvía de madrugada, pero siempre a su casa, y jamás tuvo una conducta fuera de lugar.
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El 4 de febrero firmó un contrato para alquilar un departamento amueblado en el 9º piso de un edificio ubicado en Montevideo 1457, entre Corrientes y Paraguay, pleno microcentro de Rosario. La idea le venía rondando en la cabeza y ya se la había confiado a su hermano y a un amigo en habituales desayunos que compartían día por medio, durante los cuales abundaban las charlas de fútbol, trabajo, y últimamente sobre mujeres.
En esos encuentros, Máximo mostraba una exagerada e infrecuente dependencia al teléfono, algo que también notaron sus hijos y fue motivo de llamados de atención. “Deja de joder con el teléfono o te lo tiro a la calle”, le reprochó ese mismo viernes su amigo al observar, como nunca antes, lo viciado que estaba con el aparato.
Ese amigo contó que Benítez mantenía chats con mujeres. También que miraba fotos de mujeres en las aplicaciones de contactos de Badoo y Tinder. Sin embargo era muy reservado, jamás contó que estuviera en alguna relación, o que hubiera concertado encuentros íntimos.
La mudanza trágica
Finalmente el viernes 7 de febrero se mudó. El comerciante tenía la costumbre de andar con dinero encima, en general de la recaudación del negocio donde él trabajaba. Pasó por su casa a las 21.45, le explicó a unos de sus hijos que ya no dormiría allí, tomó las llaves de su camioneta EcoSport y se marchó. La mujer y una hija apenas lo cruzaron porque se preparaban para ir a una fiesta. Cuando regresaron a las 2 de la mañana, él lógicamente no estaba. Y nunca más lo volverían a ver con vida.
Los próximos pasos de Máximo marcan que en algún sector de la ciudad levantó en su auto a un hombre, luego identificado luego como Sergio Omar V., alias Yiyo, de 31 años, y a Tania Natalia G., de 29 años.
Según la investigación, Yiyo pudo haber trabado una relación de confianza con Máximo en Villa Gobernador Gálvez y, bajo promesa de un servicio sexual, se dirigieron al departamento de calle Montevideo.
Estacionaron en 9 de Julio al 1400, a dos cuadras, se bajaron y caminaron hasta el edificio. No entraron porque había un corte de luz y esperaron un rato en la vereda, donde los encontró una residente del tercer piso. Como no se conocían, Máximo se presentó gentilmente, y le avisó a la señora que era el nuevo vecino de 9º piso.
“Es el mejor departamento”, lo recibió la señora. Volvió la luz y subieron en el ascensor. Al los minutos lo hizo Tania, a las 22.31 aproximadamente, cuando aparece en escena registrada por la cámara de un comercio. Vestía short de jeans, remera blanca y zapatos. Después de un rato, a las 23.49, se la ve salir del edificio con el vientre descubierto, mientras se acomoda el pelo y la remera.
A las 23.53, de acuerdo las filmaciones que cotejaron los investigadores, la mujer regresa al departamento. Y vuelve a salir antes de la medianoche. Allí aparece en escena el Fiat Uno negro, de donde desciende un individuo. Eran las 00.23. A los pocos minutos se acopla Yiyo, que sale del edificio sin camisa y con un televisor 32 pulgadas. Detrás suyo Tania corría descalza. Los tres se subieron al auto y escaparon a las 0.33 por Montevideo con dirección al este.
Desesperación
El sábado por la mañana los hijos de Máximo se extrañaron de que no fuera a trabajar porque era muy responsable. Como no contestaba los llamados ni los mensajes, con el correr las horas la preocupación viró a una sensación más angustiante. Era el mediodía, no daba señales y la desesperación de la familia iba en aumento.
Luego de establecer la dirección correcta, los hijos, su mujer, sobrinos y un tío corrieron hasta Montevideo al 1400. La misma vecina que lo recibió la noche anterior, reconoció a Benítez en una foto que le exhibió uno de los jóvenes, y lo dejó entrar.
La puerta del departamento estaba sin llave, adentro todo revuelto, con pisadas de sangre, vidrios, botellas de alcohol, preservativos. En la habitación yacía en un charco de sangre el cadáver semidesnudo de un hombre. El chico bajó y llamó a la policía, después se confirmaría que era Máximo.
El relevamiento de la escena del crimen que hizo el Gabinete Criminalístico de la Agencia de Investigación Criminal (AIC) dio muestras de un acto atroz. Benítez estaba boca abajo junto a una cama, con las prendas íntimas a la altura de los tobillos, las manos maniatadas por detrás con un cable, un cinto que le rodeaba la mandíbula, una tela en el cuello, y los pies amarrados con una cortina y una toalla.
Esa momento de éxtasis y placer que imaginó el comerciante finalmente se transformó en un martirio que lo llevó a la muerte. Según las evidencias, una vez que tuvieron sexo lo redujeron e inmovilizaron, lo golpearon por todo el cuerpo con elementos contundentes, como una estufa de hierro y botellas.
Al parecer se resistió, pero le exigían objetos de valor mediante torturas con cortes en los dedos. Lo agredieron con tanta ferocidad que finalmente murió.
La voracidad de la viuda negra y su cómplice se reflejó con otros elementos dispersos en el inmueble. En un cesto de residuos se encontraron tres envoltorios de preservativos, y otros tres usados, energizantes, colillas de cigarrillos.
Sobre el piso había pisadas de sangre, en una mesa un frasco de gel íntimo, otro más de lidocaína, un cuchillo ensangrentado, y trozos de vidrio. Junto a una ventana los investigadores encontraron una camisa negra con flores con probables manchas hemáticas, como la que vestía Yiyo.
Un robo millonario y la sospechosa en el auto de la víctima
La investigación del caso contó con varios elementos que rápidamente arrojaron resultados positivos para llegar a los sospechosos del conmocionante crimen. Tras el análisis de las huellas digitales en la puerta trasera de lado del acompañante de la EcoSport de Benítez, se pudo establecer que eran de Tania, nacida en Santa Fe.
A partir del entrecruzamiento con otros casos, la misma mujer aparecía citada en un hecho donde un hombre de 61 años denunció que fue víctima de una viuda negra el 17 de noviembre de 2019. Relató que conoció por chat a una tal “Debo” (Jorgelina V., conocida como La Negra) que ofrecía servicios sexuales.
Pactó un encuentro y la pasó a buscar por una esquina de Rosario. Luego fueron a su casa, tuvieron sexo y bebieron alcohol. La víctima se quedó profundamente dormida. Al despertar advirtió que Debo ya no estaba, que le habían saqueado la vivienda y robado 3 millones de pesos, entre otros objetos de valor.
Si bien radicó la denuncia, hizo averiguaciones por su cuenta. Hasta que una mujer anónima que intentó chantajearlo le contó que la prostituta había sido apenas el señuelo, pero Tania y Yiyo los posibles autores del robo. El cruce de información asentada en ese legajo que investiga la fiscal María Ángela Rodríguez fue valioso para dar con la pareja.
A Victoria con una vida holgada
Se cree que con los 3 millones de pesos que robaron se mudaron a Victoria, donde compraron una casa que refaccionaron a nueva, una moto, y el Fiat Uno (dominio JPB 268) que utilizaron para el homicidio de Benítez.
La policía entrerriana ya había posado su mirada sobre ellos, porque tenían hábitos de consumo ostentosos sin contar con actividad laboral visible que lo justificara. Y por contactos con un delincuente local sospechado de robar una concesionaria de autos. Tania y Yiyo se movían entre Victoria y Rosario, donde residían en Esmeralda al 3000, en Tablada, y el barrio 17 de Agosto, pegado a Las Flores.
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Múltiples evidencias
Los informes de rastreo de las señales de teléfonos son concordantes. Dos días antes de morir, Máximo recibió dos llamados desde una línea que se atribuye a Yiyo y que impactó en una antena de Victoria. La madrugada del 8 de febrero, a la 1.31, la línea de la víctima impactó en la antena del Parque Regional Sur y Puente Gallego, hasta que se apagó en el barrio Las Flores a las 2.05. El seguimiento confirmó fue sustraído a su dueño.
Además, la línea telefónica que usaba Yiyo impactó en una antena de Moreno al 6250, de Rosario, luego en Soldado Aguirre 256, de Villa Gobernador Gálvez. Y en la franja de las 21.36 y 00.03 impacta en antenas de calle Paraguay al 900 y España 1632, cerca de donde vivía Máximo. A las 00.38, minutos después del crimen, nuevamente en las antenas la zona sur de Rosario y en Villa Gobernador Gálvez.
El trabajo de la división Homicidios de la Agencia de Investigación Criminal (AIC), el Organismo de Investigaciones (OI), los rastreos en redes sociales de los perfiles de los sospechosos, el entrecruzamiento de informes de identidades, pericias concordantes sobre rastros permitieron hacer un seguimiento de la pareja, que aparentemente estaba planificando otro robo bajo la misma modalidad.
Detenidos, imputación y confesión de la viuda negra
Tras acopiar y consolidar la evidencia y otras medidas denominadas “de calle", el fiscal de la unidad de Homicidios Dolosos Adrián Spelta pidió la captura de la pareja. El miércoles pasado a las 19.30 personal de Homicidios de la AIC los interceptó mientras circulaban a bordo del Fiat por Ovidio Lagos y Circunvalación. Ambos quedaron detenidos y a Tania se le secuestró un teléfono que será sometido a pericias.
El viernes se desarrolló la audiencia imputativa en el Centro de Justicia Penal (CJP) en un trámite por videoconferencia. Allí el fiscal hilvanó cronológicamente las evidencias citadas más arriba para endilgarles la coautoría funcional del delito de homicidio de Benítez en ocasión de robo y en grado consumado. Además les achacó la desobediencia y el incumplimiento al aislamiento preventivo social y obligatorio.
En su descargo, Tania declaró y admitió haber participado del hecho, pero argumentó que fue violentada y obligada por Yiyo para acoplarse al plan criminal. Igualmente la Fiscalía interpreta que el rol de la mujer fue preponderante. El juez Pablo Pinto tuvo por formalizada audiencia imputativa, aceptó el encuadre legal que hizo la Fiscalía y dictó la prisión preventiva efectiva de la pareja por el plazo de ley. Según los investigadores, ya planificaban otro hecho similar al que terminó con la vida de Benítez.
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