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Historias de sicarios: el joven que quiso dejar de matar y terminó muerto y el empleado de una fábrica que asesinaba en los ratos libres

Nahuel Carlini les avisó a sus jefes de la banda de Los Monos que quería salirse. Le dieron una última misión y lo mataron. Eric Enrique, pertenecía al bando contrario. Tenía un trabajo formal en una fábrica de plástico. Vivía en el centro de Rosario y como "changa", disparaba por dinero.

El sicario se impuso como una figura central en las tramas violentas en Rosario. Es el que cumple órdenes que en su mayoría provienen de personas de mayor jerarquía que están presas. No sólo mata por dinero, sino también para escalar en la estructura mafiosa. Son pibes jóvenes, en su mayoría fuera del sistema, pero también existen aquellos que buscan ese oficio para pertenecer e identificarse con la mafia, que empodera en el barrio.

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AIRE cuenta dos historias de sicarios que delinean cómo el negocio de la violencia se enraizó y para muchos no hay salida.

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A pesar de la presencia de fuerzas federales, los homicidios siguen jaqueando a la ciudad de Rosario (Foto ilustrativa).

A pesar de la presencia de fuerzas federales, los homicidios siguen jaqueando a la ciudad de Rosario (Foto ilustrativa).

La primera historia es la de Nahuel Carlini, quien quería dejar su oficio de sicario. Se lo había comunicado a sus jefes barriales de la banda de Los Monos. Pero antes de retirarse le encargaron una última misión, debía ir a disparar contra una casa donde luego iban a ir a pedir dinero en concepto de protección, una maniobra de la clásica mafia.

Fue un engaño. Porque en realidad, ese pedido, fue parte de una emboscada para matar al joven de 22 años, que fue acribillado por sus compañeros que lo rodearon y le dispararon hasta matarlo el 7 de febrero pasado en Solís y Navarro, en barrio Ludueña, donde operaba esta franquicia narco de Los Monos.

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La dinámica de la violencia narco

El crimen de Carlini expone cómo se impone la dinámica de la violencia en el microtráfico de drogas en Rosario, con jóvenes que son “fungibles”, como señaló el fiscal Matías Edery, en un mercado donde la muerte se impone todo el tiempo. El mensaje mafioso que impuso la banda criminal es que la entrada a ese mercado es accesible, pero la salida no es gratis.

En una audiencia que se realizó este lunes, la fiscal Marisol Fabro imputó por el crimen de Carlini a Kevin Israel Fracchia, cuya madre es policía y filtraba información a la banda de Los Monos sobre allanamientos que se iban a hacer contra la banda en la zona oeste de Rosario, donde se centralizó gran parte de la violencia desde el año pasado.

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Allí se enfrentan dos terminales que tributan a Ariel Cantero, líder de Los Monos, y a Esteban Alvarado, ambos presos, en los penales federales de Marcos Paz y Ezeiza, respectivamente.

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Cualquier intento de abandonar las bandas narcos suele terminar la muerte (Foto ilustrativa).

Cualquier intento de abandonar las bandas narcos suele terminar la muerte (Foto ilustrativa).

Fue el propio Carlini, quien seis meses después iba a ser asesinado por sus propios jefes, el que recibía la información de Analía Francia, la suboficial de la policía y madre del sicario. El 18 de agosto pasado Carlini escribió unos mensajes por Whatsapp en el que le contaba a su jefe Jonatan Almada que iba a haber una serie de allanamientos para detenerlo. Le trasladaba a Almada los datos que le habían llegado, que indicaban que iban a detenerlos a ambos.

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Quiero hablar urgente con vos. Está todo podrido. Amigo, me llamó la mamá de K (por Kevin). Le dijeron que sos el último eslabón que agarran y caen todos. Cuidate, hermano. El gil de Fabio Giménez –un integrante de la banda preso en el penal de Piñero- se ve que batió la cana, algo así me dijo. Le preguntaron si te conocía y ella (la policía) dijo que no. Por eso me llamó para que te avise que te iban a poner captura, hermano”, escribió para, de alguna manera, proteger a su jefe y evitar que lo atraparan. También le indicó: “Me dijo del tema del allanamiento, que saque todo de la casa y de acá también”.

El 21 de agosto, tres días después del llamado, se produjo un megaoperativo delineado por la Justicia federal y provincial contra la célula de Los Monos, a la que Almada y Carlini pertenecían. El despliegue fue impactante, porque actuaron más de 600 efectivos, entre agentes provinciales y federales, en un barrio como Empalme Graneros, de alta peligrosidad.

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Almada y Carlini lograron sortear los allanamientos gracias a la información que la había pasado la policía. Pero dos días después fue detenido en un departamento en Entre Ríos al 1400, en pleno centro de Rosario. Varios familiares del primero fueron detenidos, algo que llevó al narco a imprimir carteles y afiches con amenazas contra los fiscales que lo investigaban. Los panfletos decían: “Fiscal Socca, dejá de vender humo con gente inocente y meter presos que Fran Riquelme y Jonita Riquelme te apuntan. Y el otro, Matías Edery, hacen meter presos y hacen causas a la gente que René Ungaro, Los Funes y Los Riquelme les apuntan para arreglar condenas, abreviados y estadía en pabellones comunes”.

No quería ir preso, pero terminó muerto

Ante esta situación, con la caída de varios de los cabecillas de la banda, Carlini había logrado zafar de los allanamientos y luego decidió abrirse de la banda. No quería ir preso, como la mayoría de sus compañeros en el barrio. Ni tampoco ser blanco de un sicario de Riquelme, el narco que los enfrentaba.

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En ese momento, a Kevin Fracchia le dieron la orden desde la cárcel de Piñero, donde estaban alojados los líderes de esta franquicia de Los Monos, que debían matar a Carlini porque pretendía abrirse de la banda. Consideraban que era un riesgo por toda la información que tenía. Entonces, Julián Aguirre, uno de los jefes, le bajó el pulgar y decidieron matarlo.

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Las bandas narcos utilizan al Gran Rosario como campo de batalla (Foto ilustrativa).

Las bandas narcos utilizan al Gran Rosario como campo de batalla (Foto ilustrativa).

Le ordenaron una última misión antes de que se alejara de la organización. Fue el 7 de febrero pasado, cuando le pidieron que condujera una moto para que un sicario que iba a ir con él disparara contra una casa. Pero fue una maniobra inventada, porque al que querían asesinar era a Carlini. Fueron interceptados en Solís y Navarro por varios sicarios en moto que lo acribillaron. Entre ellos, estaba el hijo de la suboficial de la policía.

Después de los operativos en los barrios Ludueña y Empalme Graneros y del crimen de su propio compañero, Kevin Fracchia se escondió. Lo perseguían los narcos del bando contrario, de Francisco Riquelme. Se refugió en barrio Martin, en la zona céntrica de Rosario, donde fue detenido. Este joven de 22 años dormía en distintos domicilios para no ser aprehendido y en la semana previa lo habían intentado matar al menos dos veces, por lo que su arresto pudo haber sido su salvación.

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Tres días antes de caer preso, Fracchia llamó a su madre policía para pedirle auxilio. Sabía que su vida corría peligro. "Mami, me corrió una Falcon (Honda). Gatilló atrás mío como seis o siete tiros. Ahora estoy esperando en la parada de Junín y Liniers", le contó a su madre policía, que estaba con licencia médica desde mediados del año pasado. Su mamá también fue detenida e imputada.

La historia de Eric Enrique

La segunda historia es la de Eric Enrique, un joven que pertenecía a la banda de Francisco Riquelme, contraria a la de Mauro Gerez y Julián Aguirre, donde “trabajaba” Carlini. Enrique, según contaron los fiscales Valeria Haurigot y Franco Carbone, tenía un trabajo formal y como “changa” era sicario y llevaba adelante ataques que ordenaba su jefe desde la cárcel de Piñero. El jueves el juez Florentino Malaponte dictó la prisión preventiva contra Enrique y otros soldaditos, como Kevin Leandro Sosa y Alexis David “Paisa” Álvarez. Los acusaron de disparar contra tres escuelas, dos comisarías y una sede del Servicio Penitenciario.

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Enrique, de 23 años, fue detenido con una ametralladora el 26 de abril pasado en un operativo preventivo de la Policía Federal. Tenía como costumbre filmar con su celular Samsung A127 los blancos a los que disparaban, como la escuela Rosa Ziperovich, que fue atacada dos veces, y la José Mármol. También las comisarías 20 y 26.

Los fiscales indicaron que este joven tenía un trabajo registrado en una fábrica de plásticos de Rosario, y a la par cometía hechos de sicariato y balaceras. En la audiencia los fiscales advirtieron que en la causa existen audios y videos que “denotan el desprecio por la comunidad; el festejo por la suspensión de clases y la crueldad”. Y que los imputados buscaban “generar conmoción pública e infundir temor y causar intranquilidad”. Enrique filmaba cada ataque que llevaba adelante. Era el reaseguro para cobrar cada ataque.