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Policiales Narcotráfico en Rosario |

Diálogos descarnados entre sicarios: exigen más dinero por matar a una mujer porque se trata de un femicidio

En una investigación contra soldaditos de la banda de los Funes, uno de los jóvenes le cuenta a un "colega" que pidió "80 palos" para ejecutar a una mujer, porque las penas por femicidio son más altas, pero su jefe en la cárcel de Ezeiza no le quiere pagar esa cantidad.

Los diálogos son descarnados y exponen lo sencillo que significa para un sicario el oficio de matar. Cómo se ordena atacar a alguien, casi como si fuera algo natural, parte de una cotidianeidad atravesada por el negocio de la violencia que en Rosario rompió el récord de homicidios desde que se tienen registros, al llegar a 150 en lo que va de este año.

Pero además, las conversaciones exponen algo menos frecuente en este tipo de entramados: que en una banda gerenciada por mujeres, cuyo jefe es Alan Funes -preso en el penal de Ezeiza-, que maneja la venta de drogas y las extorsiones, uno de los sicarios pide más dinero para matar a una mujer porque se trata de “un femicidio”, y la pena que podría recibir si es detenido es más alta.

El contexto en el que se produce esta trama es oscuro y sangriento, donde los protagonistas son jóvenes que disparan por dinero. No lo hacen como algo excepcional, sino como un “trabajo”. La investigación de la unidad de balaceras, que está a cargo de la fiscal Valeria Hourigot, profundiza en las tareas que desarrolla uno de los grupos capitaneados por Alan Funes, actualmente preso en la cárcel de Ezeiza, que sigue manteniendo contacto con “su gente” a través de teléfonos celulares.

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Por matar a una mujer, un sicario rosarino pide

Por matar a una mujer, un sicario rosarino pide "80 palos". Si la víctima es un hombre, el costo es menor.

Funes, de 23 años, se hizo conocido en los medios de comunicación cuando a fines de 2018 se filmó mientras festejaba con disparos de una ametralladora. Acumuló en poco tiempo 44 años de condenas por homicidios y narcotráfico, y es probable que sume más en los próximos meses.

Su novia, Jorgelina Selerpe, de una familia con prosapia narco sobre sus espaldas –su tío Domingo fue uno de los primeros que montó un laboratorio de cocaína en Rosario-, estaba en libertad hasta marzo pasado, a pesar de que enfrentaba varias causas, una de ellas la del asesinato de Marcela Díaz, por el cual fue condenado su pareja, entre otras acusaciones. Pero había quedado en libertad porque tuvo un hijo en 2018, cuyo padre es Funes.

Selerpe seguía con la gerencia del ejército de sicarios y la distribución de drogas, este último eslabón del negocio manejado por mujeres. En las escuchas telefónicas se trasluce que las que manejan los búnkeres, sobre todo el histórico de Chacabuco al 4100, en la Tablada, dividen las dosis para vender. En abril de 2020 Chipi fue condenada a 3 años de prisión por integrar una asociación ilícita y por tenencia de arma.

Los soldaditos que salen a matar

A la par de estos dos protagonistas en las investigaciones que llevó adelante Hourigot aparecen otros actores de menor relevancia, pero con un alto poder de fuego, que son los soldaditos que cumplen órdenes para matar o para atacar a alguna casa con el objetivo de amedrentar o extorsionar.

En los mensajes de los celulares que se secuestraron en la investigación aparece ese rasgo característico de un mercado de la muerte rústico y degradado a nivel económico. En una imputación que realizó Haurigot hace dos semanas, se trasluce cómo se mueve este tipo de sicarios. Bruno Gabriel P., de 24 años, que quedó detenido, fue convocado casi de forma diaria para realizar “trabajos” para bandas, como la de Alan Funes.

En esa causa aparecen dos sicarios jóvenes que se llaman Matías A. y Lucas O., quienes en los intercambios de mensajes por Whatsaap dan indicios claros a lo que se dedican. Lucas le cuenta a su colega que lo mandaron “a hacer a la Rosarito. Me mandó a hacerla boleta, Alan”, quien sería Funes.

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Bruno Gabriel P., uno de los sicarios contratados por bandas narcos en Rosario.

Bruno Gabriel P., uno de los sicarios contratados por bandas narcos en Rosario.

El joven sicario cuenta que no fue a matar a la mujer porque el narco le quería “pagar poco”. Él le pidió “80 palos”, según señala la causa. Lucas requería más dinero por el riesgo que podría representar la condena de matar a una mujer.

“No me quería pagar lo que yo quería, y no le pedí mucho, le pedí ochenta palos porque es un femicidio”, le cuenta Lucas de manera descarnada al otro sicario, que le confiesa que al final su jefe “aflojó”. El amigo sicario le recomienda que se cuide. “Le voy a decir a Cande que te pase un par de guantes, así hacés las cosas bien, limpiás las cosas con alcohol y todo”, advierte.

En otro tramo, Bruno, el otro sicario que trabaja para los Funes, conversa con su novia que está presa junto con Chipi Selerpe. Bruno habla con el teléfono de otro soldadito. Y Silvina V, alias Osito, le exige que consiga un Smartphone. Se indigna porque él que está en libertad no tiene uno y ella que está presa sí.

“Pedile a tu gente que te den un teléfono, un sicario no puede estar incomunicado”, le dice Osito. Pero Bruno le explica algo que empieza a verse en otras causas, cómo los sicarios empiezan a darse cuenta de sus puntos débiles. “Mejor si no tengo teléfono, a mí no me comunica nadie amiga, así no me encuentran”, apunta.

La novia le exige que “active”, porque necesita dinero en la cárcel. Bruno le explica que Alan “quiere que vaya a tirar un par de tiros, pero no sé”. Su pareja se desespera y le ordena “andá a activar. Hacé plata que me tenés que aguantar”. “Me contactaron por Facebook”, le explica Bruno, que no tiene teléfono y le encargan los “trabajos” por la red social.