Los hombres de la banda de Alejandro Núñez, conocido en el hampa como Chucky Monedita, les llaman “las bunkeras”. Son cuatro chicas que se encargan de manejar y coordinar de manera bastante eficiente un kiosco de drogas en el barrio Cristalería, en el norte de Rosario. Los diálogos que aparecen en la causa, que investigó el fiscal Pablo Socca, dan indicios de un cambio en la relación con los jefes de la banda, a cargo de hombres pesados. Las “bunkeras” ponen ciertas pautas y condiciones. Pero ellas no mandan, sino que obedecen desde otro lugar, un poco más distante del sometimiento extremo.
Tamara Muñoz, "La Mona", es la que parece imponer las reglas en el negocio, de marcar los deberes y obligaciones en ese universo clandestino en el que la mujer siempre fue la que bajó la cabeza. El jefe sigue siendo el hombre, como en este caso, es Chucky Monedita que opera desde la cárcel. Lo demuestra en cada conversación.
La pregunta que aparece es si la mujer tiene hoy un rol más protagónico, como el que ganó en otros terrenos, en el crimen organizado. La población carcelaria de Santa Fe no parece avalar esa hipótesis. Sólo el 3% de los internos del Servicio Penitenciario provincial son mujeres. En el 2020, 211 reclusas habitaban las dos cárceles femeninas en Santa Fe.
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“Las mujeres tienen actualmente mayor espacio dentro de las organizaciones criminales, y en algunos casos han llegado a posiciones de liderazgo que antes eran impensables, pero no es la regla”, considera la fiscal Valeria Haurigot, quien apunta además que el rol de la mujer también se expandió como protagonista y a su vez como víctima de la violencia más extrema ligada al narcomenudeo.
Haurigot advierte que aunque aparecen mayor cantidad de mujeres involucradas en actividades criminales en muchos casos hay un aprovechamiento del hombre, de involucrarla en funciones como traslado de armas, incluso algunas de ellas embarazadas, como ocurrió el 12 de junio pasado, cuando la policía detuvo a una joven de 26 años cuando iba con su beba en brazos con un revólver calibre 38 y cinco balas escondido. “La habían usado para trasladar el arma con la coartada de su beba”, señala una fuente de la fiscalía de Rosario.
Desde Ágata Galiffi a Pepita la Pistolera
A lo largo de la historia surgieron mitos que fortalecieron un rol más amplio de la mujer en las actividades criminales. El ejemplo más visible o conocido es el de Ágata Galiffi, hija de Chicho Grande, quien tuvo un romance con el enemigo de su padre y cuya biografía carga mitos y leyendas que rodean con aires románticos a la mafia a pesar de su crueldad y de transitar por la ilegalidad.
Osvaldo Aguirre, periodista y escritor, quien investigó con profundidad la historia de la mafia rosarina, consideró que “cuando Ágata Galiffi se convirtió en personaje público, la prensa señaló su aparición al frente de una banda delictiva como un fenómeno excepcional: el lugar de las mujeres en el delito había sido hasta entonces poco frecuente, auxiliar y completamente subordinado a los hombres. Y de hecho lo siguió siendo: si uno recorre la historia criminal desde entonces hasta fines del siglo XX, las mujeres en posiciones de mando dentro del crimen organizado son muy pocas y justamente llaman la atención cuando aparecen, como fue el caso de Nelly Herrera Thompson, compañera de aventuras de Saúl Lipsitz en los años 60 o el de Margarita Di Tullio, Pepita la Pistolera”.
Aguirre considera que “las mujeres empiezan a aparecer cuando la prensa argentina incorpora el motivo de la pareja criminal, a partir de la repercusión de la saga de Bonnie & Clyde; ése fue el caso de Ágata Galiffi, de Nelly Herrera Thompson y de Miriam Herrera, la compañera de Jorge “el Gato” Bonica, ambos muertos en 1984”.
El autor de La Chicago argentina señala que “el mundo del hampa es tradicionalmente machista y estos valores también explican la posición relegada que ocupan las mujeres. Los famosos códigos y los refranes atribuidos al hampa clásica tienen registros notorios al respecto, por ejemplo, la creencia de que el que “anda de caño” no tiene que pensar en mujeres, para mantener la cabeza fría, o la creencia de que las mujeres no son confiables porque pueden llegar a delatar a sus cómplices por resentimiento amoroso”. Por ejemplo, según reflexiona Aguirre, esta cuestión de la mujer supuestamente delatora “se ve en la causa del robo del siglo al Banco Río, según la historia que cuentan los propios ladrones: el plan perfecto permitió el robo, pero ellos terminaron presos por la confesión de una mujer despechada”.
-¿Considerás que en estos últimos tiempos la mujer ganó espacio en el mundo criminal?
-En los últimos años la cantidad de mujeres involucradas en delitos aumenta ostensiblemente con el desarrollo del narcotráfico. No diría que se trata de una conquista de las mujeres sino de una nueva expresión de sometimiento, porque las mujeres aparecen como brazos ejecutores de los planes de hombres que están presos; se arriesgan más y se exponen a un mayor grado de violencia, tanto el de las bandas rivales como el de las propias bandas que integran.
-En Rosario se dio el caso de que como varios hombres que lideran bandas criminales fueron detenidos las mujeres quedaron, en algunas ocasiones, al mando. ¿La mujer ejerce el liderazgo de otra manera?
-La ley vigente es la ley del más fuerte, y hombres y mujeres saben que para mantenerse en carrera en el narcomenudeo tienen que recurrir a la violencia. La violencia recorre todas las relaciones en estos grupos: relaciones con los enemigos, con los cómplices, con las parejas, con las familias. Me pareció significativo el caso que leí sobre un chico que baleó a una chica porque se negó a vender droga para su grupo y a tener sexo con él: es ilustrativo de la degradación profunda del tejido social en los barrios de Rosario, donde las armas son el único canal de diálogo, si así puede decirse. En el hecho de que una mujer venda drogas por su cuenta o tenga una posición de mando en un grupo no hay ninguna libertad; en las situaciones de extrema pobreza es prácticamente la única oportunidad que están teniendo.
Tania, la pistolera
Uno de los ejemplos más nítidos de este nuevo rol es la historia de una de las mujeres más bravas de la mafia rosarina, como es Tania Rostro, una joven de 25 años, que por sus acciones no tiene miramientos a la hora de matar. En julio del año pasado fue detenida en la Zona Cero, en el norte de Rosario.
Tania está sospechada de ordenar la ejecución en octubre de 2018 de Emanuel Sandoval, el sicario que atentó en 2013 contra el entonces gobernador santafesino Antonio Bonfatti.
Rostro no solo está bajo sospecha por el crimen de Sandoval, sino también del de Agustina Thomson, testigo de otro asesinato narco. Esta mujer está ligada a la banda de Los Monos desde hace tiempo, como una delegada en la zona norte y en Granadero Baigorria.
Sandoval confesó en un juicio abreviado en 2015 que dos años antes disparó 21 balazos contra la casa del entonces gobernador. El sicario fue condenado a tres años y medio de prisión. Bonfatti desistió de acusarlo por el atentado, por falta de pruebas.
El 25 de octubre de 2018 Sandoval fue asesinado en un ataque comando en la casa que le alquilaba a un juez. Estaba con detención domiciliaria en el momento de ser acribillado. En la misma situación estaba Tania Rostro cuando el 10 de julio pasado allanaron su casa. Cumplía detención domiciliaria en Lorenzo Battle al 4200, imputada de robo calificado, privación de la libertad y amenazas.
Rostro estaba siendo investigada por los fiscales Miguel Moreno y Haurigot por el crimen de Agustina Thomson, quien fue acribillada el 10 de febrero de 2020. Esta ejecución que habría ordenado Rostro fue en represalia por otro crimen que se había registrado pocas horas antes.
Daiana Paiva, de 26 años y lugarteniente de Rostro, había sido asesinada en Olivé al 1900, en el barrio Sarmiento, cuando llegaba a su casa. En ese momento dos hombres que se trasladaban en una moto abrieron fuego. La mujer recibió cinco disparos con un arma calibre 9 milímetros, uno de ellos en la cabeza.
Como venganza Rostro habría ordenado –según las fuentes judiciales– matar a Agustina Thomson, una joven que tenía una larga historia en el mundo del narcotráfico a pesar de tener solo 20 años.
Thomson fue asesinada en Massa al 400, en la zona norte de Rosario, un barrio cercano al río Paraná. Según fuentes policiales, fue atacada por dos hombres que pasaron en una moto. La policía encontró en el lugar del homicidio cinco vainas servidas de calibre 9 milímetros.
El nombre de esta joven apareció por primera vez en la escena pública el 12 de marzo de 2019 cuando fue detenida por la PSA en el bar de una estación de servicio del centro de Rosario, donde junto a otras tres personas fueron a buscar a las oficinas del correo una encomienda que ocultaba 10 kilos de cocaína. Al poco tiempo, Thomson fue excarcelada. Dos meses después, su nombre volvió a aparecer en una historia ligada a la violencia y a las drogas. Thomson escuchó, encerrada en el departamento cómo mataban a su novio, Carlos Señuque.
Los investigadores sospechan que Señuque estaba ligado a la banda de Los Monos y que manejaba parte del negocio de la noche.
En el departamento, los policías se sorprendieron por el cuadro que colgaba de una de las paredes: era la camiseta de Ángel Correa, un jugador que declaró en la causa de Los Monos porque su carrera futbolística estuvo ligada a la familia Cantero.
Tras la muerte de Paiva, la lugarteniente de Tania, su lugar lo habría ocupado Sharon Luna, una joven que se transformó en la jefa operativa de la banda y que fue detenida el año pasado, junto con la madre de Rostro, María Beatriz G., quien maneja varios merenderos en ese barrio de la zona norte de Rosario.
Las monas lavan
Las directivas para mantener el negocio del narcotráfico las recibían Vanesa Barrios y Jesica Lloan, parejas de Ariel Cantero y Jorge Chamorro, quienes junto con otras mujeres, entre ellas la madre de Ariel Guille Cantero, Celestina Contreras, eran las encargadas de mantener fuera del penal el negocio narco. Así nació la causa Los Patrones, donde el clan Cantero fue por primera vez condenado por narcotráfico. Ahora enfrentan otro capítulo judicial: las investigaciones por lavado de dinero. Y las mujeres reaparecen con roles claves, con la particularidad que ninguna está en la cárcel.
Celestina Contreras, la madre de los miembros de Los Monos, también está procesada por lavado de activos. Esta mujer de 61 años fue condenada a 10 años de cárcel, pero se encuentra actualmente en prisión domiciliaria, como la mayoría de las mujeres que integran la organización criminal. A “Cele”, como la apodan, está acusada de adquirir un inmueble en la zona sur de Rosario y varias motos.
De acuerdo a la causa, Guille Cantero nunca fue inscripto en la AFIP y no tiene ningún empleo registrado en toda su vida. “No posee un perfil patrimonial que le permita justificar esas operaciones”, señala el fallo de procesamiento firmado por el juez federal Marcelo Bailaque, cuya investigación tomó gran parte de la información relevada en la causa 913/12, que llevó adelante el magistrado provincial Juan Carlos Vienna entre 2012 y 2016.
En los seis años que duró la instrucción de esta causa se profundizó muy poco sobre los nuevos negocios que capitaneaba Cantero desde las cinco cárceles federales y provinciales por las que pasó. La evidencia de que la actividad delictiva continuó en la cárcel es la condena a su pareja Vanesa Barrios, que se había transformado en libertad en la delegada de Guille en la calle, donde seguían no sólo los crímenes ejecutados por sicarios de la banda sino también la venta de drogas.
En esta causa por lavado de activos también están imputados el padre de Guille, Maíximo Cantero, a quien se le adjudica haber comprado sin ningún ingreso una camioneta Toyota Hilux 4x2, y la cuñada Lorena Verdún, expareja de Claudio Cantero, alias Pájaro.
Esta mujer, que fue condenada a cinco años de prisión por narcotráfico y se encuentra en libertad, se la acusa de haber comprados dos autos –un Peugeot 206 y un Chevrolet Vectra- y tres motos. También carga con dos reportes de operaciones sospechosas de los bancos Patagonia y Galicia, por 230.000 pesos.
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