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"En cada cosa que uno hace, es a todo o nada": la filosofía de gestión de María José Correa, CEO de Torre Puerto
Ella es la cabeza de una de las constructoras y desarrolladoras más importantes de la región y repasa su historia en una charla profunda para Milla Extra. Cómo la cultura del trabajo rural y la entrega total transformaron su visión de liderazgo, el desarrollo de obras clave para Santa Fe y el desafío de expandir marcas hacia el mercado internacional.
María José Correa, CEO de Torre Puerto.
A las puertas de cumplir 50 años, María José Correa, CEO de Torre Puerto, desafía los preconceptos del management tradicional. Una mujer que cree en el valor de la intuición en la toma de decisiones, la cultura del trabajo y el desafío constante para liderar la transformación urbana de Santa Fe.
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De pisada fuerte y segura, Correa hoy vive un presente que visualizó con los primeros trazos que los crayones de su infancia en Romang trazaron casi como un boceto de su destino. Tacos y maletín hablaban de un sueño construido a base de esfuerzo, y de un secreto en el que no todos se animan a creer: sentir en el cuerpo los proyectos y decisiones. Una entrevista para el Pensar en Grande de Milla Extra, donde los líderes de la región nos hablan de las enseñanzas que los marcaron en su vida.
—Hoy vamos a recorrer varios kilómetros. Muchas millas, además de las extras de nuestro programa, porque tu historia no empieza acá en Santa Fe, a pesar de que estás sumamente identificada con la capital de la provincia. ¿Arranca en qué lugar?
—Arranca en Romang. Nací en Ceres, también provincia de Santa Fe, y por la actividad que tenían mis padres terminamos en Romang. Yo tenía cuatro o cinco años y desde ahí, fue toda mi vida un recorrido hasta llegar acá. Pero te diría que mis bases sólidas están en Romang. Una localidad con una dinámica muy particular, muy distinta también a Santa Fe, ubicada en el norte de la provincia, muy cerca de Reconquista. Una ciudad costera, que en mi época era pueblo. Recuerdo cuando se convierte en ciudad, me llaman por teléfono y me avisan: “ ¡Majo, a partir de hoy empieza a ser ciudad!”
Para mi todavía es mi pueblo, me cuesta decirle ciudad. Lo sigo recordando. Sin ir más lejos, el lunes estaba volviendo de Corrientes y quise desviarme, volver a pasar por Romang. Hacía cuatro años que no volvía. Y creo que siempre es bueno volver a las raíces. Siempre los tengo presentes. Es bueno ver cómo crece y tener una mirada de lo que fue cuando yo era muy chica. Y apreciar cómo su gente también va evolucionando y creciendo.
—Tenés una presencia, una impronta de mujer empresaria. Muchos se deben estar sorprendiendo con esta chica de pueblo. Esa nena que ya pensaba en grande en ese momento.
—Yo siempre traigo el ejemplo de lo que me pasó. Estaba en la primaria, en el Colegio Inmaculada Concepción de Romang y nos tocaba dibujar oficios, o qué nos gustaría hacer, era muy chiquita. Mis dibujos eran verme con un maletín, obviamente con tacos. Siempre soñé con esto que me pasa hoy. Habré tenido 10, 11, 12 años y guardo mis cuadernos de primero, segundo, tercer grado. Mi madre los atesoró y los tengo yo hoy. Tengo carpetas mías de jardín de infantes. Entonces, voy hacia atrás de vez en cuando y digo, ¡qué recorrido!. Pero yo visualicé la vida que tengo y lo que soy lo dibujé, lo escribí, está en mis cuadernos. No hubo en ningún momento algún freno que pensara lo difícil que podía ser recorrer un camino tan largo desde Romang hasta este lugar donde hoy estamos.
—No sé si lo racionalizaste, lo pensaste...
—Sí, claro. Creo que cada etapa de mi vida fueron momentos en los que los sueños de a poquito, inconscientemente, se iban convirtiendo en realidad. Pero también se basaban en decisiones casi inconscientes que iba tomando, que hoy si miro para atrás digo, era la vida o el universo que conspiraba. Siempre digo que el universo conspira.
No reniego de mi pasado, al contrario agradezco todo lo bueno y lo malo que me pasó porque es lo que me trajo hoy hasta acá. Y bendigo a las personas que se cruzaron por mi vida porque en algún punto son las que me trajeron hasta acá. Cuando era chica y soñaba con esto, eran sueños. Viví en un pueblo donde andábamos en bicicleta.
Después termine la secundaria y empecé a ver como esas oportunidades que nos pasan en el interior del país, de decir ¿quiero quedarme o quiero dar un salto?, ¿me quiero ir del pueblo?, ¿cómo hago para irme?, ¿dónde me voy? En esa época no había universidades con carreras virtuales, que permiten estudiar en tu localidad sin tener que irte. En 1994 nos teníamos que ir, si queríamos conocer el mundo, saber qué había más allá del pueblo. Y yo elegí irme, y ahí empecé a darme cuenta que no era tan fácil irte de tu casa. Y no solamente eso, sino lo que generaba para tu familia tenerte lejos. Como nos pasa a todos los padres: crecen los chicos y en un momento de la vida, ellos toman sus decisiones y su camino.
Y sí, fue complejo, no fue fácil, pero siempre estuve muy segura de lo que quería, de lo que quise, y siempre con mucha honestidad, con mucha humildad, sin perder los pies sobre la tierra, sin perder y desconocer mis raíces. Creo que ese es el camino, y no importa, y se me complicaba, y lo volví a intentar, y me costaba. Y veía cómo lo trataba de sacar adelante.
—Eso viene de la cultura de trabajo de tu familia, Majo. ¿De dónde vienen esos valores de perseverancia de los que estamos hablando?
—Sí, de mi madre, que fue directora de escuela rural. Mi papá fue policía rural. Una manera de ser un poco nómada porque los van trasladando de un lugar a otro, de un destacamento a otro, de una escuela rural a otra. Inclusive yo viví en una escuela rural, de Nueva Román. Estuvimos ahí un tiempo con mi familia. Y en esos recuerdos, realmente empezás a ver en tu casa que hay una resiliencia y una fuerza. Y sobre todo cuando vi a mi madre ser docente y tener un aula con dos, tres, cuatro cursos. Porque ahí tenías primero, segundo, tercer grado y la otra docente tenía cuarto y quinto. Entonces veías un pizarrón, dos pizarrones, tres pizarrones y ella dando clases en paralelo y nosotros con mi hermano y mi padre viviendo ahí. Eso es parte de mi pasado y celebro haberlo vivido.
—Te veo con los ojos yéndote a esos momentos. Imagino que fue un gran aprendizaje para lo que pasó después, por ejemplo en el año 2010, cuando empezó el desafío en el Casino. De pronto encontrarte con tantos frentes abiertos. Como tu mamá con las pizarras.
—Tengo muy clara cuáles fueron las decisiones en mi vida que me llevaron a dar cada paso. En el caso del 2010 fue el año que nació Francia (su hija) y había que tomar decisiones. Cuando tenés un hijo, buscas un poco más de estabilidad, más certezas. Hay más miedos. Muchos. Y yo estaba sola con la nena. Eso fue un quiebre muy importante. Y ahí aparece el casino en mi vida, cuando estaba trabajando independientemente con mi propia consultora. Económicamente me iba muy bien, pero tenía que elegir quedarme con una bebé y seguir haciendo la vida que llevaba o la estabilidad que me daba entrar en una corporación, pero cobrando una cuarta parte de los ingresos que yo tenía.
Pero entrar en el casino me dio la posibilidad de tener la seguridad que yo, día uno, cobraba. Tenía aguinaldo, tenía vacaciones, obra social. Y aposté a eso.
—¿Y la proyección a futuro?
—No la veía. No la vi. No me la imaginé. Mi objetivo estaba en la estabilidad mía y de mi hija.
Después que entré, decís listo, ya está, ya di el paso. Francia, cuando entré en el casino, tenía ocho meses de vida. Después, se me empiezan a dar las oportunidades que yo soñaba cuando tenía 10 años. Y cuando empecé a percibir que estaban esas oportunidades, realmente no las quise perder.
Yo he trabajado jornadas completas en el casino, pues me dedicaba a la parte de eventos y quienes están en eventos saben que no hay horarios. Pero ellos siempre fueron muy sinceros conmigo. Me dijeron “María José, ¿vas a poder estar un domingo, un sábado? las horas que sean necesarias porque para nosotros el cliente es primordial”. Mi respuesta fue automáticamente sí, porque ya era una decisión que estaba tomada, que yo quería estar ahí. Y he pasado con Francia de ocho meses en casa con una niñera, capaz que 14 horas dentro del casino trabajando, pero siempre con felicidad, con alegría, porque era lo que yo quería. Yo sentía que eran oportunidades que se me estaban dando.
—O sea, hablamos de perseverancia, de entrega total. Dos elementos claves que te sirvieron para construir este presente. Todo lo que recorrimos en un par de minutos para hacerlo. Hoy sos una de las mujeres empresarias más importantes de Santa Fe.
—Siempre digo, es una construcción. Y en el construir tenés muchos caminos y elecciones. Como persona, profesional, empresaria. Siempre digo: no solamente somos una cosa, somos madres, somos amigas, somos tías, somos esposas. Entonces, si logramos un equilibrio sin perder los pies sobre la tierra, creo que esa es la clave de poder sostenerte y poder seguir creciendo sobre bases sólidas.
—Hay una noción, un preconcepto de que la mujer en una industria, en la empresa, tiene que ser “una mujer dura”. Donde las emociones se corran de lado, donde la familia está, pero ahí, y vos estás diciendo todo lo contrario.
—Es un trabajo duro, no es fácil. Creo que lo podemos hacer quienes vivimos en ciudades un poco más chicas que Buenos Aires, donde tu calidad de vida en el tiempo que perdés de traslado de un lado al otro, lo ganas quizás estando en tu casa. Para mí llegar a mi casa me lleva 5, 7, 10 minutos, 15, no dos horas. Como cualquiera, a lo mejor otra mujer que esté en ciudades más grandes y que tenga que trasladarse en colectivo, en tren, en subte.
Son realidades distintas, quizás ahí es mucho más difícil encontrar ese equilibrio. Por eso yo siempre digo, yo soy santafesina, vivo en Santa Fe, crío a mi hija acá y acá me voy a quedar porque creo que es una provincia que quiero un montón y estoy muy orgullosa. Y después creo que Santa Fe ciudad está llena de oportunidades.
—Majo, también estás involucrada en proyectos que le han cambiado el perfil a Santa Fe. Pienso, 2010, lo que era este lugar hermoso donde estamos ahora y cuánto has tenido que ver también con los cambios y todo lo que falta porque hay un montón de proyectos que están por concretarse dentro de muy poco. Ya no hay límites porque también estás, veo que Uruguay, Paraguay, un montón de cuestiones, Buenos Aires.
—Es que en realidad, una vez que uno pasa los límites más complejos que son los que te dije, irte de tu casa, de un pueblo saltar a una ciudad, porque yo me fui a vivir a Buenos Aires en realidad, cinco años en Buenos Aires hasta el 2001, había pasado lo del corralito. Me paré un día en una esquina en plena Buenos Aires y me puse a pensar y dije, ¿esto es lo que quiero? No. ¿Vale la pena estar lejos de mi familia? No.
Hablé por teléfono a mi papá y le dije, me vuelvo. Ya tengo el camión de mudanza listo y el sábado me vienen a buscar, pero me voy a Santa Fe. Y fue una época muy difícil también porque, imagínate, mis padres empleados del Estado, tenían los sueldos absolutamente devaluados. Mi hermano era estudiante. Yo venía casi con una mano atrás y una delante.
—¿También fue un irte para encontrarte?
—Fíjate que lo que te voy contando son todas secuencias de decisiones que fui tomando, que no es que las pensé estratégicamente, las sentí. Yo siempre digo a mi equipo, ¿vos sentís realmente tomar esta decisión? Pero escuchá, ¿lo sentís acá? En la boca del estómago, no lo sientas en el corazón. Sentilo acá, si vos estás segura, es por ahí. Yo cada decisión que tomé en mi vida la sentí, no la pensé estratégicamente, con muchísimos miedos, pero sentí que era por ahí.
Creo que en cada cosa que uno hace o que vive, sí es a todo nada. Si vas a construir un momento con tu hija y lo vas a tener, y tomaste la decisión y tenés ese momento de poder hacerlo. Deja el celular. No importa quién te llame, es ese momento con ella. Ahí es a todo nada. En la empresa, en el momento que estás trabajando, es a todo nada. En el momento con tus amigas. Tenés un viaje con tu pareja. Es con tu pareja. A veces cuesta mucho porque quienes me conocen saben que donde yo voy va el trabajo conmigo. No importa qué lugar del globo terráqueo y a veces con cinco o seis horas de diferencia entre un país y otro. Pero igual así yo disfruto mucho. Hago mucho esfuerzo para encontrar el equilibrio, mucho. Y también trato de que mi equipo y la gente que me rodea me ayude a encontrar el equilibrio, para no desbordarme.
—Majo, mirá a esa nena que está dibujando. Se está dibujando a ella con el maletín, Decíle, vení a ver lo que hicimos. ¿Qué momento le mostrarías de tu presente?
—Yo creo que la foto de hoy es una de las fotos más importantes, sobre todo que este año voy a cumplir 50, y no tengo problema de decirlo. Creo que es una edad como bisagra. Pero una bisagra buena, para hacer un balance, mirar para atrás como decís vos y decir, ¿qué pasó? ¿Qué pasó? ¿Dónde me encuentra? ¿Dónde estoy? ¿Qué hice? ¿Y cómo quiero seguir para adelante? Y qué veo, veo que esa niña soñó bien, que focalizó, que como soy yo, muy tenaz.
—¿La llevarías a recorrer las obras?
—Le mostraría lo que yo le digo a mi hija Francia que ella le mostraría a mis nietos, a sus hijos: pasar por la avenida Alem y decir, “esto hizo la abuela”. Y ahora con esta pregunta que vos me haces, yo diría, “mira Majo, esto hicimos”. Pasas por Alem y decís, esto hicimos. Y ahora pasas por la autopista y antes en un campo, esto hicimos. Entonces, es como un reconocimiento de mi niñez a hoy, pero también es un legado mío hacia mi hija y mis nietos. Y a toda la gente de Santa Fe. Te juro que me llena de satisfacción ver cómo la gente se apropia de los proyectos nuestros. Estar en estas torres y ver cómo están llenas, no hay vacancia, cómo le doy calidad de vida al trabajo.
La oportunidad a las empresas de que estén en un lugar corporativo donde realmente vale la pena estar, la posibilidad a quienes trabajan en esta torre de trabajar con esta vista que tenemos atrás y con un servicio de excelencia como tenemos. Y cómo amo que los chicos y los abuelos y los padres se apropien de Puerto Plaza. Amo.
—Y no solamente en esta zona porque también vas por más.
—Yo siempre digo: construyo, desarrollo, invierto, pero son proyectos que quedan para la ciudad para siempre. Entonces, aprópiense, acompañen, apoyen. Y si eso sucede, vamos a seguir creciendo.









