Los departamentos del noroeste de Santa Fe, que corresponden al ecosistema de los Bajos Submeridionales, estuvieron dentro de la zona que se incendió con mayor recurrencia durante las dos últimas décadas, según un estudio científico publicado el año pasado.
En esa investigación se detalla que las superficies quemadas durante los últimos 20 años en Argentina –casi todo de forma intencional– se concentraron en tres zonas del territorio nacional: el arco centro-norte, la cuña noroeste y el Delta e Islas del río Paraná, bajo el impulso de los sistemas de producción agrícola y ganadero.
En total, en el período comprendido entre el año 2000 y el 2019 se quemaron 47,8 millones de hectáreas, que se concentraron en el centro-norte del país, en cuatro grandes zonas climáticas: subtropical-húmeda, subtropical, templada y templada-semiárida.
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En la provincia de Santa Fe, cuya superficie es de 13,3 millones de hectáreas, se incendiaron en ese lapso 2,8 millones de hectáreas: el 21,1% del territorio. La particularidad de Santa Fe es que fue la provincia con mayor recurrencia de quemas (incendios que se repiten en el mismo lugar a lo largo del tiempo): bajo ese criterio, se quemaron durante 20 años 6,4 millones de hectáreas, equivalente al 48% de su superficie.
“En un contexto de cambio climático, el uso del fuego como parte del manejo agropecuario debería ser regulado de forma estricta, ya que las quemas intencionales constituyen una práctica imprecisa e ineficiente en términos energéticos”, concluyeron los autores del artículo “Incidencia de fuegos en la Argentina durante las últimas dos décadas y su asociación con coberturas y usos del suelo en distintos contextos ambientales” de Laura Cavallero (Conicet Córdoba), Raúl Peinetti (Universidad Nacional de La Pampa) y Dardo López (Inta Córdoba).
Los sistemas de producción, en la mira
En su artículo, los investigadores explican que el uso del fuego ha impulsado grandes cambios en la cobertura de la tierra. “Aunque la ocurrencia de fuegos está modulada por condiciones climáticas y por la disponibilidad de biomasa combustible, el ser humano ha modificado los regímenes históricos de fuego mediante diversos mecanismos”.
En muchos ambientes –puntualizan–, las actividades antrópicas (de origen humano) son las moduladoras principales del régimen moderno de fuego. Así ocurre en la Argentina, donde los fuegos asociados al uso intensivo del suelo ocurrieron mayormente en las zonas subtropical y templada, con vegetación de las unidades Chaqueña y Espinal, mientras que los fuegos relacionados con usos de baja intensidad se registraron sobre todo en las zonas subtropical-húmeda y templada-semiárida, con vegetación de las unidades Monte y Paranaense.
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“En la mayoría de los casos, el fuego se usó para disminuir o eliminar la cobertura de especies nativas, leñosas o herbáceas con el objetivo de promover el crecimiento de especies cultivadas (cereales, oleaginosas) o forrajeras (implantadas o autóctonas), para favorecer la producción agrícola o ganadera. Por lo tanto, los resultados sugieren que la elevada incidencia de fuego en el centro de la Argentina se asocia al sistema productivo actual”.
Al mismo tiempo, recordaron que se estima que los seres humanos causan más del 95% de los eventos de fuego, ya sea deliberada o accidentalmente. “En consecuencia, se podría esperar que el régimen moderno de incendios esté modulado a nivel regional por diferentes tipos de uso de la tierra”.
La foto nacional
La investigación, que aborda la incidencia de fuego en el territorio argentino durante el período 2000-2019, señala que se quemaron en total unos 32,92 millones de hectáreas, el equivalente al 11.8% del territorio continental. Las provincias con mayor superficie quemada total fueron La Pampa, San Luis, Formosa, Tucumán, Santiago del Estero, Santa Fe, Chaco y Corrientes.
La superficie quemada acumulada fue un 45% mayor que la superficie quemada total, con 47,84 millones de hectáreas, lo que significa que hubo una alta recurrencia de fuegos en determinadas zonas, que se quemaron varias veces con el paso de los años. En ese punto aparece el dato sobre Santa Fe, que junto a Tucumán fue la de mayor recurrencia de fuegos.
Los Bajos, al rojo vivo
La zona con más incendios recurrentes en la provincia fue la de los Bajos Submeridionales, catalogada en el trabajo científico bajo el conglomerado ANnB (áreas naturales no boscosas), donde hubo tanto mucha superficie quemada, como mucha recurrencia en esos incendios.
“El norte de Santa Fe, el sur de Santiago del Estero y sectores dispersos y de poca superficie en otras provincias como San Luis, Tucumán, Formosa y Corrientes vieron que en esos conglomerados se quemó hasta el 93.7 % durante los últimos 20 años, registrando la mayor superficie con más de tres eventos de fuego”.
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Según los investigadores, las unidades de vegetación Chaqueña y Espinal, y, en menor medida, Pampeana, fueron las más afectadas por fuegos asociados al uso de alta intensidad. “En términos absolutos, la unidad de vegetación Chaqueña registró la mayor incidencia y recurrencia de fuego y fue la más afectada por el cambio de uso del suelo durante los últimos 20 años”.
El trabajo habla específicamente de los Bajos, y menciona que en la zona subtropical de los bajos submeridionales del norte de Santa Fe y el sur de Santiago del Estero “se registró la mayor recurrencia de eventos de fuego, con un promedio de 4.4 eventos y un máximo de 17 eventos en 20 años”. “Estos resultados concuerdan con el análisis a nivel provincial que informa que la superficie quemada acumulada duplicó a la superficie quemada total en la provincia de Santa Fe”. “En este sistema (los Bajos), el fuego forma parte del manejo ganadero tradicional y, en general, se lo usa muy frecuentemente”, dice el documento científico.
Delta e islas del Paraná
Finalmente, la investigación destaca que la concentración espacial de la superficie quemada en la región del delta e islas del río Paraná podría asociarse con una mayor disponibilidad y continuidad de la biomasa combustible, en comparación con las zonas aledañas, ocupadas mayormente por cultivos y asentamientos urbanos. “En estas islas y bañados con anegamientos y desecamiento temporarios, los fuegos ocurren en la estación seca (desde el inicio del otoño hasta el final de la primavera) y forman parte de prácticas de manejo ganadero”, señalan los científicos.
Al mismo tiempo, denuncian que muchas veces, estas quemas se descontrolan y ocasionan grandes incendios que afectan la biodiversidad y la capacidad de estos humedales de brindar servicios ecosistémicos, así como también la calidad del aire en localidades y ciudades cercanas.
Una herramienta peligrosa y poco eficiente
En un contexto de cambio climático, el uso del fuego como parte del manejo agropecuario “debería ser regulado de forma estricta”, ya que las quemas intencionales “constituyen una práctica imprecisa e ineficiente en términos energéticos”, subrayaron en el paper.
Por una parte, tanto la extensión como la intensidad de los eventos de fuego son difíciles de controlar porque no solo dependen de variables meteorológicas –que pueden variar al momento de ocurrencia del fuego–, sino también de factores biofísicos que el ser humano no puede modificar.
“Cuando se realizan quemas, es probable que el fuego se descontrole y se propague a través del paisaje, ocasionando extensos incendios libera el carbono almacenado durante años en el suelo y en la biomasa vegetal, lo que acentúa el cambio climático”.
A su vez –dice el trabajo–, las quemas recurrentes promueven la erosión del suelo y generan cambios en la composición, la estructura y el funcionamiento de las comunidades vegetales, lo cual provoca la degradación de los ecosistemas causando una disminución progresiva de su capacidad productiva y de proveer servicios ecosistémicos de soporte y regulación.
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