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Internacionales AIRE en Ucrania | Ucrania | Guerra ruso-ucraniana

AIRE en Ucrania: la frontera que cruzan los que huyen de la guerra y los que quieren volver a pelear

La caravana de familias que escapan de Ucrania, en el límite con Medyka, es una peregrinación incesante y en la que se camina bajo un frío aterrador. El negocio de atravesar la frontera se encarece día a día, a medida que el horror de la guerra avanza. La crónica del enviado especial de AIRE Germán de los Santos.

A las 20.30, en medio de una oscuridad que parece acechar peligros desconocidos del otro lado, logré llegar, después de un extenso viaje desde Varsovia de más de siete horas, a Medyka, la frontera con Ucrania, donde la postal es desoladora. La escena impacta como un cross en la mandíbula: bajo un frío aterrador, de más de cinco grados bajo cero, la caravana de familias que huyen de la guerra es incesante. No se interrumpe en ningún momento del día. La noche y el frío aportan un condimento de desolación. Porque son familias que huyen de una guerra en el siglo XXI como si fuera el anterior.

En estos 20 días que lleva la invasión de Rusia a Ucrania pasaron hacia Polonia 1,4 millones de ucranianos. Llegan hasta el límite con Medyka en autos particulares, en combis, en tren. Pero atraviesan la frontera a pie. El negocio que también se monta en torno a la guerra también es cruel. El tramo de Lviv al límite con Polonia se encarece día a día, a medida que la guerra avanza en el almanaque.

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En la frontera hay organizaciones de todo el mundo que dan comida y ayuda a las familias ucranianas que cruzan la frontera.

En la frontera hay organizaciones de todo el mundo que dan comida y ayuda a las familias ucranianas que cruzan la frontera.

Son más de un kilómetro de un peregrinar bajo una noche cerrada, sin siquiera la luna para que aporte algo de claridad. Sólo hay luces en los puestos fronterizos; el resto del camino es a oscuras, a ciegas.

En la frontera hay una especie de feria de la asistencia. ONG de todo el mundo dan comida y ayuda a la gente que cruza la frontera, en su mayoría mujeres y niños, porque los hombres no pueden salir del país ante la posibilidad de sumarse a las fuerzas armadas. Un callejón de tierra es el escenario de esta especie de feria de la asistencia donde la atracción por mostrarse ante los medios internacionales parece también un imán.

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Los fondos que destinan fundaciones y gobiernos tiene también su momento de visibilidad en medio de la catástrofe de la guerra que se produce en la puerta de Europa. La pregunta que resuena es cómo seria esta parafernalia de la solidaridad en otro país, lejos de las grandes naciones europeas

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Cuando la caravana llega al “otro lado”, a Polonia, algunas familias continúan viaje hacia alguna ciudad del interior de Polonia o hacia Varsovia. Los más "privilegiados" son aquellos que tienen el dinero para costearse un hotel o una pensión que generalmente tienen reservado de antemano. En estos 20 días de conflicto se montaron emprendimientos comerciales en base a estas necesidades logísticas de la desesperación.

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De los 2,7 millones de refugiados ucranianos, el 60% emigró a Polonia para escapar de la invasión rusa.

De los 2,7 millones de refugiados ucranianos, el 60% emigró a Polonia para escapar de la invasión rusa.

Por eso no hay hoteles disponibles en un radio de 50 kilómetros a la redonda. Los que no tienen dinero para seguir se quedan donde pueden, al costado de la ruta para después ser trasladado a un centro de refugiados. Hay carpas montadas al costado de la ruta, de la Cruz Roja, y de distintas organizaciones no gubernamentales que dan alojamiento y comida por unos días a los refugiados. Después les consiguen algún lugar algo más estable en una ciudad cercana, señala Osmar Porzcyalo, miembro de una ONG polaca, que colabora con ACNUR, la agencia de la ONU para los refugiados.

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En la frontera, los refugiados ucranianos, que en la mayoría de los casos son niños y mujeres, reciben alimentos y los asesoran para trasladarse al interior de Polonia.

En la frontera, los refugiados ucranianos, que en la mayoría de los casos son niños y mujeres, reciben alimentos y los asesoran para trasladarse al interior de Polonia.

A esta hora de la noche las carpas –que poseen calefacción- están a oscuras. Las familias descansan. A 50 metros del punto de control fronterizo hay un supermercado abierto hasta la medianoche. Está siempre repleto, porque sirve de abastecimiento a los ucranianos que arriban a Polonia. Sus precios son muchos más altos que en el país que los ucranianos dejan.

En la ruta hacen dedo hacia Przemyl, la ciudad más importante, que está a 15 kilómetros de la frontera, voluntarios de las ONG. Se mezclan con los ucranianos que también se van hacia otras partes del país.

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Mikolai pasó esa frontera hace una semana y media. Fue directo hacia Varsovia donde su madre tenía familiares. Toda su vida vivió en Lviv, donde jugó al fútbol en la escuela secundaria y en la universidad. Una lesión en la muñeca lo apartó de las canchas y del ejército, donde quería enlistarse luego de que en 2014 empezaran las protestas en Ucrania, que provocaron la caída del gobierno de Víctor Yanukóvich. En ese momento, como recuerda Mikloai, los jóvenes como él salieron a las calles para forzar que el gobierno firmara un tratado de asociación con la Unión Europea. Era el primer paso. Algunos analistas señalan que ese proceso de protestas en las calles y de acercamiento de Ucrania a Europa demarcó los destinos de la actual guerra.

Porque esas protestas con aires de revolución terminaron con el gobierno y provocaron una contrarrevolución en la región oriental de Donbás. Ese conflicto “asustó” al presidente ruso Vladimir Putin y lo llevó a poner en marcha un plan para anexar Crimea a Rusia. La guerra que golpea hoy a Ucrania se consolidó sobre un juego de ajedrez desde esos tiempos.

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Con temperaturas por debajo del cero, los alimentos y bebidas calientes son importantes para personas que esperaron horas para cruzar la frontera hacia Polonia.

Con temperaturas por debajo del cero, los alimentos y bebidas calientes son importantes para personas que esperaron horas para cruzar la frontera hacia Polonia.

Mikolai trabaja actualmente de chofer. Es remisero. Se la rebusca para sobrevivir. Él dice que en Polonia gana el triple de lo que podría obtener con ese trabajo en Ucrania, donde ahora está todo parado por la guerra. “La mayoría de los jóvenes ama nuestro país y va a ser lo que tiene a su alcance para resistir”, señala mientras maneja un Toyota Etios, que convirtió el remise. En la luneta tiene la bandera de Ucrania, con sus colores azules y amarillos.

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El auto todavía tiene chapa patente ucraniana. Mikolai vivía en Lviv y ahora quiere volver allí. Con sus amigos, que están desperdigados por toda Polonia, dice que quieren regresar para pelear con las milicias civiles, que arma el gobierno. Mientras hablamos muestra un video en Youtube que el gobierno ucraniano envía por mail a los jóvenes a los que convocan a comprometerse con la guerra.

En Lviv y en Kiev hay centros de entrenamiento para estos muchachos que buscan defender una nación que fue invadida. Mikolai está convenciendo a su madre para regresar. “Ella no quiere, pero yo y mis amigos vamos a volver”, dice sin ánimo de heroísmo, como si fuera una obligación para su generación que protagonizó las protestas de 2014 que voltearon al gobierno de entonces.