Tim Burton se caracteriza por ser dejar volar la imaginación, y no haay nada más imaginativo que las historias de Edward Bloom en 'Big Fish'.
Tim Burton brilla en el gris y el color
'Big Fish' es, a la vez, una de las películas más imaginativas y más realistas de la trayectoria del director. Lejos de los moldes de 'Eduardo Manostijeras' o 'Bitelchús', su única intención era servir como homenaje a la paternidad, y para ello el director contó con una estructura muy sencilla, dividida en dos bloques.
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Por una parte estaba el drama gris, con toques de cine indie e interpretaciones maravillosas, que parten de la realidad pura de Will Bloom. Billy Crudup nos presentó a un personaje desteñido y prácticamente nihilista. Exactamente el tipo de persona en la que nos convertiríamos al renegar de Burton.
Pero por otra parte teníamos a Edward Bloom, su padre, ese anciano maravilloso tan magistralmente interpretado por el recién fallecido Albert Finney. En su aspecto vetusto ya se vislumbraba un rayo de luz entre tanta sombra, pero era al volver a su pasado, cuando tomaba la identidad de Ewan McGregor, cuando hacía nacer la magia a su alrededor.
En esta segunda narración entrelazada, Burton brilló con una imaginación estilística solo apta para sus fieles seguidores. Gigantes, gemelas siamesas, brujas y paraísos idílicos se daban cita en algo que todos aceptábamos que era un cuento, desde el protagonista del filme hasta sus espectadores. Gracias a la tesis de la película, el realizador se permitió liberarse de toda cadena y abrir sus fronteras al máximo. Todo estaba permitido en el mundo retratado por Bloom, así que el director no tenía que justificar ni un solo plano.
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Partiendo de la pasividad estilística de su vertiente gris, Burton se permitía arriesgar con parones de tiempo repentinos (cuando Edward conoce a Sandra) y dobles significaciones de una sola verdad (algo revelado en el funeral final). Todo decorado con una cursilería digna del mejor Hollywood que entraba por los ojos y aterrizaba en el corazón. No es solo que saliéramos directos a abrazar a nuestro padre una vez terminada la película, sino que también teníamos ganas de achuchar a nuestra pareja y de salir con nuestros amigos.
'Big Fish' fue el culmen de la carrera de un director que demostró estar más a gusto cuando partía de la realidad para subir al infinito. A partir de entonces, su carrera ha sido un ir y venir de éxitos y decepciones, con un alma posiblemente perdida por el camino y un desapego pleno de un público que ya se ha hecho demasiado mayor. Pero siempre nos quedará un viaje a hace década y media, cuando todo era más fácil y abrazar a un padre era nuestra mayor preocupación.
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