Hace doce horas está esperando escondido debajo de un cartel de publicidad. La seguridad, la Policía, ni ningún hincha se percató de su presencia y está decidido a tomarse revancha por lo ocurrido hace dos años. Cuando cree que es el momento de actuar, toma su cuchillo, corta la lona y salta al campo con dirección al círculo central para escribir el capítulo más bizarro en la historia del clásico de Turquía.
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Ante la atónita mirada de algunos jugadores que se preparan para el partido y los primeros oficiales que notan la presencia de un extraño sobre el césped, Okan Güller clava la bandera del Fenerbahçe en el corazón del estadio del Galatasaray. Blandiendo su navaja como si fuese capaz de dar la vida por sus colores, “Rambo” –como lo apodó la hinchada de su club tiempo después- dejó caer su arma ante el primer policía que amenaza con pegarle. Ya había logrado su cometido, la corrida de Souness en 1996 había sido “exorcizada”.
Esa tarde-noche de 1998 en Estambul es recordada hasta la actualidad como la historia más icónica de lo que representa el fútbol en Turquía, sobre todo para esa ciudad, en la que la pelota y el rectángulo verde es el campo de batalla donde dos clases sociales, dos formas de concebir la vida, se enfrentan –al menos- dos veces al año.
Personajes como Rambo Okan brotan por las calles de la capital turca que descarga en el fútbol toda su pasión, colorido, y también su locura, al punto que llega a ser enfermizo, tan extremo que hasta la vida vale poco cuando de un partido entre Galatasaray y Fenerbahçe se trata.
Clásico de Turquía: su historia
Estambul es una ciudad que está dividida en dos. Es una locación intercontinental. Separada por el estrecho del Bósforo, la división sirve para clasificar también a sus habitantes de acuerdo al club del cual son hinchas.
Del lado europeo se encuentran los de Los Leones, fundados en octubre de 1905 por estudiantes universitarios del liceo de Galatasaray, una de las escuelas más antiguas y prestigiosas de Europa. Desde sus raíces estuvieron ligados con las clases altas del país, a la aristocracia.
Mientras que en el lado asiático, en mayo de 1907, trabajadores del barrio de Kadiköi le dieron vida al club de los Canarios, el Fenerbahçe, quienes durante sus primeros años de vida debieron mantener en las sombras su actividad porque el sultán Abdul Hamid II había prohibido la práctica de fútbol, por lo que rápidamente se identificó al equipo con las clases oprimidas de la ciudad y el país.
Ambos clubes son los máximos ganadores de títulos en Turquía. Galatasaray tiene 22 títulos de liga y el Fenerbahçe lo sigue con 19. Los Leones tienen 18 Copas de Turquía, mientras que los Canarios cuentan con menos de la mitad: 6. Por último, en Supercopas, los del ala europea tienen 16 y los del barrio obrero 9. A pesar de las diferencias, en cada cruce juegan como si no hubiesen ganado nada.
En el historial de enfrentamientos entre sí, los del ala asiática llevan la ventaja con 103 partidos ganados, 87 empates y 83 perdidos en 273 enfrentamientos. Lo que le permite discutir de alguna manera los logros de Galatasaray, que tiene más títulos y es el único equipo de Turquía en ganar una copa internacional: la Copa UEFA de 2000.
La “locura” de Graeme Souness que hizo estallar a Fenerbahçe
Durante la década de los 90 y principios del 2000, Galatasaray era el equipo rey de Turquía. Con grandes figuras en su equipo, como el recordado rumano Gheorghe Hagi o el goleador Hakan Sükür, los Leones dominaban en su país y hasta alcanzaban el éxito a nivel internacional, pero en 1996 tenían un desafío importante en casa que era la final de la Copa de Turquía ante sus principales antagonistas.
El 24 de abril de ese año, el escocés Graeme Souness, una leyenda del Liverpool de la Premier League y exentrenador de los Leones, cometió la primera gran locura dentro de un estadio cuando estos equipos se veían las caras. Galatasaray se hizo con la victoria en el partido de ida como locales por 1-0, y jugaron como visitantes para definir si se quedaban con el título.
Tras perder 1-0 en los 90 minutos, el partido fue al alargue y a falta de cuatro minutos para terminar con el tiempo extra Dean Saunders puso el 1-1 y, por ende, le dio el triunfo a los del lado europeo. La victoria del visitante ya era una herida muy grande para los del Fenerbahçe, pero Souness hundió el puñal más aún.
Ni bien el árbitro marcó el final, el entrenador escocés, enojado por unos comentarios realizados a principio de temporada por el presidente de los Canarios, tomó una bandera cimbóm –con los colores amarillo y rojo de su club-, corrió hasta el centro de la cancha y clavó el asta en el césped. Hasta hoy, ya como comentarista de la televisión, no se explica cómo salió vivo de ese estadio. “No fue lo más inteligente que he hecho”, dijo más de una vez el escocés cada vez que recuerda la anécdota.
Automáticamente, como si estuviesen en presencia de algo relacionado a una conquista, los hinchas locales enfurecieron e intentaron invadir el campo para masacrar a todo lo que esté relacionado con Galatasaray. La Policía tuvo mucho trabajo esa noche, aunque lograron controlar la situación.
La venganza de Rambo Okan
Devenido en un personaje popular del fútbol turco, este pintoresco fanático del Fenerbahçe tragó veneno esa noche de 1996 para tomarse revancha dos años después, en los que elevó la apuesta porque hizo lo mismo que Souness sumado a que entró armado.
Fueron necesarios seis policías para retirar a Rambo de la cancha y decenas de oficiales para evitar que las tribunas se desborden, intenten saltar al césped y lastimen al inesperado visitante.
En la actualidad, Rambo Okan –u Okan Güller, como es su nombre real- es querido por los hinchas de su club que lo ven como un símbolo por ser capaz de devolver gentilezas a sus rivales. Suele aparecer en móviles televisivos sin que nadie lo llame, o directamente es entrevistado como una celebridad y un ídolo de la institución.
Tampoco faltaron las oportunidades en las que fue sometido a evaluaciones psicológicas, sin resultados que expliquen el por qué de su conducta vehemente.
La violencia del clásico turco es moneda corriente
Teniendo en cuenta la historia de ambas instituciones, que estos equipos no se puedan ni mirar no es algo extraño. Los citados son situaciones que se dieron dentro de los campos de juego, pero fuera de los estadios la cosa es mucho peor. Para el visitante, el tener que cruzar el estrecho del Bósforo es tomado casi como una invasión por parte del que hace de local en el clásico entre los gigantes de la Superliga turca.
Los incidentes van desde romper todo lo que se encuentre una de las hinchadas a su paso hasta el estadio, hasta asesinar a seguidores del rival si se lo divisa con otros colores.
Jugadores e hinchas han protagonizado escenas que generaron violencia o, directamente, fueron parte de ella. Pero los dirigentes también tienen su apartado en la historia de este derbi, que más que un partido de fútbol parece una obra de Stanley Kubrick. En febrero de 2020, con el colombiano Radamel Falcao en cancha ocurrió otro de los episodios que ya forman parte de la memoria colectiva. El presidente del Fenerbahçe, Ali Koç, cansado del reclamo de sus hinchas luego de perder (3-1) el clásico como locales -el primero después de ¡20 años!- saltó de su palco y se tomó a golpes con quienes le recriminaban el andar del equipo.
También son recordadas las provocaciones del brasileño Felipe Melo cuando era jugador de Los Leones, o los cánticos racistas de ambas tribunas contra los jugadores. Todas las ofensas de las que es capaz el ser humano, se producen durante los días de clásico turco.
Cargado de historia, con tintes políticos y sociales, el derbi entre Galatasaray y Fenerbahçe es uno de los partidos más apasionantes del fútbol mundial. El grado de violencia que se exhibe en las calles es entendible -no se justifica- si se tiene en cuenta el contexto en que se forjaron estos clubes.
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La escalada de violencia alcanzó tal punto que el gobierno turco prohibió en 2016 la presencia de público visitante. Incluso para las autoridades estaba siendo casi imposible mantener el orden y proteger a los que cruzaban el estrecho. La medida se extendería durante cinco años, pero llegados a la fecha límite parece que se prolongará un tiempo más, sumado a la problemática de la pandemia de coronavirus, en una ciudad que siempre estuvo infectada de violencia y rencor.
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