domingo 5 de abril de 2020
Deportes | Automovilismo |

Adrián Hang, el gladiador que superó todos los límites

El 14 de abril de 1996, el piloto oriundo de Franck sufrió un gravísimo accidente mientras participaba en una prueba de la Súper Fórmula italiana en el circuito de Monza, por lo que debieron amputarle sus piernas por debajo de las rodillas. Pero no se rindió y, con un infinito coraje y espíritu de superación, años después –y manejando con prótesis– se consagró campeón en nuestro país y en Italia.

En la cálida tarde del domingo 14 de abril de 1996 –en plena primavera europea– y, mientras se colocaba los guantes y el casco, Adrián Gustavo Hang repasaba en su mente cuál sería la mejor maniobra para, desde el cuarto puesto que ocupaba en la grilla de largada, ganar posiciones e ir por la punta de la carrera de la Súper Fórmula italiana de la que estaba a punto de participar en el legendario Autodromo Nazionale di Monza, una de las catedrales del automovilismo mundial.

La prueba se puso en marcha a las 17.30 y, poco antes de llegar a la primera curva –que en esa época se llamaba variante Goodyear, que fue modificada en 2000 y hoy se la conoce como prima variante, o variante del Rettifilo–, la rueda trasera derecha de Hang se enganchó con la delantera izquierda del romano Roberto Sperati y, tras perder el control de su auto, el piloto santafesino impactó contra el guardarrail a más de 200 km/h.

Adrian Hang__MG_3739-MTH-1200.jpg
 “De muy chico, ya me gustaban las motos, los kartings, los kartings a pedales… Iba a preescolar, a jardín, y también iba a un taller en donde había un karting, por lo que más adelante empecé a pedirle a mi padre «comprámelo», «comprámelo», aunque la que me compró mi primer karting fue mi madre, Amanda

“De muy chico, ya me gustaban las motos, los kartings, los kartings a pedales… Iba a preescolar, a jardín, y también iba a un taller en donde había un karting, por lo que más adelante empecé a pedirle a mi padre «comprámelo», «comprámelo», aunque la que me compró mi primer karting fue mi madre, Amanda", contó.

El golpe fue brutal. El auto se partió en dos, el motor cayó a unos 20 metros de lo que quedaba del chasis y, dentro del mismo, las piernas de Hang estaban atrapadas entre los metales retorcidos. Tal era la gravedad de las heridas en sus miembros inferiores que, para extraerlo del cockpit, los médicos debieron amputarle el pie derecho en la pista. El mismo fue colocado y trasladado en una conservadora para luego tratar de reimplantárselo en el hospital, al que poco después el santafesino fue derivado en un helicóptero, en condición crítica y con elevado riesgo de muerte.

A las 18.30, Hang ingresó al quirófano del Ospedale San Gerardo de Monza, pocos kilómetros al norte de Milán y, tras varias horas de trabajo, los cirujanos no pudieron reimplantarle su pie derecho. Por otra parte, su pierna izquierda presentaba una seria lesión arterial, por lo que debieron abocarse a detener la hemorragia y estabilizar al herido que, también, tenía varios golpes y fracturas.

Leer más ► La trágica historia de amor prohibido de Edith Piaf y el Bombardero Marroquí

Esta sería la primera –de varias– operaciones que el oriundo de Franck debería soportar en casi tres meses de internación, incluida la amputación de su muy lastimada pierna izquierda 12 días después del accidente.

Con solo 23 años, Hang tenía que enfrentar la durísima prueba que el destino había puesto en su camino al perder sus piernas. De él dependía. Entonces, se propuso volver a tener una vida normal. Y, a pesar de tantos sinsabores, dolores insoportables e interminables horas de rehabilitación, lo logró. ¡Vaya que lo logró!

Hoy tiene 47 años y, a corazón abierto, habló con Aire Digital, contó cómo le torció el brazo a la adversidad, las revanchas deportivas y personales que alcanzó –asombrando a propios y extraños al conquistar títulos en nuestro país y en el exterior, manejando con prótesis–, y de cómo disfruta de su vida, esa que estuvo en peligro hace más de dos décadas tras sufrir un gravísimo accidente en un ultra veloz circuito europeo. Esta es su emocionante historia.

Su vocación era correr

Adrián Gustavo Hang nació el lunes 5 de junio de 1972 en la comuna de Franck, departamento Las Colonias, ubicada a unos 30 kilómetros al oeste de la ciudad de Santa Fe. Desde muy pequeño se sintió atraído por los deportes mecánicos y, en 1981, con solo 9 años y mientras cursaba la escuela primaria, comenzó a seguir a sol y a sombra a su padre, Celso, para que le comprara un karting.

“Tengo recuerdos de ello desde que era pibe”, dijo Hang. “En los pueblos se vive mucho el deporte motor y, de muy chico, ya me gustaban las motos, los kartings, los kartings a pedales… Iba a preescolar, a jardín, y también iba a un taller en donde había un karting, por lo que más adelante empecé a pedirle a mi padre «comprámelo», «comprámelo», aunque la que me compró mi primer karting fue mi madre, Amanda (se ríe). Franck es un pueblo de 6000 habitantes y, en un momento, llegó a tener 18 pilotos, que corrían en kartings, en motos… Es como Arrecifes, donde corren todos (se ríe). La pasión está. Yo arranqué en karting, en el campeonato sunchalense y, después, fui creciendo, en edad y en las categorías en las que corría”, precisó.

—¿Y qué sentías corriendo?

—Me gustaba. Primero, me gustaba. Y, a los 12 o 13 años, hay un click y decís: “Quiero ganar un campeonato”. Al principio, era diversión. Te divertís con un juguete, un juguete peligroso, caro, y que requiere de muchos sacrificios. El deporte motor es un conjunto de cosas. No es un deporte individual, como lo es para un nadador o un tenista. Tenés el equipo atrás, un montón de gente: el mecánico, el preparador del motor, a medida que vas creciendo se suman los sponsors… Tuve la suerte de competir en campeonatos nacionales con preparadores de kartings y motos muy importantes, como Adolfo Montiel, de Santa Fe, y Miguel Picarelli, de San Francisco, que son dos referentes en los deportes mecánicos. Y hasta corrí en Mundiales de karting. Lo hice con (el holandés Jos) Verstappen, el padre de Max, quien actualmente compite en la Fórmula 1 con Red Bull; con (los italianos Giancarlo) Fisichella y (Jarno) Trulli, quienes también llegaron a la Fórmula 1…

Adrian Hang__MG_3782-MTH-1200.jpg
“Largué cuarto, en la segunda fila. El accidente ocurrió casi al final de la recta de Monza, donde se llega muy fuerte, y hay una chicana, o variante, como la llaman en Italia. Es muy cerrada y, de venir a 280 km/h, doblás a 70 km/h. Llegando a la misma, se engancha la rueda trasera derecha mía con la delantera izquierda de otro competidor y, prácticamente, me saca el auto de las manos

“Largué cuarto, en la segunda fila. El accidente ocurrió casi al final de la recta de Monza, donde se llega muy fuerte, y hay una chicana, o variante, como la llaman en Italia. Es muy cerrada y, de venir a 280 km/h, doblás a 70 km/h. Llegando a la misma, se engancha la rueda trasera derecha mía con la delantera izquierda de otro competidor y, prácticamente, me saca el auto de las manos", explicó Hang.

—A esa edad, ¿a quién te querías parecer?

—Cuando recién empezás a correr en karting a nivel nacional, con 12 o 13 años, no hay un referente con el que te querés parecer. Después viene eso. Cuando tuve la suerte de ir a correr con (el arrecifeño Norberto) Fontana en el exterior, lo vi a (el brasileño Ayrton) Senna, eso fue una cosa impresionante. Lo vi con (el McLaren) MP4, con motor Honda, y era imbatible. Pude maravillarme con su manejo. Ahí sí uno ya puede tomar un referente. Después, también tuve la suerte de verlo a (el alemán Michael) Schumacher, otro profesional impresionante. En Italia es ídolo, ya que ganó cinco títulos con Ferrari y, así y todo, no le daba lo mismo ganar o perder. No es fácil mantener la motivación, porque vos ya tenés todo, pero él iba por más. Cuando en 2003 ganó su sexto título, yo estaba en (el circuito de) Mugello. Una vez se sentó en la Ferrari a las 14, probó 60 juegos de gomas, y se bajó a las 18. Estuvo cuatro horas sobre un Fórmula 1, y es el fuego que llevás dentro.

—¿Y en qué momento dijiste “quiero vivir de esto”?

Con 18 y 19 años, gané dos campeonatos nacionales de karting. Ya a los 20 corría en la Fórmula 2 y la Fórmula 3 Sudamericana. Con 21 años, uno hace el click y quiere vivir de esto... Esa es la realidad. Y es muy sacrificado. Después de la Fórmula 3 Sudamericana, por una invitación fuimos a correr a Alemania y Austria. Siempre cuento que, en 1993, estábamos en el exterior con Fontana; él corría en Suiza, en la Fórmula Ford, y yo en la Fórmula Opel Lotus en Austria. Cuando nos visitábamos e íbamos a comer, tapábamos el lado izquierdo de la carta, donde están los platos, y nos fijábamos en el lado derecho, donde están los precios, y pedíamos lo más barato, porque no teníamos para otra cosa. Fontana vivía en una casa rodante con su padre; a veces el padre se quedaba en Suiza y nos encontrábamos en Alemania, porque teníamos un amigo en común, que era un mecánico. Y reitero, era muy sacrificado, pero a mí me gustó.

Cada vez más rápido

En esta etapa de su carrera, los autos que Hang conducía tenían cada vez más potencia y, por ende, eran más veloces. Su adaptación fue muy buena, y sumó una rica experiencia al competir en distintos circuitos del viejo continente. “Un auto de la Fórmula 3 Sudamericana podía alcanzar los 250, 260 o 270 km/h y, en Europa, los fórmula de mi época llegaban a tener entre 380 y 400 HP”, explicó el santafesino. Y agregó: “Era una Súper Fórmula 3, sin bridas, porque a la Fórmula 3 les ponen unas bridas, sin aspiración, para limitar la potencia; cuando yo fui allá, no tenían bridas, con lo que lograban más potencia. Un auto como ese, con el que tuve el accidente, llegaba a los 286 o 290 km/h en Monza. Ahí, un Fórmula 1 llega hoy a los 367 km/h en la clasificación”.

Leer más ► El perfil de Carlos Monzón, a 25 años del accidente en el que murió

Además, señaló: “A los cambios los fui llevando bien. En 1992 estuve en la Fórmula 3 Sudamericana; en 1993, en la Opel Lotus en Suiza y Austria, con Fontana, donde corrimos una carrera que se llama Copa de las Naciones; después, en 1994 y 1995, en Italia; en 1996 sigo en ese país y, ahí, tengo el accidente, con 23 años”.

El punto límite de su vida

Inaugurado el 3 de septiembre de 1922, el autódromo de Monza es uno de los más icónicos del deporte motor. Alberga el GP de Italia de Fórmula 1 y, una de sus características salientes, son las muy elevadas velocidades que se alcanzan en el mismo. En este histórico trazado, la Súper Fórmula Italiana disputó una de las fechas de su calendario de 1996 y, el 14 de abril, la vida de Adrián Hang cambiaría para siempre.

Adrian Hang__MG_3772-MTH-1200.jpg
Hang rememoró con detalle el hecho que cambió su vida. “Me despertaron las luces, dos o tres cachetazos, y yo me preguntaba quiénes eran y por qué me estaban pegando cachetazos. El médico me dijo: «No puedo hacer nada con este pie» (por el derecho, que no lograron reimplantárselo). Y, 12 días después del accidente, me amputaron parte de mi pierna izquierda

Hang rememoró con detalle el hecho que cambió su vida. “Me despertaron las luces, dos o tres cachetazos, y yo me preguntaba quiénes eran y por qué me estaban pegando cachetazos. El médico me dijo: «No puedo hacer nada con este pie» (por el derecho, que no lograron reimplantárselo). Y, 12 días después del accidente, me amputaron parte de mi pierna izquierda".

“Me acuerdo perfectamente de todo lo que pasó. Largué cuarto, en la segunda fila. El accidente ocurrió casi al final de la recta de Monza, donde se llega muy fuerte, y hay una chicana, o variante, como la llaman en Italia. Es muy cerrada y, de venir a 280 km/h, doblás a 70 km/h. Llegando a la misma, se engancha la rueda trasera derecha mía con la delantera izquierda de otro competidor (NdeR: el romano Roberto Sperati) y, prácticamente, me saca el auto de las manos. Una de las particularidades de Monza es que no tiene tantas vías de escape. Hasta el día de hoy están los guardarrails, y hay dos metros de césped, banquina. Y tuve la mala suerte de que al engancharme, la maniobra me saca el auto de las manos y pego contra el guardarrail, que hizo de guillotina. La fibra de carbono (del chasis) resiste, pero es como una caña: uno la dobla, la dobla, la dobla hasta que, en un momento, va a estallar… Eso es lo que le pasó al auto”, expresó Hang.

Y abundó con crudeza: “Cuando el enganche de las ruedas me saca el auto de las manos, en el segundo previo al impacto fui consciente de que me iba a golpear. Lo percibí, como también percibí el golpe. En ese momento, suelto el volante y me agarro el casco, porque sabía que me iba a golpear, y muy fuerte. El impacto contra el guardarrail fue arriba de los 200 km/h, con una muy brusca desaceleración. Tuve fracturas en la espalda, en una costilla… Ni hablar de los pies. En ese momento, yo vi que no tenía una bota. No tenía un pie… Después de que pasó todo, me encuentro en la pista, me saco el casco, los guantes, y veo que no tenía la bota y, en ese instante, ya sabía que mi carrera deportiva había quedado trunca”, rememoró.

Y, aunque resulte increíble, en semejante y tan traumática situación, su espíritu de lucha le indicó cuál era el camino. “Quizás por ser un deportista de alto rendimiento, o porque tenía mucha pasión por lo que hacía, el subconsciente me marcó otra cosa y, ahí mismo, dentro del auto, me dije: «Uy, y ahora, ¿qué hago? ¿Cómo hago para seguir corriendo?» Mi idea era cómo hacer para seguir… Me veía sin un pie, pero ya pensaba en el futuro”, contó con emoción.

—¿Tuviste miedo?

No, nunca tuve miedo. En ninguna categoría en la que corrí tuve miedo. Ni siquiera cuando fui consciente de que me iba a golpear. Al contrario, cuando me golpeé uno saca la bronca, empieza a decir malas palabras al ver que “me tocó a mí”. Todo eso en los pocos segundos que tenés antes de que te duela todo (se ríe), antes de que se te venga el mundo abajo, porque yo me veía sin una bota, sabía que había perdido un pie… Fui consciente de todo eso y, en medio del shock y la conmoción del golpe, pensaba: ¿”Cómo voy a seguir corriendo?”

Adrian Hang__MG_3728-MTH-1200.jpg

"No sé si iba a ser el mejor en mi carrera, pero fui constante en mi vida. Elegí esto, de correr en autos, y lo seguí. Y, al seguirlo, después del accidente, donde pareció que todo se terminaba, y muchos creían que estaba loco por intentar volver, y encima con prótesis, le saqué el jugo e, interiormente, me siento muy satisfecho", apuntó el santafesino.

Después vino el helicóptero, me desmayé, y estuve dos o tres días en los que no me acuerdo de nada, producto del gran golpe que sufrí. Y mirá lo que es el destino: a mí me pasó esto (sufrir las amputaciones) corriendo en autos y, al lado mío (en el hospital), había un trompetista de la Scala de Milán que perdió un pie en un accidente de tránsito al cruzar la calle. El tipo tocaba la trompeta, y no practicaba un deporte de alto riesgo.

Los recuerdos van y vienen en la mente de Hang, quien continuó con su vívido relato. “Me despertaron las luces, dos o tres cachetazos, y yo me preguntaba quiénes eran y por qué me estaban pegando cachetazos. El médico me dijo: «No puedo hacer nada con este pie» (por el derecho, que no lograron reimplantárselo). Aunque el subconsciente trabaja y, a pesar de que pensaba cómo iba a hacer para seguir corriendo, también te dicen: «Mirá, acá no podemos injertarte un pie», y es un bajón. Después de 12 días, amputación del otro… Y es otro golpe de nocaut (enfatiza). Yo soy amputado por debajo de las rodillas de ambos pies. En ese momento, otra vez se te viene el mundo abajo, sentís bronca, impotencia, otra vez te preguntás «¿por qué a mí?», te preguntás todos y cada uno de los «¿por qué?», puteás…

Además del incondicional apoyo de su familia, Hang reveló otro auxilio al que acudió para sobrellevar el dramático momento que le tocaba vivir. “Creo en Dios y, como creyente, si hoy estamos hablando acá, es gracias a Él, porque lo permitió. Mirá, en Italia todo es salud pública y, allá, los hospitales son como los mejores que podemos ver en Sudamérica. Es todo público, no hay sanatorios privados. Y te van rotando, porque inicialmente estuve en Terapia Intensiva, luego en Intermedia, hasta llegar a una sala común. Por eso, vas teniendo distintos compañeros de sala, o de pieza y, en una de ellas, había un hombre que había perdido la mano en un accidente en una fábrica. No comía cerdo, comía otras cosas, se ponía para el lado de la ventana y oraba… Y resultó ser musulmán. Entonces, yo creo que el ser humano se debe aferrar a algo y, con las creencias religiosas, soy muy respetuoso. En el caso de este señor, era su fe, su creencia musulmana. Yo me aferré a una religión también, y me permitió estar acá. Algunos dirán que es un milagro que haya sobrevivido al accidente, pero es producto del destino. Otros dirán que al destino uno se lo busca, pero te conté del caso del hombre que tocaba la trompeta y no corría en autos, y está amputado también”, indicó.

El resurgir

En las primeras semanas de internación y, en medio de dolores insoportables, Hang fue sometido a varias operaciones. Además, dependía de la ayuda de terceros para múltiples cuestiones diarias y, en ese momento, desplazarse por sus propios medios asomaba como un objetivo a muy largo plazo. No obstante, su inquebrantable determinación era el combustible que alimentaba su deseo de recuperarse lo más rápidamente posible.

Adrian Hang__MG_3739-MTH-1200.jpg

"Yo estuve 82 días en el hospital San Gerardo, pocos kilómetros al norte de Milán; en el día 83 voy a la ortopedia RTM, en Bolonia, que es fantástica, una de las mejores del mundo y, en el día 84, ya manejaba un auto. No me imaginaba estar haciendo eso después de todo lo que pasé. Si me preguntabas en el día 60 de internación si en el día 84 iba estar manejando, no me lo imaginaba”, admitió.

“El otro momento donde hacés un click en esta situación es cuando ya empezás a sentir menos dolor –afirmó Hang–. En mi caso, sufrí mucho dolor con las amputaciones. Me trasladaron a otra clínica, donde me hicieron un tratamiento contra el dolor y, ahí, se produce el click, ya que conocés a otra gente, y muchos se acercan y te dicen: «Mirá, yo uso prótesis», y entrás al mundo de las prótesis. Te das cuenta de que el mundo no se terminó, y hay otra cosa después de lo que te pasó. Vi distintos casos, y te dicen: «A este tipo le pasó esto, pero siguió adelante y está esquiando», o «está manejando», o «andando en bicicleta». Yo estuve 82 días en el hospital San Gerardo, pocos kilómetros al norte de Milán; en el día 83 voy a la ortopedia RTM, en Bolonia, que es fantástica, una de las mejores del mundo y, en el día 84, ya manejaba un auto. Ahí es otro click más… Ahí ya estás contento. El pasado es inmodificable, así que había que ir para adelante. No me imaginaba estar haciendo eso después de todo lo que pasé. Si me preguntabas en el día 60 de internación si en el día 84 iba estar manejando, no me lo imaginaba”, admitió.

Y agregó: “Hay otro caso muy conocido, y es el de (el italiano) Alex Zanardi, que en 2001 perdió las piernas en Lausitzring, Alemania, en una carrera del CART estadounidense y, como la medicina avanza rápido, en el día 38 lo mandaron manejando un auto –sin piernas, con los comandos manuales–, desde Alemania a Italia. Se atiende en la misma ortopedia que yo y, por todo lo que se avanzó en los posoperatorios, su recuperación fue casi la mitad de la mía”.

El sábado 31 de agosto del año pasado, en Spa-Francorchamps, Bélgica y, durante una prueba de la Fórmula 2, el auto del francés Anthoine Hubert pegó contra las barreras pasando la curva Eau Rouge y rebotó hacia la pista, donde fue embestido –de lleno y en uno de sus laterales– por el ecuatoriano Juan Manuel Correa. Debido a ello, Hubert, de 22 años, falleció poco después. “Las medidas de seguridad siguen siendo las mismas”, aseguró Hang al compararlas con las de su época de corredor, y amplió: “Fijate que el auto del francés pega y rebota, y no tiene que rebotar. Las barreras estaban mal y no como correspondía. El auto sufrió una desaceleración de 86 G (es decir, 86 veces la fuerza de gravedad) e, internamente, tus órganos son un flan, y nadie resiste algo así. El que lo impactó, soportó más de 50 G. Una cosa espeluznante… Y se muere una persona, porque las medidas de seguridad son las mismas. ¿Y por qué son las mismas? Por los dirigentes. Al automovilismo llamalo un vicio, o una adicción. Yo lo llamo adicción. El que corre en autos tiene como una adicción y solo quiere correr, correr, y correr. Punto. Y, por eso, te hacen correr en un callejero, o un circuito con pocas medidas de seguridad. A pesar de que se intentó, nunca hubo una comisión de pilotos, o algo similar, que sea realmente fuerte y se plantara y dijera: «Acá no corremos». Por eso, los dirigentes se aprovechan en un deporte de alto riesgo y, también, nuevamente caemos en que es obra del destino”, reflexionó.

Adrian Hang__MG_3745-MTH-1200.jpg

"Las prótesis no me molestaban, porque a la adaptación la hice rapidísimo. Y están tan bien hechas, que yo piso algo y lo siento, por la gran sensibilidad que tengo. Yo podía haber participado en competencias paralímpicas, pero elegí seguir donde estaba, corriendo con gente normal", destacó Hang.

Tiempo de revancha

Apenas cuatro meses después del accidente que casi le costó la vida, Hang demostró que estaba hecho de muy buena madera: una fría mañana de agosto y, en el Parque de la Velocidad de San Jorge, de nuestra provincia, probó un auto de la monomarca Gol Santafesina. El 29 de marzo del año siguiente debutó en esta categoría con un segundo puesto en el circuito de Rosario y, al final de la temporada, el título de la misma fue suyo. Un piloto con prótesis compitió de igual a igual –y superó– a otros a los que no les faltaban sus piernas, o partes de las mismas, como a él.

“Fui independiente en el día 84, cuando caminé, dejé la silla de ruedas y manejé un auto. Y ese mismo año, probé uno de carrera”, recordó Hang. “Las prótesis no me molestaban, porque a la adaptación la hice rapidísimo. Y están tan bien hechas, que yo piso algo y lo siento, por la gran sensibilidad que tengo. Yo podía haber participado en competencias paralímpicas, pero elegí seguir donde estaba, corriendo con gente normal. Lógicamente, la primera licencia me costó (obtenerla), y me pidieron más cosas de lo habitual. Nadie te dice: «Vos no podés correr», pero todos te miran medio de costado… A la primera licencia me la dio la Federación Regional de Automovilismo Deportivo N° 4 de la provincia de Santa Fe, que depende del Automóvil Club Argentino, y dispusieron que me realizara distintos exámenes, más exhaustivos que los de otros pilotos. Lo hicieron por las dudas, por «cómo está éste de la cabeza, porque quiere correr después de lo que le pasó», y mil cosas más…”, completó el oriundo de Franck.

Adrian Hang Campeón Argentina.jpeg
El domingo 21 de noviembre de 1999, con un Volkswagen Gol, el piloto santafesino se impuso en la última carrera de la temporada de la Clase 2 del Turismo Nacional, disputada en Oberá, Misiones y, con 27 años, y tres y medio después del accidente en Monza, se consagró campeón de esta categoría.

El domingo 21 de noviembre de 1999, con un Volkswagen Gol, el piloto santafesino se impuso en la última carrera de la temporada de la Clase 2 del Turismo Nacional, disputada en Oberá, Misiones y, con 27 años, y tres y medio después del accidente en Monza, se consagró campeón de esta categoría.

Títulos aquí y allá

Si hay una categoría extremadamente pareja y competitiva en nuestro país, es el Turismo Nacional, donde los roces –tanto en la Clase 2 como en la Clase 3– son permanentes y, durante las carreras, se producen múltiples cambios en las posiciones. Hang se sumó al Turismo Nacional en 1998 con un Volkswagen Gol y, tras un primer año de experiencia, en 1999 fue decididamente por el título, que logró el domingo 21 de noviembre tras imponerse en la última prueba del calendario, disputada en el circuito misionero de Oberá. “Yo elegí ese camino, correr con gente igual. Y lo logré. El título en el TN fue otro gran click, deportivamente hablando”, recalcó sobre la corona que se ciñó a los 27 años, tres y medio después del drama vivido en Monza.

Pero fue por más. Tras saltar a la Clase 3 del Turismo Nacional con un VW Golf, en 2002 fue convocado por la ortopedia RTM para disputar el Campeonato Italiano de Velocidad y Turismo (CIVT), en la división N4, con un Rover 200 del PAI Tecnosport. “Ese año fui a Italia para probarme. Lo hice, y quedé bien seleccionado, muy cerca del récord de la pista donde ensayamos y, en 2003, en mi debut en la categoría, gané la carrera. Viene el que terminó segundo, y me dice: «¿Puedo ver el auto?», y le respondí que sí, cómo no. Abrió la puerta, miraba y miraba, y me dijo: «Corrés con un auto normal», a lo que le respondí: «Sí. ¿Por qué no correría con un auto normal?» Y él agregó, con respeto: «Pero con lo que te pasó, sos amputado…» Quizás creería que yo tenía comandos en las manos, u otra cosa, pero el auto era exactamente igual que el resto de todos los que corrían”, apuntó Hang.

Poco después, viviría otra experiencia absolutamente inolvidable. “Gané la primera carrera y, después, me tocó ir a correr a Monza, el lugar donde me accidenté. Cuando fui a correr ahí, no tuve miedo. Pero, en los días anteriores, tenía algo adentro (se toca el pecho), no miedo, pero sí como una inquietud… Estaba ansioso. Llego a esa pista, el director del autódromo me conoce, incluso los banderilleros, médicos, todos los que trabajan ahí, y me saludaron muy afectuosamente. Es más, el director me dijo: «Andá a dar una vuelta en auto». En Monza no entra nadie a la pista, y menos con un auto particular. Esa excepción hicieron conmigo. Entonces salí con un auto de calle, y ya bajás la ansiedad, esa adrenalina que traés encima. Y, cuando llegué a la primera variante, donde tuve el accidente, te sacás un peso de encima. Pasás una vez y, a la segunda, ya no sentís nada. Fue cruzar una barrera al recordar que «acá pasó lo que pasó», y cerrás un círculo. Y más cuando gané esa carrera. Dije: «Listo, Monza ya está». En 2003 gané en la misma pista donde me accidenté en 1996, y creo que hay muy pocos pilotos en el mundo que pudieron lograr esto. No solo eso, también gané en Mugello, Imola, Varano y Pergusa, y fui campeón de la categoría”, resaltó con legítimo orgullo al evocar el certamen que se

Adrian Hang Campeón Argentina 2.jpeg
El sábado 11 de octubre de 2003, en el circuito de Vallelunga, a los 31 años, y con un Rover 200 del equipo PAI Tecnosport, el oriundo de Franck se coronó –y anticipadamente, a falta de una fecha para el final del calendario– en la categoría N4 del Campeonato Italiano de Velocidad y Turismo (CIVT).

El sábado 11 de octubre de 2003, en el circuito de Vallelunga, a los 31 años, y con un Rover 200 del equipo PAI Tecnosport, el oriundo de Franck se coronó –y anticipadamente, a falta de una fecha para el final del calendario– en la categoría N4 del Campeonato Italiano de Velocidad y Turismo (CIVT).

Y develó su fórmula para el éxito: “Demostré que el «no puedo» no existe. O que no hay límites. El ser humano se adapta a lo que debe hacer frente, y no tiene un límite. Y, en mi caso, en un deporte tan competitivo como el automovilismo”.

Su vida tras las carreras

Ejemplo de lucha, amor propio y superación, Adrián Hang tuvo la fortuna de ganar en todas las categorías en las que compitió, ya sea en kartings, monopostos o autos con techo. Y, ya retirado de las competencias, hizo un balance de su extensa trayectoria. “Lograr el título (del TN) en el país fue una gran satisfacción personal, y más por todo lo que había pasado. Fue haber superado el desafío de volver a correr, y con pilotos normales. Ganar un campeonato argentino implica mucho sacrificio. Muchos me decían que, al volver a correr, enfrentaría muchos riesgos. Pero al riesgo ya ni lo tenés en cuenta. A nivel profesional, sos consciente de que es una actividad riesgosa, incluso volqué con prótesis (se ríe), pero nada más”, expresó.

Adrian Hang__MG_3730-MTH-1200.jpg
 Tras superar muy duras pruebas en su vida, Hang es un modelo de superación. “Demostré que el «no puedo» no existe. O que no hay límites. El ser humano se adapta a lo que debe hacer frente, y no tiene un límite. Y, en mi caso, en un deporte tan competitivo como el automovilismo”, recalcó.

Tras superar muy duras pruebas en su vida, Hang es un modelo de superación. “Demostré que el «no puedo» no existe. O que no hay límites. El ser humano se adapta a lo que debe hacer frente, y no tiene un límite. Y, en mi caso, en un deporte tan competitivo como el automovilismo”, recalcó.

—¿Alguna vez alguien te llamó, o se refirió a vos, como “discapacitado”?

—No, para nada. Yo competía con gente normal, y en un nivel muy alto. Ni me asustaba que, en un roce, o un toque de carrera, me sacaran el auto de las manos. Por suerte, nunca me discriminaron ya que, en el caso de que lo hubieran hecho, me habría enojado mucho, me habría enojado mucho (enfatiza), porque estaba corriendo a la par de ellos, de igual a igual. En las carreras nunca sentí como que me miraran raro, o de otro modo, sino como a un colega más, un piloto más.

En algunos casos, el automovilismo es un ambiente cerrado pero, también, solidario. Desde mi accidente, sentí el apoyo de mis colegas. Lo sentí cuando me accidenté y, también, se lo di a mucha gente que me llama, incluso en el mismo ambiente de los deportes mecánicos. Después… A mí me enseñaron una cosa: no vale la pena pelear abajo del auto, hay que pelear arriba del auto. Ser competitivo en la pista, y arreglar los problemas en la pista. Abajo se habla, o no; lo mirás y no lo saludás, porque a lo mejor estás enojado, pero de ahí a ir a pelear… Yo creo que los verdaderos deportistas arreglan sus problemas compitiendo.

—¿Cuál es tu mensaje para una persona que, con un determinado problema, más o menos grave de lo que te tocó vivir, te dice “no puedo”?

—Lo primero que hay que hacer es convivir con el problema. Saber qué tenés, y ver cómo vas a salir adelante. Ese es el objetivo. Aparte, siempre hay uno que está peor que vos. Yo podría estar en una silla de ruedas, pesando 50 kilos más, y llevo una vida normal. Ando en moto, en auto, en bicicleta, jugué al padel… Ando mucho, esa es la realidad. Me mantengo activo. Desde que dejé de correr, hace siete años, ando en moto, y conozco prácticamente toda Sudamérica. Solo me falta Colombia, Ecuador, Venezuela, y la Guayana francesa.

Adrián Hang moto.jpeg

"Yo podría estar en una silla de ruedas, pesando 50 kilos más, y llevo una vida normal. Ando en moto, en auto, en bicicleta, jugué al padel… Ando mucho, esa es la realidad. Me mantengo activo. Desde que dejé de correr, hace siete años, ando en moto, y conozco prácticamente toda Sudamérica. Solo me falta Colombia, Ecuador, Venezuela, y la Guayana francesa", expresó.

—Y si volvieras a nacer, ¿serías piloto otra vez?

—Sí, sin dudas, sería piloto de vuelta, porque el automovilismo es un deporte que me salvó la vida. Casi me la quitó, es cierto, pero también me la salvó al darme satisfacciones, como la de girar en Monza con mis hijas, que son impagables. Ganar en el mismo lugar donde me accidenté, ir con mis hijas y estar en la pista donde me accidenté, un título nacional, otro en Italia… Y digo que me salvó la vida porque lo tomé a nivel profesional, como le puede salvar la vida a un tenista, al que le puede pasar algo, y sigue adelante, porque es profesional, porque le gusta, porque dice: “Bueno, a ver, ¿cómo hago?”, que es lo que yo pasé. Tras accidentarme y, estando arriba del auto, yo me preguntaba: “¿Cómo hago para seguir corriendo?” Lo hice, y lo logré.

En 2011 fui a Monza otra vez, y lo hice con mis hijas, Sol y Millie, ya que siempre que viajo a Italia, voy a visitar Monza. Voy con mis hijas, y estaba el director del autódromo. Sin dudarlo, me ofreció dar una vuelta al circuito. «Pero estoy con mis hijas», le respondí. «Andá con las nenas», me retrucó. Y hasta tengo un video de esto. «Mirá, acá se accidentó papá», sacamos fotos en el podio donde yo estaba… Esas satisfacciones personales me pegan más en lo emocional que haber pasado lo que pasé (se le humedecen los ojos). Y la vida te da revancha. Yo creo que el ser humano se adapta a muchas cosas, y no tiene límites. Superé mi accidente y sus secuelas, lo sé llevar muy bien, hago una vida normal y, por eso, sería piloto otra vez.

Adrián Hang Monza.jpeg
Hang visitó con sus hijas, Sol y Millie, el circuito de Monza, donde se accidentó en 1996.

Hang visitó con sus hijas, Sol y Millie, el circuito de Monza, donde se accidentó en 1996. "Estaba el director del autódromo. Sin dudarlo, me ofreció dar una vuelta al circuito. «Pero estoy con mis hijas», le respondí. «Andá con las nenas», me retrucó. Esas satisfacciones personales me pegan más en lo emocional que haber pasado lo que pasé", reveló el santafesino.

—Si hoy viene a verte un chico de 9 años, la misma edad con la que empezaste a correr, y te dice que quiere comenzar a competir, ¿cuáles serían tus consejos?

—¡Qué bueno que quiera hacerlo! Le diría que lo intente y, en el caso del deporte motor, debe haber un apoyo familiar detrás, de los mecánicos, hay muchas cosas que influyen. Yo no sé si iba a ser el mejor, pero sí fui constante. Fui constante en mi vida. Elegí esto, de correr en autos, y lo seguí. Y, al seguirlo, después del accidente, donde pareció que todo se terminaba, y muchos creían que estaba loco por intentar volver, y encima con prótesis, le saqué el jugo e, interiormente, me siento muy satisfecho.

Hoy, vienen a verme muchos que tienen problemas. Hace poco vino un chico que se jugaba al fútbol y se accidentó con una moto. Hoy está en una escuelita, haciendo muchas cosas, y con una pierna ortopédica. Como a todos, le recomendé que siga; a pesar del accidente y la pierna que perdió, que siga, porque no hay límites. La tecnología va avanzando, y hasta se superan algunas enfermedades terminales. En mi caso nunca tuve problemas pero, después de 20 años de la amputación, me empezó a doler una pierna. ¿Cómo podía ser? Parecía que no me iba a curar más, porque tenía un dolor crónico durante tres años. Crónico, y hasta estaba con morfina… Contacté al médico que me amputó en Italia, el doctor profesor Ivanoe Pellerin, y hoy tengo en mi espalda un neuroestimulador medular, con unos electrodos, y que ahora lo están utilizando para quienes sufren el Mal de Parkinson, de la misma empresa que hace los marcapasos. Es un aparatito que estimula la médula –ahí está instalado–, y hace como una corriente con un dispositivo al que le subo o bajo el voltaje, y me hace una parestesia, que va contra el dolor, por lo que el dolor no te sube, no llega a la médula, la central nerviosa que te lo manda a la cabeza.

Adrián Hang senado.jpeg
El viernes 4 de diciembre de 2015 y, en el Senado de la Nación, se realizó la XIV edición de la entrega del Premio Delfo Cabrera al Deportista Ejemplar. Mediante la iniciativa del senador fueguino Julio Catalán Magni (ex piloto del TC y el TN, entre otras categorías, quien posa a su izquierda), Adrián Hang –en la foto, acompañado por su hija Sol– fue distinguido con un diploma y una medalla de plata por su destacada trayectoria en el automovilismo deportivo.

El viernes 4 de diciembre de 2015 y, en el Senado de la Nación, se realizó la XIV edición de la entrega del Premio Delfo Cabrera al Deportista Ejemplar. Mediante la iniciativa del senador fueguino Julio Catalán Magni (ex piloto del TC y el TN, entre otras categorías, quien posa a su izquierda), Adrián Hang –en la foto, acompañado por su hija Sol– fue distinguido con un diploma y una medalla de plata por su destacada trayectoria en el automovilismo deportivo.

En la actualidad, mientras reparte su tiempo entre Santa Fe y Franck con sus actividades laborales y sus vínculos familiares y personales, Hang continúa siendo el modelo de quienes buscan torcerle el brazo al destino por lo que éste cruzó en sus vidas. Y, su conmovedor ejemplo –que atravesó fronteras y es conocido en distintos lugares del mundo– inspira a muchos a seguir adelante. Y, en esta lucha, no hay grises. “Si uno se queda, te tirás en la cama y solo te quejás, no vas a tener muchas soluciones. Hay que convivir con las cosas. En mi vida, el «no se puede» y el rendirse, no son opciones. Incluso cuando me vi que me faltaba un pie, por dentro mi cabeza decía: «¿Cómo voy a seguir?» Por eso, para mí, rendirse no es una opción”, concluyó.