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Sagardia tras la muerte de Fendrich: “Al enterarme no sentí nada”

Así lo afirmó quien en 1994 era tesorero del Banco Nación en la ciudad. Él recibió la nota del robo.

Mario César Fendrich era el primero en llegar a su trabajo y el último en irse. Sus compañeros del Banco Nación de Santa Fe lo respetaban y sus jefes confiaban en él. Pero el subtesorero no llegó a la tapa de los diarios por ser un empleado ejemplar y rutinario.

El viernes 23 de septiembre de 1994, Fendrich saludó a su esposa y le dijo que después del trabajo se iba a pescar con sus amigos. Pero el plan era otro. Sin que nadie lo viera, robó una fortuna del banco y se convirtió en el prófugo más buscado del país. Antes de escapar, no pudo con su prolijidad de bancario y le dejó una nota a su superior, Juan José Sagardía:

—Gallego, me llevé tres millones de pesos del tesoro y 187 mil dólares de la caja.

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¿Qué fue lo que pasó?

¿Fue un arrebato inconsciente, el último intento de salvación de un desesperado o un golpe calculado milimétricamente? Para los investigadores, Fendrich planeó el robo hasta el último detalle. El viernes en que se convirtió en un audaz ladrón, abrió el tesoro con una copia de la llave del gerente. Desconectó las alarmas, guardó la plata en una caja de madera y programó el reloj trigonométrico de la puerta de la bóveda para que se abriera cuatro días después: el martes por la mañana. Por último, se fugó en su Fiat Regatta rojo.

El lunes 26, el tesorero Juan Sagardía, que volvía de una licencia porque había participado en un congreso, no pudo abrir el tesoro.

Pensó que Fendrich, su reemplazante, había cometido un error de cálculos. Algo que podía pasar. Pero a todos les llamó la atención la ausencia del subtesorero, que siempre llegaba a horario y ese día aún no se había presentado a su trabajo. Por eso llamaron a su casa. «Estoy por hacer la denuncia porque todavía no volvió de pescar», dijo angustiada la esposa de Fendrich. La incertidumbre se convirtió en sospecha.

Las autoridades del banco y la Policía intentaron abrir la puerta del tesoro, pero fue imposible. Hubo que esperar un día para que se develara el secreto. ¿Dónde estaba Fendrich?¿El dinero seguía en la bóveda? El martes, el misterio llegó a su fin: Fendrich se había llevado 3.200.000 pesos (o dólares, porque era la época del uno a uno). Había dos sacas intactas que contenían otros 2.000.000 de pesos, pero el subtesorero las había dejado. Fendrich se llevó 30 mil billetes de 100 pesos. Con su sueldo de 1200 pesos tendría que haber trabajado 222 años para ganar el dinero que robó de un día para el otro.

“Lo que hizo Fendrich es un hecho delictivo pero es suyo. Es su conciencia. No soy yo quien lo va a juzgar”, dijo Sagardía, quien era el tesorero que recibió la nota del ladrón. El ex empleado del Banco recordó que con solo 17 años había ingresado a la entidad y a los 50 lo echaron. Su despido del banco estuvo directamente relacionado al robo de Fendrich. “Él insistió en que lo habían secuestrado pero ante la justicia no pudo demostrar como lo habían hecho. Por eso se transformó en excusa. Si él hubiera dicho que robó, no hubiese estado un solo dia en la cárcel. Porque sustrajo el dinero sin violencia”, continuó.

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Caída y devolución

La aventura del subtesorero duró 109 días. ¿Qué hizo durante el tiempo que estuvo prófugo? Aún es un misterio. Se dijo que viajó a Paraguay, que paseó con su amante mucho más joven que él por las playas de Brasil, que se hizo una cirugía plástica, y que apostó parte del dinero en el casino. El 9 de enero de 1995, un día después de la trágica muerte de Carlos Monzón, Fendrich se presentó ante la Justicia de Santa Fe. Su estrategia fue entregarse ese día porque pensó que el entierro de Monzón iba a opacarlo. Pero ese día, la noticia de su reaparición compartió espacio con la despedida de los restos del ex campéon mundial de boxeo. La apariencia del ex subtesorero no parecía la de un prófugo perturbado: estaba teñido de pelirrojo, se lo veía más gordo, tenía barba, lucía un bronceado envidiable, camisa sport y sandalias franciscanas. Su aspecto dejaba en claro que no había estado oculto bajo tierra. Cada vez que lo trasladaban a declarar, muchas personas le pedían autógrafos, vitoreaban su nombre, lo aplaudían o le gritaban “ídolo”. Fendrich parecía imperturbable, ajeno a lo que su acto había generado. “No me siento símbolo de nada”, llegó a decir.

Ante la Justicia, el bancario ensayó una coartada inverosímil: dijo que lo habían secuestrado y que los delincuentes se habían llevado todo el dinero. Nadie le creyó. Los millones nunca aparecieron.

Se dijo que Fendrich había comprado estancias en Paraguay, que un grupo de amigos lo había estafado y que un desconocido le sacó el dinero para invertir en la Bolsa.

Era un trabajo poco grato. La rutina a uno lo absorbe, lo atrapa y lo lleva. Nunca debí haber trabajado en un banco. Ahora soy más libre“, le confesó Fendrich al periodista Eduardo Parise pocos años después del robo.

En el banquillo

En el juicio oral declararon 33 testigos. Sus amigos y ex compañeros seguían sorprendidos por el mal paso del subtesorero. “Es un pingazo. Cuando íbamos a pescar, no quería que habláramos de política y de trabajo”, declaró uno de ellos. Las autoridades del Banco Nación pidieron una dura condena, para darle el ejemplo a los empleados honestos.

El 12 de noviembre de 1996, el Tribunal Oral Federal de Santa Fe lo condenó a ocho años, dos meses y 15 días de prisión por el delito de peculado. Además lo inhabilitaba de por vida para ejercer cargos públicos. Para Fendrich, ese castigo era un alivio. Un amigo suyo, Rogelio Picazo, fue absuelto: estaba acusado de ser uno de los ideólogos del robo. La Justicia estuvo a punto de desenterrar las tumbas del cementerio privado administrado por Picazo, «Parque de la eternidad», porque sospechaba que el botín estaba enterrado ahí.

En la cárcel de Las Flores, en Santa Fe, el ex empleado bancario tuvo una conducta excelente. Ni en prisión logró salir de la rutina de oficinista: le encomendaron tareas administrativas en un aula del penal. Después de cuatro años, nueve meses y 20 días de encierro, salió en libertad condicional. La Justicia le puso varias condiciones que debía cumplir durante poco más de dos años: vivir con su familia, trabajar y no tomar alcohol. Pero hubo un requisito insólito: si aparecía la plata robada, Fendrich debía llamar a los investigadores para devolverla. La plata nunca apareció. Lo único que recuperó la Justicia son los 72.000 pesos que pagó el condenado por una multa que le impusieron.

A Fendrich, su paso por la prisión lo hizo reflexionar: «Acá adentro hay más códigos que afuera». En libertad abrió una pequeña fábrica de placas de yeso para cielorrasos y de fibra de vidrio para lanchas. Luego vendió objetos de bazar. Tiempo después, en una entrevista televisiva reconoció que el robo fue planeado con un grupo de amigos en la mesa de un café.

Primero comenzó con una broma. Pero al final se ejecutó el golpe. ¿Esos amigos lo engañaron y se quedaron con el dinero? Nunca se supo. “Tal vez algún día se sepa la verdad”, dijo Fendrich con tono misterioso. Hace poco dijo al medio Aires de Santa Fe, enigmático: “Me obligaron a robar”.

Vivió en la zona sur de la ciudad hasta sus últimos días. Según algunos vecinos Fendrich “era una persona normal, que no se metía con nadie”. Hincha fanático de Colón, solía ir a la cancha a alentar a su equipo de fútbol predilecto con el bronceado que daba señal de que su pasión por la pesca seguía vigente. Participaba de los torneos que organiza el club de Colastiné y recorrió el río Paraná en lancha. La muerte lo encontró en Cuba, este martes, a los 77 años.

Podés volver a escuchar la entrevista►

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