El llamado de la enfermería
Alicia nació en Carbó, una estación de trenes que con los años se convirtió en ciudad. Era la más chica de ocho hermanos y creció en un hogar humilde, pero lleno de amor. Su vocación nació casi como un juego: en la escuela, moría por tener la cajita de la Cruz Roja.
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Ese deseo infantil se transformó en destino. Estudió enfermería en Santa Fe, donde se radicó y formó su identidad profesional.
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Alicia Reynoso participó en un Tatetí de AIRE.
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“Hoy, ya retirada, me dedico a malvinizar en los colegios, en las escuelas, en las cárceles, sembrando la verdad y el diálogo. Ese mismo diálogo que en el 82, quienes lo tenían que tener, no lo tuvieron y nos mandaron a una guerra”, expresó durante una emotiva entrevista con Valentina Macarena para el ciclo Tatetí, en AIRE.
En este sentido, añadió: “Yo no me veo en otra profesión que no sea la enfermería”. Su pasión por cuidar y acompañar la vida la llevó incluso a romper moldes familiares y sociales en los años 70, cuando ser enfermera no era bien visto. “Rompí muchos esquemas”, admitió.
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Alicia Reynoso, veterana de Malvinas y referente en la lucha por el reconocimiento de las mujeres en la guerra.
Maiquel Torcatt / Aire Digital
Nosotras también estuvimos
En 1980, Alicia ingresó a la Fuerza Aérea Argentina, convirtiéndose en una de las 21 primeras mujeres con grado militar. Su formación fue dura: defensa personal, manejo de armas, disciplina militar. Pero nada la preparó para lo que vendría después.
El 2 de abril de 1982, mientras el país despertaba eufórico por la recuperación de las Islas Malvinas, Alicia fue convocada como jefa de enfermería para integrar el hospital militar de campaña en Comodoro Rivadavia. Desde allí, asistió a soldados heridos, enfrentó el miedo, el estrés y la incertidumbre del combate.
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“Amo a ese hospital”, confesó Alicia. Se trataba de una estructura traída desde Estados Unidos, usada en la guerra de Vietnam, con quirófanos, camas, laboratorio y planta potabilizadora. A diferencia del olvido que las rodeaba, el centro de salud resistió, y sigue en pie. Ella lo vio incluso en misiones de paz posteriores en Haití y Kosovo.
Pero durante años, su historia y las de otras 13 enfermeras quedaron invisibilizadas. El reconocimiento tardó en llegar y Alicia lo peleó con la misma convicción con la que había ido a la guerra.
“Durante mucho tiempo fuimos NN entre los vivientes”, cuenta. El documental Nosotras también estuvimos y su libro Crónicas de un olvido son parte de esa reconstrucción de la memoria.
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Un legado para la memoria
Después de Malvinas, vino el silencio. La maternidad, un matrimonio truncado, la vida civil. Y también el trauma: “Con 24 años me pasó una guerra por la cabeza”, admitió. A Alicia le costó años poder decir la palabra “Malvinas” en voz alta.
El dolor se transformó en bronca y luego en acción. Luchó por su documento de veterana, por el lenguaje inclusivo que reconozca a las mujeres combatientes y por el derecho a ocupar el lugar que les corresponde en la historia.
“Hoy estoy ocupando un lugar como ciudadana reconocida en mi provincia. Muchas escuelas están poniendo nombres de enfermeras, y una va a llevar mi nombre. De todo aquello que tanto me hizo sufrir, saqué algo positivo”, reflexionó.
Alicia no tiene ídolos, salvo los 649 caídos en la guerra: “Son los únicos héroes. Nosotros tenemos el legado de mantenerlos vivos. Y eso significa contar la verdad, aunque duela”.
Cada 2 de abril, su historia cobra un nuevo sentido. No es solo la de una enfermera en una guerra. Es la de una mujer que, frente al olvido, eligió hablar. Que, ante la injusticia, alzó la voz por todas. Y que, como dice ella, prefiere vivir iluminada por la memoria, antes que seguir oscurecida por la indiferencia.
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