Mónica Santino fue futbolista, es directora técnica, es feminista. Ahora que las mujeres se ven jugando al fútbol, su trayectoria resplandece hacia las nuevas generaciones. Todas sus identidades se conjugaron en su proyecto La Nuestra, un colectivo formado por más de 150 niñas, mujeres y personas de la comunidad LGTBIQ+ en la Villa 31 de Buenos Aires. Con la pasión que vive el fútbol, cada partido que juega Argentina tiene que conjurar los “millones” de nervios. “Como les pasa a todos los que amamos el fútbol”, dice sobre la expectativa colectiva que genera la Selección (masculina). “Quizás es muy exagerado lo que nos va a pasar a todos y a todas como población ante cada partido, porque sigue siendo un juego”, admite y también despliega por qué en ese juego se tramite algo de la identidad como sociedad.
“Es la expresión cultural más importante de nuestro pueblo. Las razones son misteriosas, quizás ser hincha de un club no te sirva para nada, pero sirve para mucho. Es pertenencia, es tu barrio, explica tu familia y tus vínculos”, considera Santino, feliz de abrazar al juego como “un derecho” y una pasión.
“Para mí, con la hermosa experiencia de ser futbolista y con lo que nos pasa en la Villa 31, el fútbol sigue siendo un camino de libertad, una posibilidad de ser”, cuenta Mónica sobre una historia que conjuga la jugada colectiva para construir una sociedad mejor. “El fútbol es eso, una posibilidad de ser, somos este pueblo que somos, con nuestra miseria, con nuestras virtudes, con nuestras maravillas y lo expresamos de la mejor manera: en una cancha. Eso es lo que reivindicamos”, reflexiona.
El Mundial que se realiza en estos días en Qatar recibió muchos cuestionamientos por la violación de derechos humanos en ese emirato. “Es un Mundial rarísimo, todos y todas las que tenemos que ver con el fútbol sabemos desde 2010 lo forzada, lo extraña, lo corrupta que fue la elección de esta sede, donde siempre lo que va a prevalecer son los intereses económicos por arriba de cualquier otro”, describe la entrenadora y asegura: “Si me preguntan si le puedo dar un aspecto bueno, a pesar de que sabemos que en el lugar ocurre todo lo que ocurre, es que quizás mucho público común se entere de lo que ocurre en algún rincón del mundo gracias al Mundial de fútbol”.
Traza un paralelo con lo ocurrido en el Mundial de Argentina 1978. “Saltando las diferencias y los 44 años de distancia, podemos pensar en lo que significó el Mundial de 1978. Vos decís, estaba la cancha de River a 15 cuadras de la ex Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA), donde torturaban y mataban a compañeros y compañeras. Pero también estaban las Madres de Plaza de Mayo y su lucha, que fue empezando a tener algún impacto y reconocimiento mundial a partir del Mundial. Allí, se dio a conocer el momento más terrible de la historia argentina y cómo esa junta militar usaba el fútbol para otras cuestiones”, describe Mónica Santino.
La imagen es conocida. Marta Moreira de Alconada Aramburú, con su pañuelo blanco, les dice a periodistas extranjeros, en 1978, en la Plaza de Mayo: “Nosotros solamente queremos saber dónde están nuestros hijos. Vivos o muertos, pero queremos saber dónde están. Ya no sabemos a quién recurrir: consulados, embajadas, ministerios, iglesias, todas partes se nos han cerrado las puertas. Por eso les rogamos a ustedes, son nuestra última esperanza. Por favor, ayúdennos. Ayúdennos, por favor. Son nuestra última esperanza”. Estaban la BBC, un periodista de la televisión holandesa y comunicadores de Suecia. En aquella época donde filmar no era nada fácil, esas imágenes quedaron para la historia.
Hoy todos saben que en Qatar no se respetan los derechos humanos, que hay trabajadores esclavizados, que las mujeres no tienen libertad para elegir cómo desean vivir y las personas de la comunidad LGTBIQ+ son perseguidas. Un pequeño emirato desconocido, del que casi nadie sabía nada, se convirtió por un mes en el centro del mundo. “Siempre hay esperanza y el fútbol también es eso. Yo quiero rescatarlo como el juego de los pueblos, más allá de todos los intereses, del negocio y todos los chanchullos. Siempre hay fútbol, siempre hay valientes, siempre hay una forma de celebrar la vida”, plantea Santino.
Por eso mismo lleva más de una década apostando al fútbol en la Villa 31. “Es el derecho a jugar puesto en movimiento, que es que siempre nos gusta contar de la tremenda experiencia colectiva feminista que es La Nuestra es justamente tener ese tiempo para jugar, que resulta revolucionario en la vida de una piba de una barriada. Cuando hablamos desde el feminismo de tareas de cuidado y del agobio que representa sostener todo eso, para una piba en un barrio es desde una edad muy temprana, aprender toda esa tarea”, relata la entrenadora.
La vida se transforma al jugar. “Es algo relevante, importante y una forma de poder establecer algunos límites. Que en esos momentos en que están habitando la cancha haya un compañero varón que se responsabilice de sus hijos. Entonces, es una forma de entender por dónde pasa la violencia de género que te entra por el cuerpo, aparte de poder dominar una pelota y hacer cantidad de cosas con ese cuerpo que se supone culturalmente está únicamente hecho para maternar”, sigue su relato. Además de fútbol, las integrantes de La Nuestra tienen su propio programa de televisión. Se capacitaron para narrar su propia historia.
“El fútbol es un acto revolucionario para nosotras, una forma de solidaridad al aire libre muy auténtica, con los pies en la tierra y una forma también de encontrar un punto de partida para entender que las transformaciones son colectivas y, para nosotras, feministas”.
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