La perra que salvó vidas en la Segunda Guerra Mundial
Smoky, una heroína.
William “Bill” Wynne nació en 1922 en el estado de Pennsylvania. Con una educación que logró en la calle, comprendió que había dos prácticas que lo apasionaban: la fotografía y el entrenamiento canino.
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Margaret, su novia, le pidió que no se alistara al ejército y él cumplió; pero cuando lo reclutaron no se negó. Una persona de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos se enteró que entre sus facultades se destacaba un conocimiento sobre fotografía: hizo un entrenamiento básico; luego lo trasladaron a la base de la Fuerza Aérea de Peterson, en Colorado, para integrar el 11º Escuadrón de Cartografía Fotográfica. Eran 23 reclutas que debían atravesar un curso intensivo de un mes donde debían volar, aprender a tomar fotografías aéreas, recrear mapas y superar un arduo examen físico.
Una vez que se encontraban al este de Papúa, en la isla de Nueva Guinea. Intentaba arreglar un auto, pero empezó a oír ladridos tímidos: algo ínfimo que peleaba para sortear los yuyos y las hojas. Era marzo de 1944 y una perra desnutrida, esquelética, sucia, de dos kilos de peso, menos de 20 centímetros de estatura y un año de vida entraba en la Segunda Guerra Mundial, según informó Milton del Moral para Infobae.
Un sargento del parque vehicular la había encontrado en unas trincheras a la vera del camino. “El sargento Dare le había cortado el pelo al perro porque hacía demasiado calor”, relató. El dueño, por su adicción al póker, se la vendió: dos libras australianas -menos de siete dólares- costó el héroe de guerra Smoky, un pequeño Yorkshire Terrier.
Bill la adoptó, pero la perra no respondía a órdenes en inglés ni reaccionaba a lo que le indicaban los prisioneros japoneses: su origen era un enigma. Él tocaba la armónica y la perra aullaba. Era inteligente, simpática y astuta. La adiestró: le enseñó trucos y actos de obediencia. Su mantención y comida dependían de lo que le suministraba el escuadrón, ya que no era distinguido como un perro de guerra.
Dormían y vivían juntos en la isla Biak con el tercer Escuadrón de Rescate Aéreo. Un día, cuando Wynne contrajo la fiebre del dengue fue enviado al Hospital 233rd Station, sus compañeros llevaron a Smoky a reencontrarse con su amigo. Las enfermeras, encantadas con la visita del animal, lo llevaban a pasear por el hospital para distender y animar a los pacientes. “Para los heridos, Smoky era una completa distracción, algo que los alejaba de lo que los enfermaba, algo que podían esperar con anticipación. En su mente, su capacidad para marcar la diferencia era realmente simple: ‘Ella era sólo un instrumento de amor’”, reparó Frankel. Estuvo cinco días renovando la atmósfera del hospital, hasta el alta definitiva del soldado.
Smoky y Wynne compartieron doce operaciones: vuelos de reconocimiento, misiones de rescate y saltos en paracaídas; volaron sobre selvas, junglas, ríos, aldeas, archipiélagos remotos, líneas enemigas y cielos peligrosos; soportaron el ruido de las ametralladoras, 150 ataques aéreos y el tifón Louise en Okinawa en octubre de 1945.
Cuando se la llevó al norte del archipiélago de Filipinas, fue la solución: cavaron para comunicar la base con los escuadrones. Por debajo de la pista cruzaban las tuberías del drenaje: eran conductos de veinte centímetros de diámetro con una extensión de casi 22 metros, donde Smoky entraba junto a un collar atado con hilo de barrilete que llevaba el cableado telegráfico. Bill la introdujo en una de las bocas y se dirigió al otro lado del tubo. “Smoky, vení, vení”, le dijo. “Pareció tardar una eternidad, pero pronto vi sus ojos ámbar brillando dentro de la alcantarilla a pocos metros de distancia”, escribió en su libro Yorkie Doodle Dandy: A Memoir.
El acto de Smoky fijó un sistema de comunicación en el aeródromo dominado por las fuerzas aliadas.Su epopeya, según los relatos históricos, impidió que se destruyeran 40 aviones de combate y de reconocimiento y que no murieran 250 soldados estadounidenses en tareas de excavación a la intemperie de bombardeos del ejército imperial japonés.
Al finalizar la guerra, Smoky se convirtió en una celebridad y la televisión local y Hollywood contribuyeron a su fama: solía recorrer hospitales y visitar la casa de los soldados en recuperación. El 21 de febrero de 1957, a sus catorce años, murió mientras dormía. La enterraron en una caja de municiones de la Segunda Guerra Mundial junto a la reserva Rocky River de Cleveland. Años después, los veteranos levantaron sobre su tumba un monumento en su honor.








