Esposas tradicionales: el regreso a la familia conservadora que las redes convierten en tendencia
Las tradwives o "esposas tradicionales" idealizan en redes sociales los antiguos roles de género en la familia. En Argentina, chocan con la precarización y los bajos ingresos.
¿Por qué llaman tanto la atención las tradwives? ¿Es sólo una tendencia de redes?
Volver a la familia tradicional, que las mujeres se queden en sus casas y sólo los hombres voten. La corriente tiene gran raigambre en Estados Unidos, donde se muestran vidas glamorosas, con millones de seguidores en redes sociales. Son las tradwives, esposas tradicionales, que hacen de su vida hogareña un contenido y, muchas veces, también un negocio.
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Hannah Neeleman, conocida como Ballerina Farm, tiene 10,3 millones de seguidores en Instagram y allí cuenta las bondades de ser una esposa tradicional, con ocho hijos, comida casera y una vida dedicada a su marido millonario. Sin embargo, no pudo ocultar su decepción el día que esperaba como regalo un viaje a Grecia y recibió ¡un delantal para recoger huevos!
Pero más allá de lo llamativo, hay una pregunta. ¿Por qué llaman tanto la atención las tradwives? ¿Es sólo una tendencia de redes? ¿Qué vuelve atractiva una propuesta que supone regresar a roles que los feminismos llevan décadas cuestionando?
Hay un sustrato para la difusión de esta corriente. La emancipación de las mujeres trajo autonomía, pero no necesariamente alivio. Las mujeres ingresaron masivamente al mundo laboral sin poder desprenderse de las tareas de cuidado y domésticas. En vidas atravesadas por el agotamiento, la promesa de quedarse en casa puede aparecer, incluso, como una forma de descanso.
En Argentina, además, aparece otro límite: para la gran mayoría de las familias es imposible vivir con un solo ingreso. La fantasía de la esposa dedicada enteramente al hogar supone, antes que nada, un varón capaz de sostener económicamente a toda la familia.
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Y también empiezan a aparecer las fisuras de esas vidas perfectas. Una nota publicada hace pocos días en The New York Times en español muestra a una de las más conocidas tradwives, Bernadine Barber, aliviada tras un divorcio que supuso también una orden de restricción de acercamiento contra su exesposo por violencia familiar.
“Si cualquier sistema de creencias crea un desequilibrio de poder que pone a las mujeres o a cualquier persona en una posición de miedo, aislamiento o dependencia total, lo rechazo”, le dijo a Amanda Hess, colaboradora del prestigioso medio estadounidense.
El negocio de no trabajar
Es que las tradwives son muy instagrameables: sus vidas bucólicas, rodeadas de niños, sus comidas completamente caseras, generan “contenidos” que también desmienten eso de un solo proveedor en el hogar. En algunos casos, como el emblemático de Hannah (Ballerina Farm), ella genera entre 70 y 80 millones de dólares anuales con sus publicaciones.
“Una de las cuestiones que hay que señalar es que son personajes que en redes sociales tienen muchísimos seguidores, y que, por supuesto, están monetizando ese estilo de vida que pregonan”, plantea Mariángeles Camusso, licenciada en Comunicación Social, secretaria de Género y Sexualidades de la Facultad de Ciencia Política y Relaciones Internacionales de la Universidad Nacional de Rosario.
Esa aparente contradicción, entre no trabajar y generar dinero con sus publicaciones, si bien es la “más superficial” que Mariángeles señala, no es la única.
Para ella, lo más importante es “tratar de comprender por qué esas propuestas resultan atractivas y por qué tantas personas las siguen”.
La promesa de descansar
No le parece extraño. “En un mundo donde las personas estamos viviendo vidas muy precarizadas, sobreexplotadas de trabajo y actividades, con subjetividades y vínculos atravesados por las tecnologías digitales, esta propuesta cultural conservadora puede resultar, de alguna manera, atractiva, sobre todo para las nuevas generaciones”.
Porque la lucha de los movimientos feministas trajo muchísimos cambios sociales, pero también algunas paradojas. “Todas las promesas de emancipación que también hemos construido desde los feminismos en los últimos tiempos a las jóvenes y a las no tan jóvenes les ha implicado, en general, tener mucho más trabajo, porque han ingresado masivamente al mundo laboral, pero no han podido desprenderse de la responsabilidad y las tareas de cuidado, y, además, se han sumado las actividades vinculadas a la militancia y el activismo”, describe Mariángeles.
“Es lógico que pueda resultar atractivo para grandes masas de la población”.
Pero eso también es una trampa.
Un modelo difícil de importar
“Estas influencers están exportando un modelo en una sociedad que, al menos en lo que ellas exportan, permite que una familia con una cantidad importante de hijos pueda vivir con acceso a muchos bienes de consumo, con un solo ingreso”, señala Camusso.
En general, las influencers tradwives tienen su vida económica resuelta. “Están proponiéndole a muchas personas que se queden en el hogar, en países como el nuestro, donde el modelo de doble ingreso alcanza, en grandes porcentajes de la población, apenas para la subsistencia”, plantea la investigadora. No hay ningún negocio allí, sólo más complicaciones para llegar a fin de mes.
Al mismo tiempo, la inserción laboral “implica aceptar trabajos altamente precarizados”.
Ahí la ecuación no es tan clara, pero vuelve a aparecer. “Entonces, es comprensible, no digo que sea deseable, pero sí es comprensible que algunas puedan pensar que les conviene quedarse en sus casas, estar más tranquilas, aunque no sea un hogar tan glamoroso como el de Ballerina Farm”, apunta Camusso.
Esa es otra trampa, porque muchas jóvenes trabajan “una cantidad de horas enormes para cobrar un sueldo que apenas alcanza para los propios gastos que genera el trabajo”.
Lo que también aclara es que eso que parece tan idílico en las redes sociales también es una apariencia. “Siempre estamos hablando de los relatos y las narrativas de las redes”, apunta.
La historia de Barber muestra, además, el lado B de esa vida romantizada: contó que ya estaba pensando en separarse cuando todavía hacía los videos de la esposa feliz.
Del hogar al voto
Ahora, Erika Kirk, dirigente de la organización conservadora Turning Point USA y viuda de Charlie Kirk, junto con otras referentes del movimiento, promueven un “voto por hogar”, un sistema mediante el cual el esposo emitiría un único voto en representación de toda la familia. Esa corriente no llegó a Argentina, pero también conviene prestarle atención.
Si la discusión sobre la vuelta a los valores más tradicionales de una familia con esposo proveedor y esposa dedicada enteramente al hogar no termina de permear en la sociedad argentina, mucho menos la renuncia al voto, un derecho adquirido en 1947 en nuestro país.
Sobre un trasfondo de gran descreimiento de las instituciones democráticas, no existen corrientes de opinión dispuestas a delegar en los varones el derecho al voto.
Al respecto, Camusso cita la investigación de Carolina Spataro y Melina Vázquez, publicada en el libro Sin padre, sin marido y sin Estado. “El neoliberalismo hegemónico, que plantean muchas mujeres de La Libertad Avanza, no está tan ligado a una idea tan conservadora, más común en Estados Unidos”, señala Camusso.
Por el contrario, las mujeres libertarias en Argentina tienen otras ideas. “Aparece un modelo más vinculado a mujeres que sienten que, así como no han tenido ni padres ni maridos que se ocuparan de ellas, tampoco el Estado se ocupó de ellas y que han tenido que pelearlas solas. Entonces, no permea tanto la posibilidad de cederles a esos varones la capacidad de representarlas mediante el voto, que es otra de las grandes discusiones que están circulando”.
Si se trata sólo de tendencias en redes sociales, si hay algún correlato en la vida cotidiana de millones de personas que ponen likes, siguen o miran los reels de las esposas tradicionales, todo eso está por descubrir. Como dice el refrán popular, no todo lo que reluce es oro, tampoco las vidas que muestran perfectas en TikTok o Instagram.




