Rituales de año nuevo, pedidos para 2026, listas de propósitos. Cada 1° de enero comienza una nueva etapa y se renueva la ilusión de empezar de nuevo. Y también el deseo de ser otras personas. Ahorrar, estudiar, adelgazar son algunas de las metas que aparecen no sólo como ideal, sino también como prescripción para el año que se inicia.
Una costumbre de más de 4.000 años
¿De dónde vienen los propósitos de año nuevo? Son una costumbre milenaria. Ya en la antigua Babilonia, Siria y otros lugares de Mesopotamia existían festivales que tenían como objetivo agradecer a los dioses por la buena cosecha pasada. Traían su trampa: si no se realizaban, el año por venir sería menos próspero.
Según publicó Emily Lawrence en National Geographic, a finales del primer milenio a.C. un rey babilonio prometió públicamente ser un mejor gobernante. “Los estudiosos debaten si este acontecimiento ocurrió realmente o si la historia se vio influida por la disidencia dentro de la clase sacerdotal. No obstante, esta tradición sentó las bases de lo que hoy conocemos como propósitos de Año Nuevo”, explicó la autora del artículo "El origen milenario de los propósitos de Año Nuevo: una tradición de 4000 años".
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De la fe a la productividad
Más tarde, la religión tomó estas buenas intenciones para convertirlas en propósitos de ser “mejores cristianos”. El teólogo de Nueva Inglaterra Jonathan Edwards redactó 70 resoluciones de Año Nuevo entre 1722 y 1723, enfocadas en la santidad, la gloria de Dios y la autodisciplina espiritual. La productividad vendría después, con el transcurso del siglo XX y, sobre todo, en el nuevo milenio. Evitar el pecado y consagrarse “totalmente” a Cristo eran —entonces— los objetivos finales.
Hoy hay velas, papeles escritos y quemados, tapping y algunas fórmulas mágicas.
Las listas son cada vez más extensas: no sólo se prescriben metas de productividad; hasta el tiempo libre tiene que entrar dentro de los propósitos de “aprovechar el tiempo”. Estudiar idiomas, ver determinada cantidad de películas, leer determinada cantidad de libros, hacer más de 10.000 pasos por día, ir al gimnasio cinco veces por semana. Todo se mide. Nada debe quedar librado al azar de la vida, a lo inesperado, al deseo, al libre albedrío.
¿Es la lista de propósitos de Año Nuevo un pasaporte definitivo a una nueva frustración? Depende, en primer lugar, de lo altos que sean los ideales. Hay un meme muy divertido que coteja los objetivos de cada año: si en 2023 era “bajar 20 kilos”, en 2026 se convirtió en “no engordar”.
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Cuando el ideal se achica
El principio de realidad se va afilando y, cada año que no se cumplen las metas más ambiciosas, se achica el horizonte. Como dice "El témpano", la canción de Adrián Abonizio: “Vivo para no perder”.
Y si los propósitos son inalcanzables, muy pronto los podés abandonar. “Si no lo hiciste antes del 7 de enero, ya fue”. Esa frase, casi un chiste, esconde una realidad.
“Por lo general, te das cuenta en la segunda semana de enero de que no los vas a cumplir, porque suelen ser demasiado grandes. Por lo general, son los que no cumpliste el año anterior y les sumás alguno más para ser masoquista”, explica la psicóloga Luciana Giacomodonato, matrícula 5009.
El alivio de no estar sola
Y esa charla de enero suele ser con amigas. “Iba a salir a caminar una hora todos los días, iba a dejar las harinas, iba a ahorrar 100 dólares por semana y acá estoy, comiendo una pizza y tomando una birra, en rojo, hablando con mis amigas que están igual. Y eso es importante, porque cuando hay alguien similar a vos, te aliviás. Y tiene que ver con lo social”, sigue Giacomodonato.
Para ella, el refrán “mal de muchos, consuelo de tontos” está muy alejado de la necesidad humana de crear lazos sociales. “El imperativo de la individualidad también nos agobia. Es todo mucho más divertido con otros, con otras. La vida se enriquece así. Porque a veces parece que todos tenemos que ser intocables, perfectos, impolutos. Y, en realidad, a mí me interesa la gente desprolija”, continúa.
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El mandato del “balance”
Lo que está en el origen son los mandatos. “Hay un deber ser. A mí eso del ‘balance de fin de año’ siempre me hace preguntarme… Porque los balances se hacen en las empresas y les pueden dar cero. Pero, en la vida de una persona, un año no puede dar cero”, plantea esta profesional.
Imposible hacer un balance personal como si la vida fuera una cuestión de asientos contables. En realidad —explica— “es un equilibrio dinámico: sube y baja, oscila y, a veces, es ‘de reversa, mami’”.
Siempre terraza, nunca sótano
Otro dicho que cuestiona es el que se popularizó por la escena que protagoniza Mercedes Morán en la película El hombre de tu vida: “Siempre terraza, nunca sótano”.
Para Giacomodonato, eso también es imposible. “A veces una va al sótano o a la planta baja, ¿por qué no? Nada que sea siempre o nunca puede ser aliviador. Al contrario, es una fuente inagotable de insatisfacción”, sostiene.
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Y hay algo más: no se puede saber de antemano si algo es “lo mejor”. “Podés tener un proyecto, pero cuál fue el mejor día de tu vida, la mejor decisión de crianza, la mejor cita, lo sabés siempre después”, considera.
El ocio, ese lujo sospechoso
Claro que hoy no hay tiempo, y el después parece muy lejano. Casi nadie se propone disfrutar más, estar ociosa.
Es que “la mercantilización ha avanzado y todo se reduce a la productividad. ¿Cómo puede ser que el imperativo sea producir?”, se pregunta la psicóloga.
“Eso tiene que ver con correr detrás de una demanda de mercado, en la lógica de que el tiempo es dinero”, analiza, para defender el tiempo libre.
“El ocio es una potestad humana, pero va a ser visto como una pérdida de tiempo. En las redes sociales está lleno de influencers o crypto bros que te dicen que mientras vos dormías la siesta, ellos compraron no sé cuántas acciones. Ahí te refuerzan esa idea del hacer, de tener ocho trabajos y hacer de Uber a las tres de la madrugada”, plantea.
Entonces, disfrutar no parece legítimo. Al menos, no para todo el mundo. Las personas de a pie deben sentir culpa por pasar una tarde sin hacer nada, mientras otros muestran sus viajes de placer como privilegio de unos pocos.
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“Las personas que concentran riquezas no son trabajadores de sol a sol; más bien son expertas en hacer trabajar a otros”, apunta Giacomodonato, y recuerda una frase de la escritora Elsa Bornemann, autora de No hagan olas: “No es posible amasar una gran fortuna sin hacer harina a los demás”.
Otros propósitos posibles
Por eso, esta psicóloga prefiere postular otros propósitos de inicio de año: “No perder el contacto ni las redes con las personas que nos hacen bien, hacer lo posible para vivir lo más acorde a lo que nos imaginamos y de la manera más digna posible, no detestar nuestro cuerpo, tener una mirada amorosa”.
Quizás sean propósitos menos populares, en medio de la proliferación de otros mensajes, pero son más humanos y permiten disfrutar la vida sin tantas metas imposibles.
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