Analía Martínez tenía 28 años cuando el Río Salado llegó hasta el techo de su casa. Dejó varias marcas materiales, pero también en el cuerpo y en lo más profundo de su ser. Tantas que cuando hoy -después de 20 años- escucha que llueve de noche, la piel se le eriza y ya no puede dormir tranquila.
Dice que probablemente fueron las hormonas, porque en ese momento estaba embarazada de Miguel, uno de sus hijos, pero lo que sintió esa “noche eterna”, como la describe, desde un tercer piso del Fonavi Centenario, donde se refugió junto a su mamá, sus otros hijos, hermanos y sobrinos, no se la va a olvidar jamás. En total eran 22.
Analía vivía junto a su familia en calle Reconquista. Ese mediodía del 29 de abril, muy gris como los días anteriores, miraba por televisión lo que estaba pasando en barrio Barranquitas desde la noche anterior, además tenía familiares que les contaban que estaba entrando el agua y que ya se estaban subiendo a los techos. “Nunca pensamos que iba a llegar acá”, recordó.
En un determinado momento se cortó la luz en el barrio y a lo lejos escuchó un patrullero que alertaba que se venía el agua. “Al principio no le creíamos, no sabíamos o no entendíamos bien lo que era la inundación. Pero empezamos a juntar algunas cosas y nos fuimos a la casa de mi mamá que vivía en el Fonavi Centenario. Anocheció, mientras pensábamos qué llevábamos”.
“Nos decían que subamos las cosas arriba del ropero y la mesa, y eso hicimos. Muchas personas del barrio habían ido a ayudar al Hospital de Niños y llegaron desesperadas porque de un momento a otro quedó bajo agua. «Se viene, pasó la vía y no se la puede parar» nos dijeron”.
En ese momento, la desesperación los invadió y fue un sentimiento colectivo, lo reflejaban los rostros de cada uno de los vecinos. “Llegamos al Fonavi con mínimas cosas y nos queríamos ayudar entre todos. Pero no alcanzamos y empezamos a ver como todo se empezaba a llenar de agua.”
Desde ese tercer piso, en medio la oscuridad, las horas pasaron lentamente. “Recuerdo que estaba parada en la venta y ví que estaba todo desaparecido. El brillo del agua en medio de la oscuridad, los gritos y llantos de muchas personas, mayores la mayoría, que no querían salir de su casa. Recuerdo cómo desde las lanchas tiraban cuerpos de personas que habían fallecido. Ahí estuvimos cinco días sin poder salir, hasta que el agua fue bajando muy de a poco…”.
Esos días pasaron relativamente rápido, contó Analía. “Sentimos mucho la solidaridad de la gente, de conocidos y no conocidos. Todos pusieron sus lanchas a disposición, fueron comprensivos y compasivos. Llegaban en gomones y nos traían comida. Y desde el agua gritaban nombres y apellidos de familias que alguien estaba buscando”.
El esposo de Analía había quedado en el techo de la casa de calle Reconquista y un día llegó nadando, atravesó el Club Colón para ver a su familia y para buscar ropa seca. “Él y mi suegra se enfermaron. Mi marido de leotospirosis, y la verdad que estuvo muy mal, y mi suegra –que estaba en un centro de evacuados- de hepatitis. Falleció unos años después como consecuencia de esa enfermedad”.
La vuelta a casa, o a lo que quedó de ella
Luego de esos días grises y dolorosos llegó el momento de volver a casa. “Estabas quebrada por dentro, pero tenías que estar fuerte por fuera porque había que seguir adelante. Me acuerdo cuando volví a entrar por primera vez. Había una mínima luz, una cama pelada, alguna ropa mojada en el ropero y nada más. Tuvimos que tirar la mayoría de las cosas y algunas pudimos reciclar. Nos quedamos sin nada y sólo queríamos recuperar nuestra dignidad”.
A 20 años de aquel 2003…
Analía reconoce que trata de no recordar esos momentos, que los trae a la mesa cuando a Miguel o a sus otros hijos le preguntan en la escuela cómo atravesó ese momento su familia, o qué recuerdan de esa fecha tan triste para la ciudad.
“Hablamos de lo bueno que emergió durante esa época: que la gente fue solidaria y que si bien estábamos la mayoría de los barrios bajo agua éramos y estábamos todos con todos para ayudarnos, en lugar de todos contra todos, como sucede a veces. Sentí como pocas veces una unidad de la población santafesina y un arrancar desde cero”.
Hoy con 48 años, Analía es una militante de la vida y si bien su familia siempre fue solidaria, su compromiso creció desde ese triste 2003. En su casa actual, ubicada en calle Colón y Raúl Tacca, de barrio Centenario da la copa de leche, colabora con los niños que participan de la liga de fútbol, contiene, y está pendiente de los que más lo necesitan.
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