Obreras y madres de hierro que levantan el nuevo puente Santa Fe - Santo Tomé: algún día sus hijos dirán "ahí trabajó mi mamá"
Cinco mujeres cuentan su historia y lo que más desean: que cuando el nuevo puente esté terminado, su trabajo quede en la memoria de sus familias.
Son mujeres y están escribiendo, a su manera, un pedazo de la historia del nuevo puente Santa Fe – Santo Tomé.
Son mujeres y están escribiendo, a su manera, un pedazo de la historia del nuevo puente Santa Fe – Santo Tomé.
Llegan en moto, firman la entrada, se ponen el casco y suben. Arriba, sobre la losa, atan hierros, arman cordones, acomodan estribos. Abajo, otras frenan camiones y autos cuando entran las vigas. Son mujeres, son pocas en una obra de mayoría masculina, y están escribiendo, a su manera, un pedazo de la historia del nuevo puente Santa Fe – Santo Tomé.
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AIRE habló con cinco de ellas. Tienen entre 20 años y la edad de ser abuelas, algunas son madres solteras, otras trabajan en la misma obra que sus parejas. Todas coinciden en lo mismo: no es fácil, pero no lo cambian por nada.
La obra en la que trabajan es el puente más extenso que se construye hoy en la Argentina: 1.324 metros, paralelo al actual Puente Carretero. Cuando esté terminado, el nuevo recibirá el tránsito hacia Santa Fe y el viejo quedará para el que va hacia Santo Tomé.
Testimonios de obreras
Para varias, el oficio viene de casa. Alexis Arce, ayudante, planillera y banderillera, lo resume así: “Mi papá fue obrero, aprendí un montón de cosas y siempre me animé a todo”. Sofía Paniza, de San José de Rincón y medio oficial armadora, empezó a construir de chica con su papá y terminó levantando sola su propia casa. Cuando le preguntan si prefiere una obra o limpiar casas, no duda: “Yo elijo mil veces trabajar en una obra”.
Otras llegaron por curiosidad y por el empujón de otras mujeres. Ludmila Medina, medio oficial armadora, fue al gremio con una amiga después de ver que ya habían entrado muchas chicas. “Dijimos: vamos a probar”, cuenta. Esta es su primera obra y la semana siguiente a la entrevista cumplía un año en ella. Gladis Coria, también medio oficial armadora, se enteró de que convocaban mujeres y al mes entró. Cuando ella llegó, eran cuatro. Hoy son seis.
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A Zoe Morales la obra le tocó a los 20 años, en su primer trabajo. Vive sola y quería mantenerse por sus propios medios. “Dije: voy a probar y si tengo suerte, voy para adelante”.
Todas hablan de los nervios de los primeros días y de lo mismo después: el compañerismo. “Llegás acá sin saber nada, y todo lo que aprendimos nos lo enseñaron ellos”, dice Ludmila. “Nos cuidan mucho los chicos”, suma Gladis. “Acá somos todos compañeros”, repite Zoe.
Entre ellas, el vínculo se extiende más allá del casco: casi vecinas, se juntan fuera de la obra. Alexis lo dice con una frase que se repite en el grupo: “Después de esto nos va a costar entrar en otra obra y adaptarnos. Somos prácticamente familia”.
Cortar el tránsito, atar hierro
Lo que hacen es físico y exige carácter. Las banderilleras cortan el tránsito cuando ingresan las vigas y tienen que hacerse respetar. “Hay que ser fuerte, porque por ahí quieren pasar igual y uno debe frenarlo y ponerse como autoridad: no podés, por tu seguridad”, explica Alexis. Es, dice, lo más difícil de su trabajo y a la vez lo que más le gusta.
Las armadoras trabajan en altura, con arnés, armando y atando hierro para la losa. Sofía lo describe: “Es todo basado en armar”. Las dificultades, dicen, son las de cualquier obra a cielo abierto. Ludmila: “Si hay mucho viento, te arruina”.
Madre y obrera
Cuando termina el turno en la obra, empieza el otro. Sofía, madre soltera de dos hijos, lo dice sin vueltas: “Nosotras llegamos a nuestra casa y tenemos que seguir trabajando". Paga una niñera a la mañana y a la tarde recibe ayuda de sus padres.
Todas se apoyan en la familia: la mamá de Gladis y su cuñada, los padres y la hermana de Ludmila. Alexis, que tiene tres hijos y es abuela, lo cuenta así: “Todos los días salgo de trabajar, llego a mi casa, estoy con mis hijas y después voy a ver a mis nietos”.
“Algo mío va a quedar acá”
El orgullo es la palabra que más aparece. Y casi siempre mira hacia los hijos. “Mis hijas me dicen: estamos orgullosas”, cuenta Alexis. “Y digo: algún día se van a acordar, ahí estuvo mi mamá. Algo va a quedar mío acá”.
Gladis recuerda cómo la miran desde la calle: “Te levantás a atar y pasa la gente y te mira dos veces, como diciendo: ¡una chica!”. Y anticipa lo que escuchará su familia al cruzar: “Mi mamá trabajó en el puente”. Sofía le manda videos a sus hijos, que van a pasar en colectivo, y su hermana, que vive en Santo Tomé, toca bocina todos los días.
Para Zoe, el final de la obra va a ser agridulce: “Va a ser triste, pero a la vez lindo saber que nosotras fuimos parte”. Y espera que no sea el último: “Que apenas se termine podamos seguir siendo parte de un trabajo como obreras”.
Cuando el puente esté terminado y miles de personas lo crucen, ellas quieren una sola cosa. Alexis lo dice: “Que sepan que también nosotras somos parte de esto”. Y Sofía, que la gente se acerque a ver cómo trabajan, “para que vean la valentía de una”.
Este domingo, Día de la Madre, cuatro de ellas estarán en casa con sus hijos, y en algún momento volverán a pensar en el puente. Porque para Alexis, Gladis, Ludmila y Sofía, ser madre y obrera nunca fue una elección entre una cosa y la otra: es la misma jornada, sin pausa.
Ludmila lo resume en lo que les dice a sus hijos: “Ustedes vayan a la escuela, mami se encarga”. Y cuando el puente esté terminado y miles de personas lo crucen, ellos podrán señalarlo y decir, con orgullo: “Ahí estuvo mi mamá”.






