Hacía apenas dos semanas que había iniciado el año cuando una noticia sacudió al centro de la provincia de Santa Fe: Agustina Imvinkelried, una adolescente de 17 años, había desaparecido en la ciudad de Esperanza, luego de salir del boliche. Durante 24 horas, su familia y la comunidad toda la buscaron con desesperación. El desenlace fue el peor: el lunes 14 de enero, su cuerpo fue localizado a la vera de descampado, a unos 400 metros del lugar donde había sido vista con vida por última vez. Pablo Trionfini, el único sospechoso por el caso, se había suicidado minutos antes, cuando la Policía se aprestaba a detenerlo. El brutal femicidio de Agustina impulsó movilizaciones protagonizadas por los colectivos feministas en toda la provincia, bajo la consigna "Vivas Nos Queremos".
Apenas 24 horas después, cuando el estupor por el crimen de Agustina aún reinaba en la sociedad, la noticia de otro femicidio llegó desde Gálvez: Danisa Canale había sido asesinada a mazazos por su esposo, Jorge Trossero, en la vivienda que ambos compartían. El hombre fue detenido tras un llamado al 911 en el que confesó “vengan a buscarme, que maté a mi mujer”. Otra vez, la violencia machista se cobraba la vida de una santafesina.
Mayo fue un mes particularmente difícil. El lunes 13, Natalia Guadalupe Cata fue muerta a puñaladas y su cuerpo abandonado en un zanjón, cerca del relleno sanitario. Hasta el momento, el crimen sigue impune y la causa paralizada. La Justicia aún no ha dado indicios de quién puede ser el responsable de su muerte.
El 26 de ese mismo mes, Verónica Ramírez (34) y su pequeña hija Valentina Escalante (10) fueron asesinadas por la expareja de Verónica, Hugo Daniel Blanco. La mujer lo había denunciado previamente por violencia de género, e incluso había una orden de restricción perimetral vigente. Sin embargo, nada alcanzó para evitar el trágico desenlace. Blanco asesinó a ambas a puñaladas y se dio a la fuga. Estuvo 48 horas prófugo, hasta que se entregó. Fue imputado por los delitos de homicidio calificado por el vínculo y por ser perpetrado por un hombre en contra de una mujer mediando violencia de género –por el crimen de Verónica– y de homicidio calificado por ser perpetrado con el propósito de causar sufrimiento a una persona con la cual mantenía una relación de pareja (femicidio vinculado) –por la muerte de Valentina–. Espera el juicio en prisión.
Rocío Serrano se había separado de su pareja a raíz del infierno que vivía: Alberto Vilella era adicto a las drogas y la amenazaba de muerte continuamente. El 4 de junio, horas después de una nueva marcha Ni Una Menos en la ciudad, Rocío radicó la denuncia en la Comisaría de la Mujer. Iban a entregarle el botón antipánico, pero no llegó a recibirlo: a las pocas horas, el hombre llegó a la vivienda, la asesinó de un disparo de escopeta delante de sus hijos de 2 y 9 años y luego se suicidó. Desde ese momento, los niños quedaron al cuidado de una de las hermanas de Rocío.
El viernes 13 de septiembre, las hijas de María Cecilia Burgadt se alarmaron: su mamá, enfermera del hospital Cullen, no había vuelto a casa luego de trabajar y no atendía los llamados ni los mensajes. De inmediato, supieron que algo andaba mal. Las jóvenes sospecharon desde un principio de Sebastián Maschio, el hombre que confesó la localización del cuerpo y que está detenido por su relación con el crimen. Cecilia había tenido una relación con él y, cuando ella decidió cortar con el vínculo, él no aceptó la decisión y comenzó a hostigarla. Ese día, la mujer le dijo a sus hijas que se iba a encontrar con él porque se había ofrecido a ayudarla con los arreglos del auto que había comprado hace poco. A pesar de todos estos indicios, en la Comisaría 14ª de Rincón no quisieron tomar la denuncia. Recién pudieron radicarla el sábado a la madrugada en la Comisaría de la Mujer, en Santa Fe.
Angustiadas por la inacción estatal, las hijas motorizaron la difusión de la búsqueda en redes sociales y se comunicaron telefónicamente con el hombre, quien negó haber visto a la mujer y les cortó el teléfono. El sábado a la mañana decidieron ir hasta la casa del sospechoso, donde encontraron el auto de su mamá. Entonces llamaron -otra vez- al 911. “Si no encontrábamos el auto nosotras, él se habría escapado y nunca hubiéramos encontrado a mamá”, afirmó Soledad, quien además sostuvo que la Policía y la Justicia “podrían haber actuado antes”. Los efectivos ingresaron a la vivienda en horas de la siesta y dieron con el cuerpo de Cecilia. Maschio permanece detenido desde entonces.
Ana María Alurralde tenía 59 años y hace 20 era la pareja de Santiago Daniel Fernández, el hombre que la asesinó. La última vez que alguien la vio con vida fue el jueves de 17 de octubre, y se estima que el femicida la mató esa misma noche. Al día siguiente, hizo una falsa denuncia por la desaparición de su esposa, pero la investigación cerró el cerco sobre él mismo. Fue detenido y, finalmente, confesó que había abandonado el cuerpo de Ana María en cercanías a Monte Vera.
Aldo Alurralde, juez federal de Reconquista y hermano de la víctima, habló con Aire de Santa Fe al día siguiente del triste desenlace, y contó que el femicida demostraba "celos enfermizos" por Ana María. "Ningún ser humano merece que lo maten, menos cuando es una situación de abuso, típica de violencia de género, del machismo en su máxima expresión”, aseguró el magiestrado y dejó un mensaje: “Mi consejo es que ninguna persona conviva con otra por el hecho de no estar sola en la vida, si el otro no merece tenerla al lado. Los celos enfermizos llevan la manipulación y el sometimiento psicológico”, reflexionó.
El 9 de noviembre, Esperanza fue otra vez escenario de un femicidio. Jorge "El Tío" Romero ingresó al comercio que atendía Gabriela Degiorgio, una mujer de 36 años. Abusó sexualmente de ella, robó y la asesinó. La noticia del crimen volvió a estremecer a una ciudad que aún lloraba a Agustina Imvinkelried. La historia tomó un matiz aún más oscuro cuando trascendieron los antecedentes de Romero: hacía apenas unos pocos meses que había salido de prisión tras cumplir una condena por un hecho similar perpetrado en 2013. En aquella ocasión, no asesinó a su víctima, pero sí le ocasionó numerosas lesiones tanto físicas como anímicas.
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Los crímenes de María Carla Morel y Maira Tapia
María Carla Morel (46) fue asesinada a golpes el 20 de mayo en Rincón. En principio, se pensó en un crimen marcado por la violencia de género, pero la investigación permitió luego dilucidar que el asesino fue un joven del lugar que la mató para robarle el celular. De este modo, la Justicia descartó que se haya tratado de un femicidio. Sin embargo, las organizaciones feministas insisten en señalar la desigualdad de género que rodea al caso, al considerar que hubo un ensañamiento particular con la víctima por su condición de mujer, aunque el móvil del hecho haya sido un robo.
El crimen de Maira Tapia es más reciente. La joven de 25 años fue asesinada de varios disparos en la cabeza el 16 de diciembre en barrio Villa Elsa. Aunque todavía no se caratuló el hecho como homicidio agravado por violencia de género, tanto los investigadores como la familia apuntan contra el novio de Maira –que estuvo detenido– por lo que no se puede descartar aún que se trate de un femicidio.
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