El timbre suena y anuncia la llegada de las visitas, desde dentro una voz indica que acudirá a abrir de inmediato. Un joven alto, cubierto por un gorro, lentes y una cuellera invita a pasar.
Gonzalo indica el camino al interior, en donde otros dos jóvenes lijan las paredes para poder pintarlas. La actividad forma parte de las tareas que los huéspedes que se alojan en el centro tienen que cumplir.
El Buen Samaritano es una institución que cuenta con más de 16 sedes en la provincia de Santa Fe abocadas a la prevención y tratamiento de las adicciones así como a la reinserción de los afectados. Hoy Gonzalo forma parte del equipo de la institución y se desempeña como coordinador, guiando a los jóvenes y hombres que acuden para salir de las adicciones.
La tarea que hoy lleva adelante es una manera de retribuir lo que él recibió mientras daba sus primeros pasos para salir del consumo.
"Estoy ayudando hace dos años. También pasé por problemas de adicciones. Antes mi historia de vida transcurría entre la delincuencia, la mala vida", enumera este joven de 24 años oriundo de Chaco.
El 10 de septiembre de 2021 Gonzalo llegó de manera voluntaria al Buen Samaritano. Antes de ingresar su vida oscilaba entre la delincuencia y las drogas.
"Fue una de las mejores decisiones que tomé. Porque afuera si no iba preso o terminaba muerto. El Samaritano me devolvió la vida", afirma el joven. Desde que ingresó a la institución, comenzó un cambio que se extendió por más de un año y que al día de hoy continúa transitando.
El proceso de recuperación comienza de forma voluntaria y por etapas que se extienden en promedio tres meses. “Lo más difícil es tomar la decisión”, asegura.
El espacio de Santa Fe funciona como un lugar de pre internación al que los voluntarios llegan para pasar una de las etapas más duras: la abstinencia. Una vez superado ese objetivo, son derivados al centro de internación.
Gonzalo sabe bien cómo se viven esos momentos y asegura que para poder pasarlos es esencial tener la decisión de hacerlo y mucha voluntad.
“Me costó adaptarme, era un estilo de vida muy desconocido para mí. En el sentido de, por ejemplo, rezar, de todo lo que significa Dios. Lo que es asistir a misa”, enumera.
La fe es un factor que los jóvenes abrazan para sostener el paso en su recorrido.
"El Samaritano en cada chico va cambiando, lo primero y principal es el pensamiento, la manera de hablar, actuar, comportarse. Y uno va creciendo en eso todos los días", enumera el joven.
El alejamiento de las adicciones también propicia el acercamiento a la familia, un contacto que muchas veces se pierde por las consecuencias que el consumo de drogas y el accionar delictivo provocan.
"La etapa que empieza acá se hace una sanación interior, primero con uno mismo y con el entorno familiar. Y después llega la parte en que te das la oportunidad de experimentar y perdonarte. Todo llega de la mano de Dios", sostiene Gonzalo.
Para los que llegan a la institución los desafíos más importantes son la disciplina y la obediencia. En último lugar, mencionan la oración.
Las rutinas diarias se centran en cumplir con las tareas de la casa en horario y forma. De esta manera se logra el compromiso y mantiene ocupados a los jóvenes.
El reencuentro con Dios a través de la oración (independientemente del credo que se predique) es otra pata fundamental para los voluntarios.
Hoy Gonzalo tiene planes para su futuro, asegura que luego de haber atravesado el proceso de recuperación se le abrieron muchas puertas. Terminar el secundario y comenzar a trabajar en alguno de los oficios que aprendió en estos dos últimos años son algunos de sus planes. Hasta que llegue el momento asegura que continuará su labor de servicio en el Buen Samaritano. “Nosotros estamos al servicio de la ayuda a los demás. Porque sabemos, cómo está hoy el mundo con la droga y la delincuencia. Así que, les mando fuerza”, finaliza.
Te puede interesar








