El destino, la vida o Dios –depende de lo que crea cada uno– hizo que el 1 de agosto del 2016 Mariano Pierotti y Janina Ludueña se encuentren. Él era estudiante del Instituto Universitario del Gran Rosario y estaba haciendo su práctica para ser kinesiólogo en el Hospital de Rehabilitación Integral “Dr. Carlos Vera Candioti” de la ciudad de Santa Fe. Ella era médica de emergencias y estaba haciendo su guardia en el 107, lugar donde trabajaba hacía sólo un par de meses. A cinco años de aquel día, se volvieron a encontrar para contar su historia a Aire Digital.
A las 10.53 de ese lunes del 2016, la médica Ludueña junto al chofer Claudio Manfredi y al enfermero Diego Ortiz pidieron permiso para ir a cargar combustible a la estación de servicio ubicada en Tucumán y Avenida Gobernador Freyre. El permiso fue dado y marcharon hacia el lugar. Cuando ingresaron de nuevo a la ambulancia, les preguntaron si estaban disponibles y dijeron que sí: inmediatamente la operadora les avisó que había una víctima de electrocución en inmediaciones del Hospital Vera Candioti. Con esa escueta información salieron con la sirena encendida y a toda velocidad hacia el destino indicado.
Mientras se dirigían al lugar, Ludueña intentó obtener más información pero no había datos. Demoraron menos de cinco minutos en llegar. Una mujer les indicó que era adentro del hospital y que estaban reanimando a una persona. En ese momento, la médica indicó a sus compañeros que bajen de la ambulancia los elementos necesarios para la reanimación. Mientras, ella corrió a reemplazar a la persona que ya estaba haciendo las maniobras de RCP.
Todo era velocidad, adrenalina y movimiento. Era como una danza ensayada entre desconocidos que buscaban un sólo objetivo: que Pierotti vuelva a la vida.
Unos minutos antes de esa escena, el joven estudiante de kinesiología estaba sacando a un paciente con una grúa de una pileta ubicada en la hidroterapia del Vera Candioti cuando recibió una fuerte descarga eléctrica. Sus compañeros intentaron sacarlo, pero tuvieron que cortar la luz en el hospital para poder retirarlo. Desde ese momento todos trabajaron acorde a las circunstancias y el accionar de cada uno permitió el resultado final.
Ludueña se acercó a la camilla en la que estaba Pierotti y se incorporó al engranaje que ya estaba en marcha. "Mariano no respondía. Su corazón no latía y no había reacción cerebral: estaba sin vida", contó a Aire Digital.
Los protocolos que aprenden los profesionales de la salud hablan de reanimar hasta tres minutos. Porque después de eso, tanto el corazón como el cerebro empiezan a sufrir la falta de oxígeno. A los cinco minutos bajan las probabilidades de que el paciente logre salir del paro. Se da como sugerencia, no es obligatorio, reanimar hasta 20 minutos. A partir del minuto 21, si no hubo pulso o reacción de las pupilas, las chances son prácticamente nulas.
En el caso de Pierotti el equipo del 107 estuvo 45 minutos sin frenar. Sí, 45 minutos. Ludueña era la que tenía que decidir si había que continuar o no. Y recién 45 minutos después gritó las dos palabras que todos querían escuchar: "Hay pulso".
La última vez que se vieron
Al recuperar su pulso, el joven fue trasladado a la terapia intensiva del Hospital José María Cullen. A los tres días, Ludueña se acercó al hospital y los compañeros de Pierotti reconocieron que era la médica que había logrado sacarlo del paro.
"Fueron dos minutos nada más porque no quise molestarlo. Pero no se me va más la imagen de la cabeza de verlo sentado en chinito, con un libro como si hubiese ido al hospital a hacerse un control. Me acuerdo que los dos nos quedamos mudos y que la mamá de él me agradeció", recordó la mujer.
El encuentro
Ese primero de agosto marcó un antes y un después en la vida del joven kinesiólogo que hoy tiene 27 años y la médica: él decidió seguir adelante y sentirse agradecido de haber sobrevivido a lo que le pasó, ella decidió guardar en su memoria lo ocurrido para recordarlo en momentos complicados.
Cinco años después, se volvieron a encontrar para esta entrevista. Al verse, ambos se emocionaron. El saludo que se dieron –respetando el distanciamiento– resume lo que significan uno para el otro aunque se hayan visto solo tres veces en su vida. Los dos se acuerdan del otro cada tanto. Incluso hablaron en algunas oportunidades por redes sociales para saludarse y manifestarse su cariño.
Pierotti recuerda poco del accidente y su intención es mirar para adelante. Dice una y otra vez que logró sacar "lo bueno de lo malo".
Ambos coinciden en una premisa: es urgente que en las escuelas se enseñen técnicas de RCP y que ese conocimiento se actualice todos los años para que se naturalice la posibilidad de salvarle la vida a alguien. La vida actual de Pierotti es el claro ejemplo de que un accionar rápido permite un buen resultado y que no haya secuelas.
Temas
Te puede interesar









Dejá tu comentario