miércoles 15 de junio de 2022
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El día que el Cullen estuvo al borde del colapso: cómo es trabajar en el límite entre la vida y la muerte

El lunes pasado en el efector se habilitaron 8 nuevas camas de terapia. Pero a las pocas horas estaban todas ocupadas por pacientes en estado crítico. Un colapso se hubiera dado si esas camas no estaban. El incansable trabajo de quienes dejan todo en la última frontera de la pandemia.

La segunda ola del coronavirus hizo que el fin de semana pasado una sala de internación del Hospital Doctor José María Cullen se transforme en la quinta terapia intensiva del efector de referencia del centro-norte de la provincia de Santa Fe, la UTI D. De 24 camas generales que tenía la Sala 7, pasó a tener 8 de cuidados críticos: todas con sus respiradores, monitores y conexiones. El lunes 10 de mayo quedaron habilitadas bien temprano, con el personal dispuesto para su atención a pesar del trabajo a destajo. Eran un pulmón para las otras 43 camas de terapia ocupadas en ese momento entre las UTI Covid, A, B y C. Pero esa misma mañana el 80% ya estaban ocupadas con pacientes críticos que desmejoraron su cuadro de manera inesperada. Hacia la noche estaban al 100%. Un respiro que duró poco, pero que no se ahogó en la angustia de lo que podría haber pasado ese día si no estaban.

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“Si esa mañana no poníamos en operatividad esa terapia intensiva, con el esfuerzo de todo el personal; ese día hubiese existido un colapso sanitario”, reflexionó Néstor Carrizo, jefe de Terapia Intensiva del efector de la ciudad capital. Recordó que esa “ficha” cayó en el silencio de la noche que llegó tras un día de corridas. Al siguiente pase de sala, todos los trabajadores del área crítica compartieron la misma sensación.

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Néstor Carrizo, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Doctor José María Cullen.

Néstor Carrizo, jefe de Terapia Intensiva del Hospital Doctor José María Cullen.

El martes 11 de mayo la ocupación de las camas de terapia intensiva en el efector volvió a ser del 96%, quedando solo dos libres. Los trabajadores de estas áreas críticas del efector están acostumbrados a trabajar bajo el estrés de tener pocas camas disponibles, o ninguna. Pero hoy se suma el doble de pacientes y esfuerzo. “Estamos dando respuesta a esta situación que es crítica, trabajando al 90% o 100% de ocupación. Estamos agotados”, sentenció Carrizo y contó que no es raro que los teléfonos suenen en la madrugada, el día de descanso, o en el único momento de la jornada que comparte con sus cuatro hijos.

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El lunes pasado el Cullen habilitó una nueva terapia intensiva, en la Sala 7 de internación que pasó de 24 camas generales a ocho críticas.

El lunes pasado el Cullen habilitó una nueva terapia intensiva, en la Sala 7 de internación que pasó de 24 camas generales a ocho críticas.

Entre la primera ola de esta pandemia y la segunda, el personal no tuvo alivio. Las terapias en el Cullen siguieron trabajando a full, como siempre; con ingresos de accidentados, operados, entre otras patologías que requieren de cuidados críticos. Y hoy los contagios de covid se multiplican en la provincia y al efector de la capital llegan pacientes de toda la parte superior de “la bota”, de cientos de localidades donde hoy son sostenidos como se puede hasta que el cuadro requiere del traslado a un centro de alta complejidad.

Con más pacientes internados, la muerte está cada vez más cerca en la última frontera de la pandemia. Carrizo confirma que de 10 personas que ingresan con cuadros graves de covid y que son sedados y conectados a un respirador artificial, el 70% o el 80% no se recupera, con una edad que tiene tendencia a la baja. La vulnerabilidad del final afecta un poco más a los trabajadores más jóvenes, los residentes, pero también a los que tienen experiencia y buscan en otra actividad un cable a tierra para tanta tensión.

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Néstor Carrizo, Jefe de Terapia Intensiva del Cullen, junto a una parte del gran equipo de profesionales de la salud del área crítica que trabajan día a día en el efector.

Néstor Carrizo, Jefe de Terapia Intensiva del Cullen, junto a una parte del gran equipo de profesionales de la salud del área crítica que trabajan día a día en el efector.

Así y todo, el jefe del servicio no le tiene miedo a la "última cama", porque si fuera necesaria la elección tienen herramientas éticas y médicas para determinar la adecuación de recursos terapéuticos (ATE) cuando el paciente tiene poca sobrevida -ya sea por covid u otra afección-, aunque esto tampoco significa escatimar en esfuerzos. Pero sobre todo porque el hospital preparó también otras áreas con respiradores, como el Shockroom de la Guardia o en Coronaria, donde pueden soportar pacientes; pero además cuentan con un importante stock de respiradores de asistencia manual para casos extremos de saturación. "Lo que se vio de India donde hay gente en las calles que fallece por covid es muy difícil que suceda en Santa Fe, con la estructura que se ha formado", sostuvo.

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También hay una minuciosa ingeniería para liberar camas y poder recibir y dar asistencia a nuevos pacientes, más ahora donde la edad de los pacientes bajó provocando que las internaciones en estas áreas aumentaran de un promedio de 15 días a casi 25. No solo para trasladar a los que ya reciben el alta epidemiológica a otras áreas, o si tienen obra social a instituciones privadas; sino también para optimizar los recursos al máximo.

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Para dar respuesta a esta alta demanda, los médicos, enfermeros, kinesiólogos y trabajadores de estas áreas críticas están doblando sus horas habituales para cubrir todos los turnos y guardias de un servicio que se expandió sobre lo ya ampliado, y así y todo sigue al límite. Así es como se sumó más personal, pero se debió centralizar la coordinación de las áreas con los profesionales terapistas más capacitados que hoy están siendo acompañados en colaboración por personal de otras áreas o servicios del efector. Un trabajo que se logra en equipo, con organización, preparación, estimulación y contención constante.

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“En nuestro hospital, el área crítica es grande. Hace muchos años desarrollamos una escuela de esto y tenemos muchos coordinadores con sus especialidades que en este momento se han puesto a trabajar en la coordinación de pacientes graves. Pero hasta acá llegamos, este es nuestro límite. Más que esto no podemos dar”, reconoció Carrizo en relación al personal humano capacitado que es finito.

El jefe del servicio de Terapia Intensiva, que tiene 46 años y muchos de estos dedicados a la especialidad, dijo que son pocos sus colegas en el país y en el mundo, y que esta pandemia lo demostró. Es que para lograr este título no solo hay que recibirse de médico y hacer una residencia, sino que esta es una básica primero y luego otra de la especialidad para después seguir formándose en subespecialidades. Pero además del esfuerzo en la formación, es un trabajo que a pesar de la “vocación”, el mismo Carrizo describe que conlleva un “importante desgaste físico y mental”; por eso piensa que quizá más adelante será el momento de replantear un incentivo profesional para que más médicos la elijan, como por ejemplo la reducción en la edad jubilatoria de quienes se dedican a esta actividad de alto estrés.

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A pesar del agotamiento del trabajo diario en la frontera entre la vida y la muerte, estos profesionales eligen mirar hacia adelante. “Estamos cansados, pero no es momento de quejarse sino de actuar. Como digo siempre: con el cuchillo entre los dientes y seguir”. Resiliencia, es la actitud de estos trabajadores. Y responsabilidad, el compromiso que debe asumir la sociedad para bajar los contagios y darles un respiro.

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