Las marcas que dejó el río Salado en la vida de miles de vecinos y vecinas de la ciudad de Santa Fe, sobre todo de los que lo perdieron todo, son difíciles de borrar. Hay imágenes que quedaron grabadas a fuego y que aún hoy, a 20 años después de aquel doloroso 29 de abril de 2003, vuelven y se sienten como si todo hubiera ocurrido ayer.
Roberto André tenía 42 años cuando recibió un llamado telefónico que lo puso en aviso del desborde del Salado. Llegó a su casa de barrio Alfonso en el auto del trabajo y envió a sus hijos a la casa de su sobrino en Moreno y Dr. Zavalla.
“Sabíamos que esto se venía complicado, pero pensábamos que el agua no iba a traspasar la vía, y que ésta iba a hacer de contención. Con Gastón, el mayor de mis hijos, nos pusimos a tapar algunas cosas y a poner otras arriba de la mesa. Lo que no sabíamos era que todo era inútil”.
En cuestión de minutos, el agua llegó a la puerta. Pasó la vía y enseguida buscó su nivel. “Llegó como una catarata. El impacto del agua fue terrible y en media hora ya estaba en calle San José y Juan de Garay. Mi casa quedó bajó agua".
Ese 29 de abril, Roberto y su hijo se quedaron en el techo, pero inmediatamente buscaron la lancha de la familia que estaba en el Club Náutico Sur y se trajeron cinco embarcaciones más que le prestaron para ayudar a rescatar a las familias afectadas. “Las trajimos a trabajar al barrio y no paramos. Los muchachos le metieron una onda terrible”, contó.
“Sacamos a todos los vecinos de acá del barrio y después nos fuimos a Santa Rosa de Lima y a San Lorenzo. Adonde se necesitaba la ayuda, ahí estábamos. En ese momento no me acordé nunca de mi familia, sabía que estaban bien y no había tiempo de pensar. Lo único que quería era seguir ayudando. Lo que nunca me voy a olvidar es la imagen de mis hijos pidiendo un plato de comida a un camión del Ejército”, recordó.
Otra de las imágenes que Roberto no puede borrar de su memoria es la de una persona que le pidió que lo ayude a buscar a su familia que había quedado en Santo Tomé. “Le prometí que lo buscaba a la tarde y así lo hice, estaba desesperado. Me acuerdo que fue el cuarto o quinto día, el mismo que se decidió volar la Circunvalación. Salimos despedidos de la lancha, no teníamos chaleco, nada, pero zafamos y trajimos a su familia para la ciudad. Nunca más lo volví a ver, pero me dijo que lo busque si lo necesitaba”.
Esos días en el agua sintieron mucho temor, no por la gente, sino por los anfibios que entraban a los barrios y se llevaban puesto todo: cables, postes de luz, todo. Así estuvieron unos 20 ó 25 días y cuando empezó a ir el agua la gente volvía, quería volver a su casa.
Los primeros instantes de la vuelta, también quedaron grabados a fuego. “Fue terrible ver que nada servía para nada y había que empezar de nuevo. Mirando para atrás, siento que todo fue muy duro, pero también que pasó muy rápido. Creo que verdaderamente caíamos en la cuenta de lo que había pasado cuando volvíamos a nuestras casas”.
Qué se siente 20 años después...
“Impotencia”, dijo Roberto sin dudarlo. “Creo que se hubiera podido avisar. El agua tardó 10 horas en llegar desde Recreo. Se hubieran podido hacer cosas, aunque como yo, había gente que no se iba a querer ir. Yo fui uno de los que me quedé, no sé para qué porque perdí todo, pero bueno. Son sabidurías que te da la vida. Pero uno nunca se lo espera".
Roberto hoy tiene 62 años y como todos o la mayoría, salió adelante aunque reconoce a que a unos les costó más que a otros. "Le ponés ganas, es la vida. Por suerte pude volver al barrio, del que me había ido por otras circunstancias, pero acá estoy. Porque te tira, acá somos buena gente, nos criamos juntos y somos todos conocidos", concluyó.
Te puede interesar





