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Despedida a Garrafa en la Ciudad Universitaria de la UNL: dolor, homenaje y pedido de justicia

Vecinos, estudiantes, docentes y trabajadores se reunieron en Ciudad Universitaria de la UNL tras una convocatoria para reclamar justicia por Garrafa y exigir que el ataque no quede impune.

La Ciudad Universitaria de la UNL vivió una jornada cargada de emoción, tristeza y bronca tras la muerte de Garrafa, el perro comunitario que durante años fue parte de la vida cotidiana del predio. Bajo una lluvia persistente, estudiantes, docentes, personal no docente, trabajadores de seguridad y vecinos se reunieron para despedirlo en el lugar donde descansan sus restos y para exigir justicia por un ataque que consideran evitable.

La convocatoria surgió de manera espontánea y reunió a personas que compartieron con Garrafa aulas, pasillos, cantinas y espacios verdes. El homenaje se transformó también en un reclamo colectivo para que el caso no quede impune y para que se cumplan las normas de tenencia responsable de animales.

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El último adiós en su lugar a Garrafa

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Garrafa fue enterrado en un espacio verde cercano al cajero automático del predio, un lugar de paso cotidiano para quienes ingresan a la Ciudad Universitaria, especialmente hacia la Facultad de Medicina. Allí, trabajadores de seguridad colocaron plantas, flores y objetos simbólicos en su memoria, junto a la tumba de otra perra que había fallecido meses atrás.

“Era su casa, su lugar”, explicaron desde el personal de seguridad, en diálogo con el móvil de Ahora Vengo por AIRE. La intención fue que Garrafa permanezca en el predio que eligió como hogar y donde construyó un vínculo único con la comunidad universitaria. Durante el homenaje, muchas personas se acercaron a dejar recuerdos y a compartir historias sobre su convivencia con el perro.

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Garrafa, el perro de todos

Garrafa llegó a la Ciudad Universitaria en 2018 y rápidamente se convirtió en una figura conocida. Dormía en la garita de seguridad, recorría aulas y pasillos, entraba a las cantinas y se acostaba junto a quienes esperaban el colectivo. Tenía sus rutinas y también su fama: estudiantes le crearon un perfil de Instagram que superó los miles de seguidores y lo transformó en un símbolo del predio.

Docentes recordaron que ingresaba a las clases sin interrumpir, se quedaba a los pies de los alumnos y se retiraba solo. “Nunca fue agresivo, jamás tuvimos un problema con él”, aseguraron. El personal de seguridad destacó su rol de compañía, especialmente durante las noches, cuando el predio quedaba vacío. “Nos acompañaba en las recorridas, era nuestro amigo”, señalaron.

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Garrafa (3)

La muerte de Garrafa, el perro comunitario que era parte fundamental del paisaje cotidiano en la Universidad Nacional del Litoral (UNL), generó una herida abierta en la comunidad santafesina.

El ataque que terminó con su vida

El lunes, cerca de las 8.30, Garrafa fue atacado por dos perros que ingresaron sin control a la Ciudad Universitaria desde la zona de la ruta 168. Según el testimonio de Lucas, trabajador de seguridad, el pitbull fue el primero en abalanzarse, mientras el otro perro lo mordía del cuello.

El ataque ocurrió en un horario crítico, con estudiantes ingresando al predio y a pocos metros de un espacio donde funciona una colonia de vacaciones infantil. “Si seguían cien metros más, podría haber sido una tragedia mucho mayor”, advirtieron durante el encuentro.

La conducta del dueño y la promesa incumplida

De acuerdo al relato de los testigos, los perros entraron solos y el dueño apareció caminando varios metros detrás. Recién intervino cuando escuchó los gritos. “Abrazó al pitbull y lo empezó a ahorcar para que suelte”, relataron. Aun así, el animal continuó fuera de control y lanzó mordiscones a las personas que ingresaban al predio.

Antes de retirarse, el hombre aseguró que volvería con una camioneta para ayudar. “Dijo que lo llevaba a su casa porque no lo podía controlar y que regresaba”, contaron desde seguridad. Sin embargo, nunca volvió. Minutos después, Garrafa murió a causa de las heridas.

Garrafa (4)

Desde el Instituto Municipal de Salud Animal (Imusa), su director Pablo Ortiz fue tajante al señalar que lo ocurrido con Garrafa fue una situación de negligencia absoluta por parte del tutor del animal agresor.

Testimonios desde barrio El Pozo

Vecinos de barrio El Pozo, donde reside el dueño de los perros, se acercaron al predio y denunciaron que existían antecedentes de ataques. Aseguraron que los animales eran entrenados para atacar y que habían agredido a otros perros, gatos e incluso a personas.

“No fue un accidente, esto se pudo haber evitado”, afirmaron. También señalaron que el agresor había sido advertido en reiteradas ocasiones sobre el uso de bozal y correa, sin obtener respuestas responsables.

El pedido de justicia y el reclamo por el cumplimiento de las leyes

Durante la despedida, docentes y vecinos recordaron que existe legislación vigente que obliga a registrar perros de razas consideradas peligrosas o de gran porte y a sacarlos con correa, collar y bozal. “No se trata de estigmatizar razas, sino de responsabilidad”, remarcaron.

El reclamo fue unánime: justicia por Garrafa y medidas concretas para que hechos como este no vuelvan a repetirse. “Hoy fue Garrafa, mañana puede ser un chico”, advirtieron.

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Un símbolo de la comunidad universitaria

Garrafa no era solo un perro: era parte del paisaje y de la identidad de la Ciudad Universitaria. “Era de todos y era de nadie”, dijeron, recordando que su felicidad estaba en el predio y en el contacto cotidiano con la gente.

La despedida cerró con emoción y lágrimas, mientras la lluvia acompañaba el homenaje. Para la comunidad de la UNL, Garrafa se transformó en un símbolo: de cariño, de convivencia y también de un reclamo que busca justicia y conciencia para que su muerte no haya sido en vano.

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