Los santafesinos vivimos ocupados en nuestras actividades diarias y hay una realidad que se escapa a nuestra mirada. Cada vez más niños necesitan de adultos que los cuiden, porque sus padres no pueden hacerlo. La causa principal es el consumo problemático y la pobreza creciente.
Agobiados por esta situación, las autoridades de la Secretaría de Niñez, Adolescencia y Familia, buscaron la ayuda de un matrimonio con experiencia en niños en riesgo social. Ellos son Raúl Dalinger y Natalia Alfonso, quienes construyeron la Fundación Mundo Pequeño de nuestra ciudad. La tarea que se les asignó consiste, ni más ni menos, que en darles contención y amor; ayudarlos a sanar lo vivido y crear una estabilidad emocional a su alrededor.
Raúl recuerda el momento en que un año atrás, les preguntaron si querían hacerse cargo de la apertura de dos hogares de niños: “Con Naty nos miramos con los ojos llenos de lágrimas y dijimos 'sí'. No teníamos ni idea de a lo que nos enfrentábamos. Lo que nos dijeron es que para poder hacer las cosas bien, necesitaban gente que pueda hacerlo. Ahí quedamos en jaque, porque si uno solo se queja y no hace nada al respecto, no avanzamos como sociedad”.
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Unos días antes al pedido, niños de la fundación habían sido enviados a hogares y eso los preocupaba: “Teníamos el prejuicio que irían a un sitio no adecuado. De alguna manera, ellos están privados de su libertad. Los van a buscar con un patrullero, pasan por un estudio médico y después al hogar. No deciden ir y si además la institución se parece a una prisión para niños, estamos volviendo a vulnerar sus derechos, lastimando sobre lo lastimado. Por tal motivo, aceptamos la propuesta con la sola idea de crear un hogar lleno de luz y vida”.
Un camino pedregoso
En un mes consiguieron recursos para montar una casa, contratar gente y capacitarla. Siete meses después abrían un segundo hogar. En ambas instituciones hoy se alojan 22 niños. Natalia relata los múltiples obstáculos que deben enfrentar diariamente. “Los chicos llegan con traumas y tienen crisis. Entendimos que no es mala conducta, sino una manera de manifestar lo que sienten”.
Los primeros meses estaban en shok, totalmente desbordados, se preguntaban si habían hecho una locura. “Recibimos chicos con complicaciones psiquiátricas, autismo y discapacidad, muy inestables emocionalmente. Les cuesta establecer vínculos con adultos porque ya les han fallado. Su espíritu es de orfandad, sin una base sólida donde establecerse ya que permanentemente cambian las dinámicas para ellos. Pueden volver con sus padres o familiares, ser adoptados o permanecer por años en el hogar”.
Y la magia del amor se hizo presente
Con amor y perseverancia, pasaron de la crisis total a la calma y lo que sembraron con lágrimas lo cosecharon con mucha alegría. “Hubo un gran avance en los chicos cuando viajamos a la Lucila del Mar en enero. Ahí entendieron que estaba bueno estar en el hogar y se sintieron más estables. Se vieron cambios revolucionarios y esta metodología pasó a ser un modelo a seguir, una luz de esperanza”, recuerda Raúl emocionado. La conducta de los niños cambió y fue entonces cuando los adultos empezaron a disfrutar más y a afirmar: “recontra vale la pena y si se puede”.
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En cada hogar trabajan 8 acompañantes, un equipo técnico, una psicóloga y una trabajadora social. El día a día es igual al de una familia numerosa. Van a la escuela, hacen actividades extraescolares y deportes. “Trabajamos en su crianza y los formamos para la vida, ya que tal vez no sean adoptados. Es difícil, porque están todo el tiempo en un estado de ya me voy y les cuesta vincularse. Acá forman hábitos como limpiar, levantar la mesa, dobla la ropa, etc. Los preparamos para un día autovalerse”.
Raúl relata que cuando entran a la casa por primera vez, la mayoría corre y salta arriba de la cama. “Han estado mucho tiempo encerrados y están extasiados. Algunos nunca habían ido a un supermercado o a un centro comercial y cuando los llevamos, se sorprenden con las puertas automáticas o las cintas de las cajas”. Natalia agrega que sus vidas se van normalizando cuando empiezan a tener rutinas, horarios, tareas y cada uno hace el deporte que le gusta en diferentes clubes. “Para lo cual se moviliza mucha gente”.
Cada uno con sus necesidades
“Trabajamos para restituir los derechos vulnerados de los niños ya que hay muchos casos de violencia y abuso. Evaluamos que profesionales necesitan y los llevamos a psicólogos, psicopedagogos, terapistas ocupacionales, etc. donde se les hacen los estudios médicos y se los diagnóstica. Esto es clave, porque a veces un chico tiene un problema neuronal y lo atribuimos a la mala conducta. El médico neurólogo nos da herramientas para saber cómo trabajar y eso mejora la convivencia entre ellos”.
Para Natalia es importante hacerles saber que son valiosos, mirarlos a la cara, ver que necesitan. “Muchas veces tienen la autoestima por el piso y hay que hacerles sentir que ellos pueden salir adelante”.
Raúl destaca que la solidaridad del santafesino es maravillosa. El club El Quillá, por ejemplo, les dio lugar en la colonia a 11 chicos. Hay profesionales que se van metiendo en las historias, no cobran por sus servicios y ejercen una influencia positiva en los niños. ”Si eso se multiplicara, alivianaría mucho la tarea”.
Servir al otro te transforma
A este joven matrimonio santafesino con tres hijos propios, esta experiencia los ha atravesado por muchos lados. “Nos cambió la mirada, nos sacó del prejuicio que teníamos sobre los hogares de niños y las infancias. Al meternos en este mundo entendimos la realidad y nos hicimos más empáticos”.
Natalia hoy se enfoca en las cosas que de verdad son importantes, como formar a sus hijos como personas, darles herramientas y valores. “Uno vive a mil, preocupada por cumplir con todo y ahora paro y digo, estamos formando infancias y es conveniente detenernos un poquito más y trabajar con mayor conciencia”.
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A Raúl lo marcó profundamente el hacer un trabajo sin esperar recibir nada a cambio. “No veremos el resultado de todo lo que sembramos durante meses o años. Muchos no nos van a recordar. Cuando logramos un avance en un niño, de repente se va y hay que empezar de cero con el que ingresa, eso es nuevo para mí”.
Otro aprendizaje de vida fue el no juzgar al otro. “Es fácil señalar y decir lo que uno haría, pero me tocó ir al mar con un niño autista y fue caótico”.
Estos “seres de luz” en un año lograron lo que nunca hubieran imaginado, pero aún siguen soñando en grande. Ella desea una casa propia para los chicos y él, haber marcado una historia. “Que consciente o inconscientemente a alguien le hayamos cambiado la vida y que el recuerdo de momentos felices de su infancia sea en estos lugares”.
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