A diecinueve años de la histórica crecida del río Salado, AIRE recorrió las calles de barrio Mariano Cabal, muy cerca de la brecha que dejó la obra inconclusa de defensa de la Circunvalación Oeste. Es el punto por el que ingresó la mayor parte del agua que inundó un tercio de la ciudad de Santa Fe. En la memoria de la gente, los recuerdos están atravesados por la angustia y la desesperación.
“Carlitos” López tiene 81 años, es el enfermero del barrio, conocido y apreciado por todos. Con la amabilidad que lo caracteriza abrió las puertas de su casa y de su memoria para retroceder en el tiempo a esos días, que aún hoy, al recordarlos, le arrancan lágrimas.
Un almanaque en la alacena de su vivienda señala la fecha del día de la inundación, un poco borroneado, pero así y todo, señala el día lunes 28 como el día D. Esa jornada el agua llegó al metro setenta en la vivienda ubicada en Hernandarias al 5356, la desesperación de Carlitos era la misma que la de sus vecinos y los cientos de santafesinos que vieron con impotencia como el agua arrasaba con su historia.
El área delimitada por calle Estado de Israel y Camino Viejo a Esperanza, entre C. Juan José Castelli y Servando Bayo, fue una de las más afectadas. “Hace 60 años que vivo acá, desde que salí de la colimba, compré el terreno. Me gustaba vivir acá por el río Salado, me gustaba pescar y cazar. Era hermoso esto”, recuerda Carlitos.
Pasaron diecinueve años y si bien la memoria falla en los detalles, las sensaciones siguen intactas. La pregunta, repetida y obligada, recibe una respuesta sólida. “Nos tocó sufrir la inundación de aquel año, que fue tremendo”, alcanza a decir el hombre antes de que le tiemble la voz.
Para algunos vecinos, la llegada del agua a las calles de Cabal fue benevolente y de a poco. El lunes 28 algunas de las viviendas, comenzaban a sentir los efectos del desborde que invitaba a retirarse. “Ese 29 recuerdo que se nos venía el agua, había mucha desesperación para salir de acá”, asegura Carlitos, que en ese entonces vivía con su mujer y dos hijos. Para poder salvar algunas de sus pertenencias pidió ayuda a sus sobrinos que vivían en barrio San Martín. “Vinieron y cargamos en un camión de mudanza lo que pudimos, muchas cosas quedaron”, afirma.
Inundación del Salado: "Esta cocina quedó bajo agua y aún sigue funcionando"
Carlitos no duda en señalar el mesón de la cocina en donde, al momento de la entrevista, está preparando un puchero. “Esta cocina quedó bajo el agua y no se rompió hasta hoy en día”, señala emocionado.
“Yo me venía todos los días desde barrio San Martín”, cuenta, como muchos tenía que caminar a paso lento, el agua le llegaba al pecho y los pozos negros significaban un peligro en el trayecto. Una escena que se repitió durante más de 15 días en el cordón oeste de la ciudad. Los dueños de las viviendas se negaban a dejarlas solas, por temor a que les robaran las pocas pertenencias que aún les quedaban.
Un grupo de vecinos se organizó para custodiar las casas. La noche era el momento más crudo y duro para todos, el silencio se llenaba con el ruido de los helicópteros que sobrevolaban la ciudad y los disparos que se efectuaban al aire a modo de advertencia.
“Hasta que un día nos largamos y la casa era un islote”, describe el vecino sobre el estado en que encontró su casa cuando decidió volver. La vivienda tenía en su interior barro, y el olor era penetrante. En ese momento Carlitos tomó la decisión de volver, con todos su bagayos (como él dice) entre los que se contaba el calentador de su madre. “Esto era una oscuridad tremenda, se escuchaban los aullidos de perros que habían sido abandonados, el helicóptero del Ejército que alumbraba desde arriba, tiros que se escuchaban continuamente”, relata.
Quince días pasaron desde que el agua tapó la casa hasta que la familia López volvió. “Tremendo fueron aquellos días, pero logramos sobrevivir”, sentenció Carlitos.
Inundación del Salado: "Cuando la gente volvió muchas casas estaban arruinadas"
Las experiencias difieren en relación con la ubicación de la vivienda, en el caso de Isabel Zapata, que al día de hoy vive sobre calle Servando Bayo y Castelli, la afectación fue mucho menor que las instaladas sobre Estado de Israel, entre Camino Viejo Esperanza y Crespo.
“Me acuerdo que empecé a escuchar sirenas”, cuenta Isabel. En ese momento pensó que había ocurrido un accidente. “Cuando salí de mi casa, la calle Servando Bayo y Castelli ya estaba cortada, había mucha gente bajo el agua. En esta calle no ingresó agua”, explica en referencia a Servando Bayo.
El hecho de que uno de sus hijos fuera aún un bebe, la obligó a irse. “Estaba todo el barrio bajo el agua. Yo me fui y quedó mi marido”, recuerda. Isabel no duda al afirmar que tuvo suerte en comparación de otras viviendas que terminaron tapadas por el agua.
El exilio no duró mucho, a la semana ella pudo volver a su casa. “Fue triste, muchas casas a las que la gente volvía estaban arruinadas, otras en donde habían robado mucho. Los animales abandonados en la calle”, enumeró la mujer. “La gente la pasó mal, muchos quedaron bajo agua, apenas se cortó el terraplén, el agua ingresó todo por el Hipódromo”, sintetizó Isabel.
A unos 150 metros al oeste de la casa de López, vivía en ese entonces la familia Villalba. A ellos el agua les llegó antes, y es que la altura de la calle era mucho menor a la de sus vecinos. El domingo 27 la emergencia se hizo evidente. “Acá en Cabal el agua empezó a llegar antes”, recuerda Claudia Villalba.
Antes de esa fecha, el temor al agua no existía y la comunidad vivía en armonía. “Teníamos nuestro trabajo, nuestra rutina como la tenemos en este momento. Teníamos una vida normal, previa a la inundación. Cuando llegó ese día fue algo que hasta hoy cuesta describir porque fue sorpresa”, recuerda la mujer que hoy vive en la casa que quedó bajo el agua. “El domingo 27 teníamos el agua en el dintel de la puerta”, agrega la entrevistada.
El panorama era desolador y la desesperación de la gente palpable. Todo era caos, sin dirección. “Nadie pensó que nos íbamos a inundar de esa manera, porque acá siempre llegaba el agua por la calle o la zanja, a lo sumo llegaba a la puerta. Pero diez centímetros como mucho, jamás se imaginó semejante magnitud de agua”, relata. Las imágenes se sucedían como en una película, el agua avanzaba al mismo tiempo que la desesperación y los interrogantes se acrecentaban.
“Mi familia perdió muchas cosas, pero hoy, cuando aún pasaron muchos años, mi mamá siente nostalgia en torno a la pérdida de sus recuerdos”, sostiene Claudia, que destaca que lo material de a poco se recuperó.
Las imágenes llueven en la memoria de Claudia, pero hay una que destaca sobre todas. La de Roxana, una mujer que vive a pocos metros de su casa, que en ese entonces estaba embarazada. “Venía por la calle con un televisor encima de la panza. Me dio mucha angustia verla así, porque ella solo quería salvar sus cosas. Yo cargué el televisor hasta la esquina y el agua a los cinco minutos llegó a ese lugar”, enumera Claudia. A esa impotencia se suma la imagen de su madre y su desesperación por recuperar sus cosas. “Ella no sabía si las había perdido, llevado o se las habían robado”, agrega la entrevistada.
Claudia asegura que en la cercanía de un nuevo aniversario los sentimientos que afloran son varios. “Impotencia, angustia, son muchos sentimientos encontrados, porque también hubo mucha injusticia. Calculo que porque fue algo inesperado tanto para el gobierno como para nosotros”, sostiene.
Nota de Redacción: Ignacio Laurenti, periodista y a cargo de uno de los móviles de Aire de Santa Fe, colaboró en la producción y realización de este reportaje.
Te puede interesar







