El lenguaje es una capacidad innata del ser humano. Como caminar, el cerebro está preparado para desarrollarlo, siempre que las condiciones acompañen.
Sin embargo, alrededor del 15% de la población infantil presenta trastornos del neurodesarrollo, y entre ellos, las dificultades del lenguaje figuran entre las más frecuentes y preocupantes. La detección temprana es clave, pero los mitos, la desinformación y las fallas en el sistema de atención siguen siendo obstáculos que postergan intervenciones valiosas en una etapa crítica.
Según la doctora Viviana Ríos, neuropediatra, el lenguaje está íntimamente relacionado con el desarrollo cognitivo. Un trastorno no diagnosticado a tiempo —especialmente antes de los tres años— puede traducirse en una menor capacidad intelectual, dificultades para alfabetizarse y serios problemas de comprensión lectora. Aunque aclara que no se trata de un fenómeno nuevo, sí insiste en la necesidad de generar más visibilidad, ampliar las redes de atención y mejorar el acceso a evaluaciones e intervenciones oportunas.
“El problema no es que haya más casos, sino que siguen sin abordarse como se debe. Y eso tiene consecuencias graves en el mediano y largo plazo”, advierte.
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Los hitos del lenguaje son concretos y medibles. A los seis meses debe haber balbuceo. Al año, el niño debe comprender palabras simples, como “no”, seguir la mirada cuando se le señala algo y decir al menos una palabra. Entre el año y los dos años, se espera una “explosión del lenguaje”. Si a los 15 meses el niño no dice al menos tres palabras ni responde a indicaciones sencillas, como “tirame un beso” o “alcanzame eso”, es un signo de alerta.
Francisco Astorino, también neuropediatra, coincide en la gravedad del diagnóstico tardío. “En mi consultorio, cerca del 80% de las primeras consultas por desarrollo tienen que ver con lenguaje. Es el problema más frecuente que vemos hoy”, asegura. Además, destaca que siguen circulando ideas erróneas. “Todavía se dice que los varones hablan más tarde o que hasta los tres años hay tiempo. Eso es falso y está en contra de lo que dicen los propios libros de pediatría”.
Astorino describe con precisión las etapas del desarrollo comunicacional: primero está la fase prelingüística, que va de los 0 a los 12 meses, donde no hay palabras, pero sí interacción. Si a los tres meses el bebé no responde al rostro o la voz del adulto, si a los seis no balbucea, o a los siete no reacciona cuando se lo llama, es momento de preguntar qué está pasando. A los doce meses ya deberían aparecer señas, atención conjunta, jerga y gestos. Hacia los dos años, se espera que el niño use al menos 50 palabras y comience a unir dos para formar frases básicas como “quiero agua” o “vení mamá”.
Ambos especialistas subrayan que el lenguaje no es solo hablar, sino comunicar. “Hay chicos que no hablan, pero comprenden. Y hay otros que hablan, pero no logran usar el lenguaje de forma funcional”, explican.
La clave está en observar también el lenguaje receptivo, los gestos, la intención comunicativa y la respuesta a estímulos. La ausencia de atención conjunta, por ejemplo —que el niño no mire un objeto al que se lo señala y luego no busque la mirada del adulto— es un signo de posible alteración en el desarrollo, frecuente en niños con trastorno del espectro autista.
El diagnóstico de un trastorno del lenguaje no debe hacerse a la ligera. Primero se deben descartar causas auditivas mediante pruebas como las autoemisiones acústicas, que se realizan al nacer. Pero estas no garantizan que más adelante no aparezca una hipoacusia, por lo que el seguimiento es fundamental. Otras veces, el lenguaje está afectado junto a otras funciones, como la motricidad o el desarrollo intelectual, en lo que se considera un retraso global. También puede tratarse de cuadros como disartrias, afasias epilépticas o incluso parálisis cerebral que se manifiestan más tarde.
En muchos casos, la falta de diagnóstico temprano se traduce en problemas escolares. Niños que no aprenden a leer ni escribir, que parecen no prestar atención, o que tienen buen nivel cognitivo, pero baja competencia verbal. “A veces lo que no funciona bien no es la inteligencia, sino el canal del lenguaje”, señala Astorino.
El uso de pantallas ¿impacta o no?
Uno de los temas que más controversia genera en el abordaje de estos trastornos es el uso de pantallas. Tanto Ríos como Astorino coinciden en que no son la causa de los trastornos del lenguaje, pero sí afectan el desarrollo integral cuando su empleo es excesivo o desregulado.
“Las pantallas no provocan un trastorno neurológico. Lo que hacen es restar tiempo a las actividades fundamentales: jugar, moverse, imaginar, explorar, aburrirse. El niño necesita esas experiencias para desarrollar el lenguaje y la creatividad”, explica Ríos.
Astorino agrega que el verdadero problema no es la tecnología, sino la falta de supervisión. “El uso indiscriminado de pantallas genera conductas adictivas, altera los hábitos de sueño y reemplaza la interacción con adultos. Pero también hay recursos valiosos: programas interactivos, aplicaciones diseñadas para estimular vocabulario, dispositivos de comunicación alternativa. Todo depende de cómo y para qué se usen”.
La tecnología no solo es útil: es imprescindible. “Lo importante es administrar el uso, no prohibir por prohibir”, aclara.
Cómo impacta el ambiente
Ambos profesionales insisten en que el lenguaje necesita un entorno que lo alimente. Un hogar donde se hable, se escuche, se lean cuentos, se canten canciones y se cuenten historias es un espacio que estimula. No hace falta tiempo extra, sino presencia real. Incorporar el diálogo en las rutinas diarias —durante las comidas, los baños, los paseos— es una de las formas más efectivas de fortalecer el desarrollo del lenguaje.
El desafío no es solo individual, sino estructural. Ríos señala que en el hospital donde trabaja, un niño puede esperar hasta un año para ser evaluado. “Y muchas veces llega a los cinco años, cuando lo ideal era haber intervenido antes de los tres. Ese tiempo perdido ya no se recupera”, lamenta. La solución, asegura, no está en los hospitales, sino en la construcción de redes: formación de profesionales, descentralización, atención en los barrios. “Esto no requiere millones, requiere decisión política”.
Como reflexión final, ambos profesionales hacen hincapié en no minimizar ningún síntoma. “La consulta debe ser temprana y orientada”, dice Astorino.
El desarrollo del lenguaje, concluyen, es una carrera contra el tiempo. Y en esa carrera, cada día cuenta. Porque aunque el lenguaje sea una capacidad innata, necesita del entorno para florecer.
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