Lo que nunca te contaron de las calorías y perjudica a tu dieta

Todos los procesos de adelgazamiento podrían resumirse en controlar lo que comes y hacer ejercicio. Pero hay una trampa, y pasa muy desapercibida.


“Caloría”. Si actualmente estás haciendo una dieta estricta para bajar de peso, probablemente tengas pesadillas con esta palabra. Está en boca de los nutricionistas más prestigiosos, en el etiquetado de los productos que ingieres y en los medios que difunden consejos y trucos sobre cómo adelgazar con éxito. Cada vez son más los restaurantes que incluyen un recuento exacto de las mismas en sus platos. Los nuevos dispositivos electrónicos para hacer ejercicio, como teléfonos móviles o relojes inteligentes, monitorean la actividad física y, con ella, la cantidad de calorías perdida.

Por regla general, tanto la comunidad médica como el acervo popular coinciden en que si quieres reducir el número que ves en la báscula al pesarte todas las mañanas tan solo debes asumir una dieta severa baja en calorías y llevar una vida activa. En resumen, pasar hambre y hacer mucho ejercicio físico, o lo que es lo mismo, sufrir. Pero, ¿hasta qué punto es cierto? “La mayoría de los estudios muestran que más del 80% de las personas recuperan cualquier peso perdido a largo plazo. Y cuando sucede, muchos de nosotros asumimos que no somos capaces por pereza, que tenemos la culpa”, escribe el periodista Peter Wilson, en un interesante reportaje publicado en ‘The Economist’. Él, como millones de personas en el mundo, era una de tantos que se sentía mal consigo mismo al haber intentado de mil formas perder peso sin éxito.

“Es cierto que si consumes menos calorías de las que quemas, adelgazarás, y si consumes muchas más, engordarás”, afirma Wilson. “Pero calcular el contenido calórico exacto de los alimentos es mucho más difícil de lo que sugieren los números precisos que con tanta seguridad se muestran en los paquetes de alimentos. Cada cuerpo procesa las calorías de manera diferente. La hora del día a la que comes, por ejemplo, es un factor a tener en cuenta. Al final cuanto más lo intentamos, más nos damos cuenta de que contar calorías no servirá para controlar nuestro peso o incluso seguir una dieta sana y equilibrada”. El periodista hace un recorrido por la historia de las calorías para argumentar que, como sucedió con la conspiración del azúcar, muchos de las verdades que se dan por sentado para luchar contra la obesidad son falsas.

La RAE define “caloría” como “unidad de energía térmica equivalente a la cantidad de calor necesaria para elevar la temperatura de 1 gramo a de agua en 1 grado Celsius, de 14,5 grados a 15,5 grados, a la presión normal”. Fue a partir de la década de 1860 cuando científicos alemanes empezaron a usarla para calcular la cantidad de energía contenida en los alimentos. Pero al otro lado del charco, sería un químico agrícola estadounidense quien empezaría a introducir la noción de calorías a la opinión pública. Wilbur Olin Atwater redactó una serie de artículos muy interesantes en la revista ‘Century’ en 1887 que pueden resumirse en este curioso eslogan: “La comida es para el cuerpo lo que el combustible es para el fuego”.

Así, dio a conocer al mundo los “macronutrientes”, es decir, los carbohidratos, proteínas y grasas contenidos en los alimentos. Lo más paradójico es que por aquel entonces estos términos tenían una connotación muy distinta a la que tienen ahora. El objetivo del químico era acabar con la desnutrición generalizada entre las capas más bajas de la población y ayudar a los pobres a encontrar alimentos mucho más rentables con los que poder llenarse y no pasar hambre. Tras muchos estudios, Atwater llegó a la conclusión de que un gramo de carbohidratos o proteínas producía un promedio de cuatro calorías de energía disponible en el cuerpo, mientras que un gramo de grasa ofrecía más del doble (unas 8,9 calorías).

Los tiempos cambiaron. En 1960, la obesidad se convirtió en un acuciante problema social, ya que el mundo moderno y la industrialización del sector alimentario trajo consigo el sedentarismo, los alimentos procesados y sí, mucho azúcar. Los medios de comunicación difundieron la importancia de someterse a régimen y demonizaron las grasas. Bien es sabido que el lobby de la industria azucarera, con el apoyo financiero del gobierno estadounidense, extendió la idea de que la epidemia de obesidad era causa de las grasas, y no de la glucosa, lo que hizo que el problema, lejos de extinguirse, continuara creciendo entre los sectores más desfavorecidos de la población. Entre 1975 y 2016, los índices personas obesas se triplicaron en todo el mundo, según datos de la Organización Mundial de la Salud. Más concretamente, el 40% de los mayores de 18 años tienen sobrepeso (unos 1.900 millones de adultos).

Si antes se puso el punto de mira en las grasas y no en el azúcar, ahora es el turno de las calorías. “Los gobiernos de todo el mundo persisten en ofrecer el mismo consejo: contar y reducir calorías”, reitera Wilson. “En 2018, la Casa Blanca ordenó a las cadenas de alimentos que proporcionaran detalles de las calorías en sus menús para ayudar a los consumidores a tomar ‘decisiones informadas y saludables’. Por otro lado, el cuerpo humano es mucho más complejo que un horno. Cuando la comida se quema en un laboratorio, depone sus calorías en segundos. En contraste, la vida real de la comida desde que está en el plato hasta que se expulsa en el inodoro tarda de media un día, pero puede variar de 8 a 80 horas, dependiendo de la persona. Una caloría de carbohidratos y otra de grasa tienen la misma cantidad de energía almacenada, por lo que responden igual al horno, pero si colocas esas mismas calorías en cuerpos humanos reales, el resultado es muy diferente”.

Fuente: El Confidencial 

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