Hay que remontarse a la inundación de 2003 -quizás a la de 2007- para encontrar otra coyuntura que haya afectado en forma tan disruptiva la vida de la gente en Santa Fe. “La cuarentena”, que tiene más pinta de título de serie de Netflix que de una medida extrema de salud pública, pone a muchos santafesinos en un dilema: cuidarse o morfar y la realidad es que es un mosaico de contrastes.
El centro, bulevar, la costanera por momentos parecen un desierto, con una excepción importante: las colas frente a los supermercados, almacenes y farmacias. En una heladería conocida de bulevar, las mesas están apiladas una encima de otra y lo que funciona es el delivery con barbijo y aislamiento social.
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“A los muchachos que les llevan el helado, la gente les pide cuando abren la puerta que dejen el pote en el piso y que se queden a dos metros; y ellos dejan la plata en la misma baldosa”, le contó a Aire Digital un empleado, que está a full con los pedidos.
Este sábado a la mañana, con un día hermoso, solo una persona -con el perro de excusa- caminaba por la costanera, pero los barrenderos aseguran que la gente es “cabeza dura” y se siguen viendo runners y caminantes. “Vi gente tomando mate en el Parque Federal, paseando al bebé; parece que no entienden que no están de vacaciones”, insiste Pablo Silva, un barrendero de Cliba que limpiaba el tramo de Ángel Cassanello y General Paz.
También está sorprendido por la repentina vocación por la jardinería. “Se ve que como están en casa al pedo, se les dio por emprolijar el patio”, bromea. Para ellos es un problema porque los servicios están reducidos y piden que se saquen con sentido común y respetando las normas municipales.
Al comenzar a circular hacia el norte, la zona comercial de Aristóbulo del Valle -la segunda peatonal- también parece la zona fantasma. Aire Digital se cruzó con tres personas y una de ellas era Miguel Martínez, un educado y amable señor de 89 años y medio que había salido a hacer las últimas compras. “Tengo todo lo que necesito para los próximos 15 días, no salgo más”, prometió.
El que siga por Aristóbulo, va a notar como cambia la ciudad al pasar avenida Galicia. En forma progresiva, el tránsito se hace más intenso y al llegar al cruce con avenida Gorriti la verdad es que parece un día normal pero con colas frente a los almacenes, carnicerías y verdulerías.
“En el norte de la ciudad pareciera que no hay coronavirus”, aseguró el fotógrafo de Aire Digital Maiquel Torcatt, después de volver de una recorrida. El sábado a media mañana había un ejemplo muy bueno en uno de los vértices estratégicos del sistema de salud pública de la ciudad: el eje que va del Instituto Coni en Blas Parera -un centro especializado en enfermedades respiratorias- al nuevo Hospital Iturraspe, en Blas Parera y Beruti, el efector más moderno que tiene Santa Fe.
La plaza que está frente al hospital no era una postal de cuarentena y estaba llena de gente. Lo único que recordaba al coronavirus eran los barbijos de los puesteros. “Te digo la verdad, hay mucha menos gente que la habitual para un sábado”, aseguró uno de ellos. Uno de los clientes, que se declaró fan de Aire de Santa Fe - “escuchó la radio todo el día”- recomendó seguir por Beruti hacia el oeste. “Vas a ver lo que es eso, la gente está amontonada haciendo cola”, insistió.
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Decía la verdad. Y no es que no lo están intentando. El dueño de uno de los mayoristas de alimentos aseguró que les dicen todo el tiempo que por favor se separen, mientras hacen colas de 40 minutos. Al lado del “súper” había seis obreros trabajando en una obra en construcción y en la esquina se aburrían los remiseros truchos.
“Si antes hacíamos 20 viajes, ahora con suerte hacemos diez. Pero necesitamos trabajar. Vivimos al día y esto va a ser largo”, adelantó uno de ellos, mientras hacía el gesto de llevarse la comida a la boca con angustia. Es el mismo dilema que tienen los obreros, los vendedores ambulantes y los que viven de changas. Si se quedan en casa, no morfan.
El imperativo “yo me quedo en casa” de la cuarentena -esencial desde el punto de vista epidemiológico- está atravesado por esta diferencias y también por las distintas percepciones del riesgo, que van desde el que le tiene miedo hasta el pote del helado al irresponsable que se cree He-Man.
Por eso, todavía, la cuarentena es un mosaico de contrastes.
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