Pequeño, oscuro y brillante, el canelé es uno de esos dulces que dicen mucho con pocos ingredientes. Nació en Burdeos, hace más de tres siglos, como una solución ingeniosa para aprovechar yemas de huevo que sobraban en las bodegas de vino. Hoy es un símbolo de la pastelería francesa y una lección perfecta de cómo nada se desperdicia cuando hay técnica y paciencia.
Durante el siglo XVIII, los viticultores de Burdeos clarificaban el vino con claras de huevo. Las yemas sobrantes llegaban a los conventos, donde se transformaron en un pastel humilde pero memorable. Con el tiempo, la receta sumó vainilla y ron, aromas del comercio colonial, y pasó de las cocinas monásticas a las vitrinas de las mejores pâtisseries. El resultado es inconfundible: corteza caramelizada casi quemada y un interior tierno, húmedo y fragante.