La crónica histórica dirá que la media sanción del polémico acuerdo con el FMI costó un parto normal de nueve meses (desde que empezaron a filtrarse las primeras condiciones) con una cesárea programada en marzo de 2022 para evitar un decretazo reñido con el artículo 2 de la Ley 27.612, normativa que establece que debe ser aprobado por el Congreso para evitar la estafa sin papeles de Mauricio Macri que Luciano Laspina votó a favor y ahora desconoce como todo cambiemita: alegando amnesia o quizás hasta demencia, pero nunca mala fe, ni siquiera cuando militaron los contagios y el rechazo a las vacunas.
Sergio Massa, el eterno aspirante a la presidencia, el funcionario de Néstor y Cristina y socio táctico de Macri, “ventajita” o “el compañero Sergio” –como quieran denominarlo–, asume la tediosa tarea a la que casi nadie se dedica por falta de vocación o de capacidad real: a mantener cosidas, atadas y casi nunca soldadas a las orgas del Frente de Todos con representación parlamentaria. Muchos hablan con todos pero pocos consiguen lo que Massa, aunque termine constándole carísimo a la coalición gobernante de aquí en más.
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Pero el hecho es que –antes de entrar en otras consideraciones y palpando de primera mano el clima y las operaciones dentro y fuera del Congreso– vamos a entregar algunas conclusiones que en éste formato de nota van al principio y no al final, que se elevan por encima de los números de la votación en la Cámara de Diputados, que descuentan la media sanción con fuerza de ley del Senado y van a marcar el derrotero del FDT hasta diciembre de 2023, por lo menos:
* Massa hizo el gasto y merece una reconsideración de las ínfulas reeleccionistas del presidente, pues es su amigo, ex jefe y continuador natural, alguien de quien Alberto dice “no tiene sólo ambiciones, es el que más se preparó para gobernar éste país”. Sabiendo como todos saben (Massa y Cristina antes que ninguno) que las chances electorales de cualquier precandidato de la interna ya no dependen sólo de la unidad de los (¿cuatro?) peronismos sino de los aciertos y yerros políticos, económicos y comunicacionales del FDT.
* Aunque le bajen el precio en público, nadie sabe en privado (ni Alberto, ni Cristina, ni Massa, ni Máximo, ni Wado de Pedro) cómo seguir después de las profundísimas diferencias que, desde la caminata lunar de Vicentín, sólo han ido incrementándose hasta la derrota electoral del año pasado y la interpretación de los términos del acuerdo con el Fondo. El modelo “frente diverso”, libredeclarante, con autonomías de gestión y pataleo casi ilimitadas y con un conductor que tiene la lapicera pero no los votos, fracasó y no existe más desde noviembre 2021 y no puede más que seguir haciéndolo sino reformula un esquema tan inédito como ineficaz.
* La absurda conjunción de dos argumentos que colisionan entre sí debe dejar de ser el brief de venta-justificación de los términos del acuerdo. Lo del “mejor acuerdo posible” con el peor organismo crediticio del mundo, eso que sostuvo Carlos Heller al presentar el proyecto (“no hay nada que festejar pero sí que valorar”), es tan confuso como decepcionante para casi todo elector o audiencia e implosiona como una pompa de jabón frente al resoplo fastidioso de una sociedad confundida, que cree que Alberto tomó más deuda que Macri, otra victoria cultural del Grupo de Tareas que deja todo para que los argentinos indulten al neoliberalismo y lo voten nuevamente en 2023.
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Sugerencia: sabemos que pudo ser peor, pero el programa es malo (y no por las razones que esgrime Juntos por la Amnesia Social), de muy difícil cumplimiento fáctico y apoya la pistola del default cargada sobre la cabeza de la democracia argentina. Hay que decir: es malo pero vamos a dejar la vida para que podamos sobrevivir a él, no los políticos –que van a sobrevivir sin mayores apremios económicos– sino todos los argentinos y las argentinas.
* Es cierto que la sanción del acuerdo no debería festejarse y será (eclipsando al manejo de la pandemia) la razón por la que éste gobierno entre en la historia bien o mal. Pero la oposición sí tiene razones para las sonrisas y los abrazos que se veían en los pasillos y en las salas de reuniones del Congreso.
El gobierno que se afanó durante dos años (y 22 reuniones entre Alberto y Cristina) en no concederle prácticamente nada al kirchnerismo, le concedió prácticamente todo a JxC en dos días. Tanto que, además de la redacción final del proyecto, logró que sus diputades no hagan foco en sus exposiciones en la responsabilidad de la oposición –que aportó la mayoría de los 202 votos positivos– en la toma delictual de la deuda ni el desastre generado.
Esos votos, sumados al apoyo de las cámaras empresarias, operadores financieros de primera línea, la CGT del atril (¿alguien podría explicar lo que quiso hacer Hugo Yasky?) y hasta Mauricio Macri (!), le van a costar muchísimo al FDT y a los candidatos atados a su suerte. El precio bien puede ser tal alto como para sepultar sus chances electorales, algo que Paula Oliveto y otros cuatro de copas no se privaron de señalar, al decir cosas como “vamos a trabajar para que el presidente le entregue la banda a un nuevo presidente, que va a ser de Juntos por el Cambio”.
* Y lo más importante de todo: contra la chicana por izquierda y repetida por gente de indudable honestidad y coraje como Luis D’Elía, si bien la izquierda trotskista terminó votando igual que los libertarios (un clásico de fondo de tabla), La Cámpora no votó con JxC sino que fue la nueva marca adoptada por Cambiemos la que le dio los votos a un sector de la coalición gobernante para aprobar –no la ficha técnica del acuerdo, su programa de metas bajo auditoría– sino la potestad del Ejecutivo de endeudarse para pagar la deuda. Finalmente –aunque habrá que esperar por el puñado de votos de ultraderecha que expresan Espert y Milei– se conformó el bloque de “la política responsable, de los dirigentes republicanos y antigrieta”, ese que Larreta instaló en el último coloquio de IDEA y que debería conformar “un gobierno de coalición que represente a un 70% del electorado, que garantice políticas sostenidas en el tiempo”. Es decir el FDT-K, el Frente de Todos menos el kichnerismo y su 33% de votantes consolidados.
Fuentes inobjetables (no tengo dudas pero sí pruebas) aseguran a AIRE que –así como rechaza el clamor de intendentes, gremialistas, empresarios y operadores cercanos para fundar el albertismo– el presidente no alienta ésas operaciones, que al igual que Massa valora el pacto fundacional con Cristina y la unidad, aunque ya no alcance, porque “con la unidad no alcanza pero sin la unidad, sin Cristina ni La Cámpora, es imposible”, a menos que quieran repetir la triste historia del radicalismo y convertirse en el nuevo bocado para la voracidad de JxC.
Pero jugaron todos, Juan Manuel Omos, Juan Pablo Biondi (que sigue filtrando data para medios amigos y no tan amigos), Juan Manuel López, Graciela Caamaño, Cristian Ritondo, Silvia Lospennato, Mario Negri, Daniel Funes de Rioja, Héctor Daer, el Gato Silvestre sobreactuando la pauta sin criterio y hasta el colega y converso Pablo Duggan (en cuyo programa ya se había recomendado un sicólogo para Máximo) desde la pantalla de C5N.
A partir de ahora, doble o triple comando
En los pasillos del Congreso los asesores y referentes de la oposición lucieron satisfechos y hasta felices, con cara de “ahora sí empieza otra historia”. Fueron los ganadores de una “construcción de consensos” en sus propios términos y con una épica invendible para los libros de historia progresistas.
Alberto no sale fortalecido de semejante episodio, no gana autonomía operativa desgajando al kirchnerismo y estableciendo lazos más sólidos con la oposición. El resultado más inocultable de éste acuerdo es que se generó una complejidad añadida: si el memorándum de entendimiento establece la revisión trimestral y el cogobierno con el FMI, las modificaciones introducidas por la oposición con el aval final del presidente (que lo obligan a buscar acuerdo parlamentario con la oposición o echar mano a resoluciones para implementar el programa expresamente excluido para garantizar la media sanción) incorpora el cogobierno con JxC, que hará valer sus votos. A partir de esta coalición histórica y coyuntural, Alberto Fernández deberá soportar un doble cogobierno: con el FMI y con una oposición sin códigos que no dio ni dará tregua.
Indultado política y judicialmente, Macri ya no piensa en volver sino en transformarse en un armador con muchísimo poder y que –desde afuera– consiga en dos años lo que no pudo en cuatro: encapsular al kirchnerismo para quitarle peso político, fracturar al PJ para asimilarlo en los hechos (en las declaraciones podrá decirse casi cualquier cosa) al programa de gobierno del establishment. Algo que consiguió durante tres años y pico con la complicidad de buena parte del peronismo que hoy acusa de irresponsables y traidores, no a JxC, sino a La Cámpora.
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Pero por supuesto que puede salir bien: nos referimos al plan económico que deberá cumplir con las metas macroeconómicas establecidas con el FMI. Y para eso debería pasar lo que profetizó Itaí Hagman, que todos los que votaron a favor y en contra se unan para consumar el crecimiento económico con inclusión social y salarios dignos que permita pagarle al Fondo ajustando a los ricos en vez de a los pobres.
Si no es así, se habrá consumado el plan que Trump, Lagarde y Macri imaginaron de un modo y Biden, Giorgieva y (Macri ¡de nuevo!) lograrán de otro: la derrota electoral del FDT y, con ella, extinguir el peligro potencial de que Argentina se sume a un consenso geopolítico con ínfulas (no más que eso por ahora) independentistas junto a Chile, Bolivia, Perú, Venezuela y Brasil. Porque derrotar o amaestrar a Lula es la batalla que viene.
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