Atrás parecieron quedar las sonrisas y la propuesta de que la Argentina se convierta en la puerta de entrada de Rusia a América Latina. Hace apenas un mes Alberto Fernández, de visita por Rusia, se palmeaba con su par Vladimir Putin y despotricaba contra la dependencia de nuestro país con los Estados Unidos y el FMI. La invasión de Rusia a Ucrania descolocó al gobierno argentino, que se vio obligado a dar un giro e alinearse –aunque tibiamente- detrás de los Estados Unidos. No actuó por convicción sino más bien por conveniencia: Estados Unidos es clave para cerrar las negociaciones con el Fondo por la refinanciación de la deuda que contrajo el país durante el gobierno de Mauricio Macri.
El acuerdo llegaría la semana próxima al Congreso, antes o después del discurso de Alberto Fernández frente a la Asamblea Legislativa, el 1° de marzo próximo. Allí el presidente compartirá el estrado con Cristina Kirchner: será la primera foto juntos después de varias semanas de hermético silencio de la vicepresidenta. Se espera que, en su discurso, Fernández haga alusión al acuerdo en ciernes, como así también al conflicto bélico en Ucrania. Será una situación incómoda para el primer mandatario: es sabido que Cristina Kirchner reniega de los términos en las negociaciones con el FMI que encara Guzmán como así también que simpatiza más con la Rusia de Putin que con los Estados Unidos de Joe Biden.
En la coalición oficialista no hay una postura unívoca en materia de política exterior. Si Cristina Kirchner aparece más cercana a Rusia, China y los países latinoamericanos en los que esas potencias tienen una marcada influencia, Sergio Massa es más afín al ecosistema en el que predomina Estados Unidos. Alberto Fernández navega en medio de esas aguas turbulentas y busca transmitir una posición humanista, en la línea del Papa Francisco.
Estas diferencias motivaron a que el primer comunicado de la Cancillería, conocido el pasado martes cuando ya se insinuaba la invasión rusa a Ucrania, fuera tildado de tibio por la comunidad internacional y por la oposición doméstica. En el Gobierno culpaban de aquel comunicado al vicecanciller Pablo Tettamanti, ex embajador en Moscú, hombre leal a la vicepresidenta y de simpatías confesas por el régimen de Putin. De hecho, ella, La Cámpora, Axel Kicillof y los funcionarios K no condenaron la invasión rusa.
El “fuego amigo” del kirchnerismo se está convirtiendo en un obstáculo cada vez más difícil de superar para la Casa Rosada, que le endilga al kirchnerismo que haya filtrado, la semana pasada, los detalles del acuerdo que Guzmán negocia con el FMI. Entre esos detalles figuraban, por ejemplo, la posibilidad de una reforma jubilatoria, que luego el propio Alberto Fernández tuvo que relativizar. En el Senado, el bloque oficialista comandado por el kirchnerista José Mayans se reunió el jueves pasado y, tras un debate acalorado, dejaron trascender que no anticiparán su apoyo o su rechazo al acuerdo hasta no tener el texto en la mano y discutirlo en la bancada.
Durante la reunión, que se celebró a puertas cerradas, las intervenciones fueron críticas a las negociaciones con el FMI, a las condiciones que se conocieron con la filtración del supuesto borrador del entendimiento y hasta a la gestión presidencial de Alberto Fernández, aseguraron. Tampoco faltó la postura extrema del kirchnerismo que rechaza cualquier tipo de negociación porque considera que la deuda tomada por Mauricio Macri es ilegal.
Ante este clima reticente del Senado, el Gobierno tiene decidido que sea la Cámara de Diputados la iniciadora del debate. Allí el bloque oficialista también está dividido, pero el kirchnerismo está más contenido: de la treintena de abstenciones que se insinuaban en un principio, quedarían menos de 20 en la votación final, anticipan los más optimistas. El grueso de los diputados, tanto del oficialismo como de la oposición, votará a favor, aseguran.
“Si de la Cámara de Diputados el proyecto se aprueba con una buena cantidad de votos a favor, al Senado le va a ser difícil obstaculizarlo”, razonaban en el oficialismo.
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