domingo 5 de diciembre de 2021
Política | Elecciones 2021 | Argentina | Alberto Fernández

El país se salva solo o cuando la Patria es del otro

Hacia un esquema de recuperación y estabilización donde el Estado interviene sin alterar los equilibrios estructurales de la economía y, prácticamente, sin activar la puja distributiva.

Entre apocalípticos y optimistas, hay un número no desdeñable de realistas que aseguran que “el país se salva solo”. O que lo estabilizan los que lo planifican a 20, 30 y 50 años.

La primavera de la city porteña es ideal para alérgicos crónicos, agudos y periodistas especializados en economía, porque carece de arbustos y flores, pero es un derroche de bancos, financieras, oficinas inexpresivas y amplias (ideales para que fondos de inversión hagan negocios bajo las narices de los organismos de control), calles angostas con baldosas hexagonales y plazoletas secas. Lo que se esparce por el aire no es polen sino data, rumores y sentencias como la que se le escapa a un asesor financiero que presume un alto porcentaje de aciertos: “Si nadie hace olas y la industria y el empleo se reactivan al compás de la normalización pospandemia, si el dólar se reajusta por debajo de la inflación y los salarios le empatan o ganan por poco, y si las tarifas no impactan fuertemente en las estructuras de costos, el gobierno sólo tiene flotar sin escándalo para llegar a 2023”. Se imponía preguntar si ese arribo a puerto seguro era con chances de revalidar por otros cuatro años, pero aquí no es un tema que preocupe.

Creen que el desgaste de Alberto Fernández ha echado su suerte y no resultará competitivo, aseguran que si Axel Kiciloff achica el margen o revierte la derrota de setiembre deberá dejarlo todo por retener la provincia de Buenos Aires como aporte supremo, saben que Mauricio Macri es el que mejor fideliza al antiperonismo, pero no tiene chances de vuelta (ni se las permitirán) y trabajan sigilosamente por las indisimulables candidaturas de Sergio Massa o Rodríguez Larreta.

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Los milmillonarios del GAM son casi todos católicos (algunos miembros del Opus Dei), excepto el mayor terrateniente rural y urbano del país: Alejandro Elsztain.

Los milmillonarios del GAM son casi todos católicos (algunos miembros del Opus Dei), excepto el mayor terrateniente rural y urbano del país: Alejandro Elsztain.

Comparten que lo mejor que puede hacer la política es entretener y distraer a politizados y periodistas y no arruinar los planes (de negocios) de los que desde hace décadas planifican el país realmente existente y se abroquelan en el GAM (Grupo Argentina Mejor), el conciliábulo donde los Rocca, Bulgheroni, Blaquier, Eurnekián, Urquía, Elsztain y Pérez Companc forman a los hijos y sobrinos que sostendrán sus planes de negocios o lo que para ellos es lo mismo: la Nación, el País o la Patria, que es como Dios porque a ella se encomiendan limpios, buenos, sucios y malos y se cometen en su nombre toda clase de epopeyas y atropellos.

La mayoría de ellos son católicos (a excepción de Alejandro Elsztain, el mayor terrateniente urbano y rural del país), cultivan rituales mínimos y heterodoxos y saben perfectamente que Dios y su hijo no se ocupan de asuntos claves y terrenales como la micro y macro economía o la salud de sus buenos negocios. Por eso desdeñan algunas escenas de campaña donde la política se encomienda a la divinidad, donde el César (Alberto por caso), rodeado de vecinos, le pide a Dios y a la Virgen de Luján por su pueblo y acaso por su suerte en noviembre; o la capilla convertida en despacho donde el camporista Damián Scelzi atiende respaldado por una inmensa imagen de Cristo crucificado.

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Queda suelta en la memoria la invocación de Néstor Kirchner a separar Iglesia de Estado en asuntos importantes, cuando asegurando los votos del matrimonio igualitario le recomendó a la devota Rosana Bertone que le diese al César lo que es del César (un voto laico y favorable) y a Dios lo que es de Dios. La derrota parcial y la interpretación de que el voto popular fue esquivo y se derechizó, llevó al presidente –libreta de apuntes en mano– a encomendarse al timbrazo patentado por el macrismo y a la gracia de quien no existe pero está en todos los detalles. “En todos los detalles que nosotros descuidamos, para no duplicar el trabajo”, completa sonriendo el asesor que, toque de nudillos mediante, se aleja hacia el Paseo del Bajo, el que con espíritu ecuménico Larreta bautizó Juan Manuel de Rosas.

Un piloto automático con sangre azul

Los que sostienen la teoría de la recuperación (semi) automática o que responde al comportamiento por default de la economía argentina en los términos en los que está planteada desde la última dictadura –alterada por tres mandatos por la anomalía intervencionista del kirchnerismo–, sostienen que el gobierno no está mal encaminado. Aseguran que estimular mucho más la oferta que la demanda, o que poner mucha más plata por arriba (el estímulo a las patronales implican un esfuerzo fiscal de 43.000 millones de pesos) que por abajo (los anuncios destinados a las clases populares redondean 26.806 millones de pesos) es el camino correcto. Que el círculo virtuoso que reclama buena parte del kirchnerismo –y comienza por expandir la demanda aumentando los ingresos sociales– agrava finalmente la restricción de divisas y genera una devaluación que vuelve a pulverizar los ingresos.

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Alberto estaría entonces en el camino correcto: si la Casa Blanca no se lleva puesta a Kristalina Giorgieva, debería cerrar el acuerdo con el FMI en los términos actuales (diez años de gracia, sin sobretasa ni quita de capital y cuatro años de gracia sin desembolsos), acompañar con rebajas impositivas y crédito la recuperación de la capacidad instalada de las empresas, resignar el cobro de derechos de exportaciones agropecuarias e industriales, homologar paritarias unos pocos puntos por encima de la inflación y sin recupero de lo perdido en los últimos 48 meses y subsidiar el consumo de los sectores más desfavorecidos (informales, jubilados y desempleados), de manera acotada y focal. Es un esquema de recuperación y estabilización en donde el Estado interviene sin alterar los equilibrios estructurales de la economía y prácticamente sin activar la puja distributiva.

Este modelo implica una mezcla de los dos que suelen parecer antitéticos y se disputan el relato acerca de las causas de las crisis económicas y sociales del país, encarnados por dos frentes aglutinados en torno del PRO y del peronismo; hibridarlos permitiría alcanzar un grado superior de heterodoxia y cerrar lo que por pereza intelectual denominamos “grieta”.

Sería algo así: se acepta el orden fáctico y que facilitar negocios o convertir al Estado en CEO de la acumulación privada equivale a desarrollar el país; que la inversión privada es el verdadero motor de la economía y que la regulación de la acumulación y distribución de riquezas debe reducirse a un mínimo soportable para los poderosos e indispensable para que las clases populares tengan un piso de derechos que le proporcionen una vida digna y eviten revueltas sociales de magnitud. Esto no supone la emergencia de un nuevo proyecto político nacional –que no existe de momento– sino una síntesis dialéctica (remozando ese viejo artefacto conceptual hegeliano) de dos modelos que ya no pueden dar cuenta de las complejas relaciones de sociales y de mercado.

Los que chicaneaban con que durante el macrismo “el país era conducido por sus propios dueños” no sabían de qué hablaban, leen las disputas políticas e ideológicas en clave escolar sin darse cuenta de que eso es lo que ocurre desde hace cinco décadas por lo menos; de que lo que resta es simplemente definir y nominar el formato, encontrar el punto de equilibrio sin estallido para una dinámica que administra el poder y le presta un puñado de representaciones institucionales a la política (eso que pomposamente se denomina sistema de representación) para entretenerse y entretenernos.

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¿Suena mal? ¿Suena cínico y desangelado? Es un horizonte de estabilización que dice tener la clave para reconciliar al capitalismo dependiente con la democracia liberal. Capaz de confinar al pintoresquismo circense a fenómenos como Javier Milei (prácticamente su estado actual) o al radicalismo pentecostal de Facundo Manes (prácticamente su… oh, ¡vaya coincidencia!). Así como en la praxis humana no hay buenos ni malos sino diferentes lógicas de comportamiento, diferentes maneras de concebir la trascendencia y la construcción del poder. Los milmillonarios que componen el GAM entienden perfectamente que para vencer a la muerte hay que forjar la descendencia (en una inesperada relectura de la setentista “Zamba para no morir”), que para imponerse socialmente y estabilizar esa hegemonía no alcanza con persuadir, hacer lobbys o extorsionar a la política sino que el resto de la población debe tolerar sus privilegios, incluso admirarlos morbosamente y jamás rebelarse. Y que para que eso ocurra deben promover un modelo armónico y sin fuego que les prometa un país para todes (el inclusivo es nuestro, ellos lo desechan).

Ni la Patria es el otro, ni la culpa es del otro, el país es de ellos y tienen lo que la política no, algo mucho mejor que el Plan Quinquenal que reclama Manzur: un plan para gobernar la Argentina por los próximos 50 años. Como decimos siempre, la historia no se clausura y están en juego todas las posibilidades, pero en momentos de confusión corren con ventaja.

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